La Señora

 Había sido endemoniadamente bella. Innegablemente bella. Cuando nació, su cabello fue tan dorado que su padre estuvo tentado de llamarla Candela. Pero su madre lo descartó, aduciendo que aquel era un nombre vulgar, más propio de una gitana o una verdulera que de la dama que habría de ser. La llamaron Carmen, algo mucho más adecuado para un familia de su clase. Y en la alta sociedad su angelical encanto fue siempre motivo de comentario. Incontestablemente bella. Pasó de Carmelita a Carmela con el suspiro teñido de azahar de las primaveras sevillanas. Y fue entonces cuando se hizo consciente de lo traicionero de su condición.  Maldecida por el don de la belleza, nunca tuvo amigos o amigas. Los unos, consumidos por el deseo, las otras devoradas por la envidia. Hasta su propia hermana le dio de lado tras enterarse de los coqueteos de su marido para con ella. Poco importó que ella se defendiera diciendo que nunca había hecho nada inapropiado. En el mundo de Carmela, las mujeres siempre son culpables de algo, si no lo son de obra, ya lo serán de pensamiento o de palabra o de omisión. Y así de sorprendente le pareció siempre la potencialidad del hombre al pecado y, mucho más, de la mujer, que ya desde su nacimiento ha de cargar con la culpa de la más antigua de las faltas: el pecado original.

  La menor de las dos hijas de un militar bien posicionado del ejército franquista, fue siempre la niña de los ojos de su padre. Recordaba con especial dilección los veranos en la casa de Tetúan. Aquella casa destartalada que tanto ella como su hermana adoraban y que su padre había tenido que vender una vez que fue degradado en su rango tras la muerte del Generalísimo.
Carmela llegó a odiar y a amar sus facciones al mismo tiempo, sabiendo que su aspecto era un regalo divino pero envenenado, ya que venía irremediablemente apareado con una pesada pena. No se le permitió nunca un escarceo, ninguna mirada mal dirigida, ninguna sonrisa gratuita. Rígida y severa como sólo sabían serlo las mujeres de antaño, su madre le proporcionó siempre una guía firme de cómo convertirse en una auténtica Señora. Y condenada a ser la mujer perfecta por su hermosa condición, su desdicha fue la de no encontrar nunca un hombre perfecto.
Ahora, en la decadencia de su vida, el último de los castigos que le había deparado la belleza había sido abandonarla, precisamente aquello que tanto anhelara en sus años de juventud.

  Desde hacía tiempo vivía confinada en el piso de la calle Pajaritos, la última propiedad que conservaba del legado de su padre. Sólo salía un día a la semana para comprar la edición dominical del ABC. Esa mañana de domingo se miró en el espejo como cualquier otra, sobrecogida por la desolación de su rostro.  Su pelo, otrora rubio como el trigo, lucía ahora apagado y cenizo. Su cara surcada por multitud de arrugas, la piel del cuello colgando vencida por la implacable gravedad, sus ojos, tristes. Aún conservaba el porte digno y elegante de su familia, pero el galope del tiempo había arrasado con toda la frescura que derrochara en otra época. Se miró largo rato, hasta que del espejo emanó un recuerdo de su juventud, un recuerdo que guardaba grabado a fuego en su memoria. Para su puesta de largo, su madre organizó una gran fiesta en la casa de Tetúan. Carmelita pasó la tarde probándose todos los vestidos que tenía, decidiendo cuál de ellos resaltaría aún más sus encantos. Por aquel entonces, las cosas marchaban bien para su familia y la casa estaba llena de sirvientes. Fue al quitarse el tercer vestido cuando se percató de que había alguien detrás de la puerta entreabierta. Lo vio a través del espejo. El muchacho no tendría más de 20 años. Carmelita admiró su tez morena y sus facciones rudas, pero lo que la fascinó fue su mirada. Pudo ver en los ojos del criado cómo era presa del hechizo que siempre generaba su presencia. Se abandonó a aquel embrujo, exhibió su cuerpo desnudo ante el espejo, ahora recogiendo su cabello, ahora acariciando sus senos, ahora dibujando su ombligo… La escena no duraría más de cinco minutos, pero fue más que suficiente para Carmelita que, por una vez, se permitió el disfrute. Y gozó de la mirada impúdica del otro. Vio al muchacