Presas del Lenguaje

En los últimos años hemos asistido a la reconfiguración del panorama político español, asistiendo a importantes cambios que merece la pena analizar con una visión crítica y en clave psicoanalítica. Este es, en último término, el objetivo de este trabajo, abierto a cualquier tipo de discusión y no exento del sesgo que ofrece la mirada subjetiva de su autor.

PRESAS DEL LENGUAJE

Hablo, luego existo. Esta variación del “pienso, luego existo” de Descartes, es, en mi opinión y en el campo que nos atañe, más certera para definir al ser humano. Como ser hablante, el pensamiento humano orbita en torno a las palabras. En cierto modo, el lenguaje nos habita, atraviesa nuestra biología animal y nos constituye como seres (humanos). Sin lenguaje, sólo somos cuerpos, un amasijo biológico con vida. Las palabras son las que dan sentido (y significado) a esa vida; desde las clásicas cuestiones existencialistas acerca del quién soy y a dónde voy hasta los insistentes por qués de los niños. La psique humana se estructura por causa del lenguaje.
Las repercusiones de este privilegio del lenguaje por sobre otras características humanas no alcanzan sólamente a la constitución individual, sino que la interacción social, la cultura, la sociedad, también son consecuencia del lenguaje. Aquí la idea se vuelve más compleja. Lo que trato de decir no es únicamente que gracias al lenguaje podemos constituirnos en sociedades, con una cultura y unas reglas propias. Eso es una obviedad. Lo que enuncio es que la cultura, en cuanto a “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época y grupo social” (definición de la RAE) es también resultado del lenguaje. Imaginemos la sociedad como si fuera un único individuo, cuyas células (las cerebrales, las neuronas, en este caso) serían todos y cada uno de los individuos que lo componen. Así pues, el pensamiento de este “individuo”, estaría determinado por el pensamiento de todos y cada uno de los individuos que constituimos la sociedad. A ese pensamiento, podríamos llamarlo discurso. Es el discurso social. En parte, somos responsables (como células de ese metaindividuo que llamamos sociedad) del discurso, aportamos nuestro granito de arena, pero en mayor medida nos vemos determinados por ese discurso. El pensamiento individual no es libre, sino que se ve inscrito en la línea discursiva propia de nuestra sociedad. Así pues, las palabras que se usan en una sociedad son las responsables de su cultura. No todas las palabras, pero sí las importantes, el pool de palabras que han sido cargadas con una energía especial y que se articulan unas con otras formando Un Discurso, unos discursos (las mayúsculas son intencionadas)…éstas palabras dan lugar a la cultura. Estas palabras, el discurso que constituyen serán el marco en el que se encuadra nuestro pensamiento, el colectivo y también, como ya hemos visto, el individual.

Según esta idea, podríamos decir que, en parte, todos somos presas del lenguaje. Este captiverio, se ha hecho especialmente patente en los últimos tiempos en la política española. Se hace evidente que el escenario político actual es radicalmente novedoso. Entre las causas responsables de este nuevo escenario situaremos dos como las más importantes. Por un lado, la crisis; y por otro, la indignación. Ambos íntimamente relacionados.

PRESAS DE LA INDIGNACIÓN

En cuanto a la crisis, hacer un recorrido excesivamente largo sería aburrir a todos y cada uno de los posibles lectores de este ensayo. Así, seré breve. Se inicia en 2008 y se va a agravando poco a poco, se produce un rescate bancario en 2012, actualmente los datos macroeconómicos apuntan hacia la mejoría pero la población sigue sufriendo las consecuencias de la crisis. Sin embargo, lejos de lo que muchos políticos creen, la crisis no ha sido, ni de lejos, una crisis económica. De hecho, no nos equivocamos si decimos que la crisis ha sido fundamentalmente una crisis del sistema democrático. A la vista está que en 2008 teníamos dos partidos políticos que se repartían el gran pastel de los votos en España, mientras que ahora, en 2015, son cuatro los partidos que acumulan mayor número de votos, dos de ellos de creación muy reciente, a la sombra (o a la luz) de esta crisis que ha sufrido la población española. Si se me entiende bien, lo que digo es que, al margen de los datos y el sufrimiento económico, la verdadera crisis que debería preocupar a los partidos políticos, ha sido la crisis de fé que sufrieron los españoles. Algunos de los partidos políticos nuevos, Podemos y Ciudadanos (es inevitable nombrarlos) han sabido nacer y crecer, respectivamente, auspiciados por el descreimiento de la población en el sistema político que se había encorsetado en una tradición bipartidista.

El descontento con las políticas económicas y sociales adoptadas por los gobiernos “de la crisis” llevaron, casi de un modo súbito, o al menos inesperado, al surgimiento del Movimiento 15M. Se producía así un interesante viraje en cuanto a la implicación de los españoles en la vida política, sobre todo del sector más joven. Mientras que en los años previos el interés por la política del español medio era cuanto menos escaso, sobre todo en cuanto a los jóvenes se refiere, el 15 de mayo de 2011 se convocaron manifestaciones de protesta por todo lo largo y ancho de la geografía española. Curiosamente, dichas manifestaciones ocurrieron pocos días antes de las elecciones Autonómicas y Municipales de ese año. Digo curiosamente porque mientras que la participación en las manifestaciones fue masiva, la participación en las urnas fue pobre, tal y como recogían los medios de la época. No en vano, uno de los lemas del Movimiento 15 M rezaba por entonces “No nos representan”. Los ciudadanos no se sentían representados por sus “representantes” políticos, así que se representaban a sí mismos en las calles.
Una de las mencionadas manifestaciones acabó transformándose en una acampada en la Puerta del Sol que se prolongó durante meses. Habían comenzado los “indignados”. Es difícil saber quién les puso el nombre, probablemente ese metaindividuo al que antes aludíamos como sociedad. Independientemente de su origen, las consecuencias de este nombre son importantes. El Movimiento 15M, Democracia Real Ya, los “indignados” crearon un gran revuelo mediático, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. En el extranjero fueron denominados la “#Spanishrevolution” y se originaron protestas similares en diferentes países. La diferencia entre los términos “spanishrevolution” (permitan que me libre del hashtag) e “indignados” es absolutamente notable. En el extranjero -que podríamos definir como otras sociedades, con culturas diferentes y discursos diferentes- creyeron que en España se había iniciado una revolución. Sin embargo, la palabra revolución nunca formó parte del discurso dentro de nuestras fronteras. La palabra existía, obviamente, pero para nuestra sociedad, ni siquiera para la parte de ella que protestaba, esta palabra no estaba catectizada (cargada de energía). La revolución estaba, sencillamente, fuera del discurso. Entonces, pues, si no se trataba de revolución…¿de qué se trataba? ¿De qué se trata? Para nosotros se trató de “indignación”.
La indignación se define como “Enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos”. La revolución consiste en un cambio violento en las instituciones políticas. Así pues, mientras en la revolución el enojo y el enfado tienen un propósito, en la indignación la ira constituye un propósito en sí misma. Vayamos más allá. Hemos dicho que a los participantes del 15M fueron designados como “indignados”. Sin embargo, el significante “indignado” recibió un trato especial. Repetido hasta la saciedad, pasó de adjetivo calificativo a constituirse como una insignia, una marca que exhibir con orgullo: Soy un indignado. Y por arte de las palabras, indignado no se estaba, se era. De hecho, aún se es. Y así, como digo, por efecto del encadenamiento perverso de dos palabras (ser-indignado) la ira definió al ser, dotando a un amplio sector de la población de un simple propósito: el enfado continuo. Desconozco si los medios extranjeros llegaron a hablar alguna vez de los “indignados” con esa palabra concreta. De hacerlo, nuevamente el inglés, habría sido mucho más benevolente, puesto que con la ambigüedad de su “to be” habría ofrecido al ciudadano la salida de la transitoriedad del estar, frente a la inmanencia del ser.
Y LLEGÓ PODEMOS

En este camino histórico hacia la situación política actual habremos de retomar ahora algunos otros lemas del movimiento 15M. Los clamores fueron variados, sin embargo, podríamos decir que había una importante constelación de mensajes que trataban de señalar una falta en nuestra democracia. Una falta que apuntaba a la crisis de fe de la que hablábamos antes y de la que se culpaba directamente a los grandes partidos políticos (PP y PSOE) y su incapacidad para “representar” a la población y sus deseos. Así podíamos leer o escuchar con asiduidad: “No nos representan; PSOE y PP la misma mierda es; Lo llaman democracia y no lo es; Nuestros sueños no caben en vuestras urnas…” y un largo etcétera de mensajes similares que dejaban claro que los ciudadanos no encontraban identificación posible en el discurso de los partidos tradicionales. Hablo expresamente de los tradicionales (PP y PSOE) porque era a ellos a quienes se atribuía el malestar de los ciudadanos ante la crisis y, por aquel entonces, partidos como IU o UPYD no eran considerados adversarios dignos. Quizá, si se me permite el juego de palabras con la indignación, había que buscar, entonces, un adversario indigno.  Así, mientras los dos principales partidos políticos seguían sin prestar especial atención al movimiento de “indignados”, precisamente auspiciado por dicho movimiento surgió un nuevo partido político, con intención directa de situarse en ese vacío, ese hueco que habían dejado vacante PP y PSOE.
Podemos se define a sí mismo de la siguiente manera: “Podemos nació con la convicción de que el cambio es posible y con la seguridad de que no lo traerán los demás partidos políticos (y menos aún los que nos han conducido a la situación actual), sino las personas que trabajan o buscan trabajo cada día y exigen, con toda legitimidad, un futuro más próspero y menos desigual para ellas y para sus familias.” La propuesta, como vemos, es simple: La salida a la indignación se ofrece mediante el cambio político. Hay que derrocar al Antiguo Régimen constituido por PP y PSOE e instaurar un nuevo régimen, que se presenta como revolucionario, de gobierno de la ciudadanía. La mayoría de mensajes políticos de Podemos van dirigidos a ese objetivo: recalcar que no son políticos, sino personas. “Personas que trabajan o buscan trabajo…”. Tratan de darle un revestimiento revolucionario a una propuesta que, en realidad, no lo es. Al fin y al cabo, su modelo de “revolución” es presentarse a unas elecciones. Sin embargo, hacen un verdadero esfuerzo por demostrar que no son políticos, sino personas normales, disfrazando el asunto electoral con tintes de lucha de clases. Pero, en caso de ocupar el poder, ¿no sería su dirigente el Presidente del Gobierno? ¿Acaso no nombrarían a Ministros y demás miembros del Gabinete?
En definitiva, lo que trato de señalar es que la propuesta de Podemos deja de ser revolucionaria desde el momento en el que se somete a las reglas establecidas, en lugar de seguir la senda revolucionaria (recordemos: cambio político violento). Parte de su éxito radica en señalar las faltas de la democracia , al menos de la democracia representativa. Aclararé esto: en la democracia representativa (como la que tenemos en España) el pueblo soberano vota para elegir a unos representantes que serán los que ejercerán dicha soberanía. Esto es diferente de la democracia directa, en la que cada ciudadano emite un voto para cada cuestión, es decir, cada ciudadano se representa a sí mismo. Así pues, en España, cuando votamos estamos, básicamente, eligiendo a alguien para que nos gobierne. Estamos eligiendo un Amo (en la acepción más psicoanalítica de la palabra, mucho menos peyorativa que la acepción habitual). El éxito de Podemos radica en presentarse como “gente del pueblo”, creando la ilusión de que el pueblo (y no sus representantes) serán los que accedan a las instituciones y a la administración de la soberanía. Su éxito radica en crear la falsa expectativa de que seremos el pueblo, todos nosotros, los que accederemos al gobierno, hasta ahora terreno vedado sólo permitido para los “representantes democráticos”. Sobre esto cito otro extracto de su página web: “Siempre supimos que sería difícil, pero contamos con el aliento y la experiencia de muchísimas personas. En nuestro país se ha abierto la posibilidad del cambio político. Para lograrlo hacemos falta todos, vengamos de donde vengamos, hayamos votado en el pasado lo que hayamos votado”. Y conluyen: “Es ahora. Sí se puede. Podemos”. Sí se puede. Pero ¿qué? Predicado sin sujeto. ¿Qué se puede? El vacío, la indefinición, a mi entender, son intencionados. Porque en este vacío encajan los ideales individuales de cada uno de los potenciales votantes que, desde luego, no tienen por qué encontrar correspondencia con los ideales de los potenciales representantes políticos.

EL CAMBIO

En cualquier caso, es innegable que la irrupción de Podemos en el panorama político ha supuesto un cambio. Del “No nos representan” y la indefinición política en la que vivíamos (al menos las generaciones más jóvenes) hemos pasado a una obligada definición. El discurso político ha tomado la calle. Ahora que se ha llenado el vacío que había dibujado el bipartidismo, de repente nos vemos obligados a la definición política. En cierto sentido podríamos decir que existe un novedoso empuje a la adscripción política. Las Redes sociales y hasta las simples conversaciones entre amigos o familiares están plagadas de discusiones políticas. La indefinición de antaño, fruto del vacío de ideales a los que identificarse, ya no es tolerada. No podría decir si los partidos políticos tradicionales han sabido ver esta situación o si sólo se trata de aumentar sus esfuerzos por conseguir votos ahora que hay nuevos competidores, pero el caso es, que tras la irrupción de Podemos, de alguna forma, el resto de partidos políticos han comenzado a definirse a sí mismos en torno al cambio.

PP y PSOE:

En la página web del PP encontramos un hashtag: #CumPPlimos. La mayoría de apartados de la web y de intervenciones del presidente del gobierno están dedicados a señalar lo efectivo de sus políticas. Sus mensajes, el #CumPPlimos, remiten al pasado, a la continuidad política. Su definición se produce sobre la negación del cambio. Insisten en hablar de la crisis a nivel económico (sobre todo macroeconómico), aportando datos de mejoría. Su propuesta parece una firme invitación al “¿Para qué cambiar?” y se dirigen a un electorado temeroso de los semblantes revolucionarios que han poblado la vida política en los últimos tiempos. Como partido de gobierno, han adoptado la posición de defender su título, eligiendo la vía continuista.

Por su parte, el PSOE, actual partido de la Oposición, se halla en una posición mucho más favorable para abrazar el cambio. “El Cambio que une”, lo llaman ellos, no sé si invitándonos a pensar en Podemos como el cambio que des-une. En los últimos tiempos han protagonizado un esfuerzo renovador de su imagen y, sobre todo, de su discurso. Han presentado a un candidato joven, con un estilo informal cercano al estilo de comunicación que ofrecen los nuevos partidos (sobre todo C’s). Un candidato que insiste en acercarse al pueblo, llegando incluso a participar en programas de TV no especializados en Política (Sálvame), en un esfuerzo por desligarse de la imagen de político alejado de la realidad de los ciudadanos.
Y si hablamos de los cambios en el discurso, hemos de reseñar, como no, el episodio de la bandera. Pedro Sánchez se presentó como candidato a las elecciones generales con una gran bandera de España como telón de fondo. Los medios se hacían eco de las declaraciones del líder político: “La bandera de España es tan del PSOE como del resto”. Esto sí que supone definirse con respecto al cambio. Es la primera vez en su historia que el PSOE exhibe sin vergüenza la bandera de España (en lugar de la bandera republicana con la que siempre se han sentido más cómodos). La bandera de Pedro Sánchez, es la muestra palpable del esfuerzo de redefinición del PSOE. Un paso adelante que deja atrás a la España de las dos Españas, la de nacionalistas y republicanos, la de PP y PSOE, la que había dejado sin representación política a todos aquellos que después se volvieron indignados. Por obra de esa bandera de España, la bandera de Pedro, el PSOE se presenta como un nuevo partido político, uno que ha dejado atrás el bipartidismo y sus faltas.

CIUDADANOS:

Para terminar, no podemos dejar de hablar de Ciudadanos. Fundado en 2006 originalmente en Cataluña, a partir de una plataforma civil. Cito textualmente: “Ciudadanos se origina en la plataforma “Ciudadanos de Catalunya”, impulsada por prestigiosos intelectuales catalanes […] Recogían el sentir de muchos ciudadanos de Cataluña que no se sienten representados por los partidos políticos existentes”. Así pues, sus orígenes son similares a los de Podemos, C’s vino a cubrir un vacío, a llenar una falta. En el último año, siguiendo en parte la estela de Podemos y definiéndose como la cara opuesta de la moneda -el cambio sensato frente al cambio in-sensato (podríamos decir)- y haciendo un muy eficiente uso de las redes sociales han conseguido aumentar su popularidad hasta convertirse en un adversario político a tener en cuenta. Su discurso pivota en dos pilares fundamentales: necesitamos un cambio, pero lo que ofrece Podemos son espejismos. Del carisma de su líder político, que se esfuerza en representar el ideal de cambio moderado que ofrecen, parece haber hecho un espejo Pedro Sánchez.   En su contra juegan la tibieza de su definición, apoyada sobre una doble negación que parece decir: ni somos los viejos, ni somos Podemos. Igualmente, esta moderación de la que hacen gala también juega en su contra, puesto que choca de frente contra las fantasías destructivas propias de la indignación.

Concluimos este análisis haciendo una última reflexión sobre “El Cambio”. Como vemos, desde la irrupción de Podemos el resto de partidos políticos parecen haberse visto obligados a definirse o redefinirse en torno al cambio. Sin embargo, ¿supone, de verdad, la propuesta de Podemos un cambio? ¿O tan sólo es otra propuesta que reincide en el discurso político tradicional, invitando a cambiar unos Amos por otros?

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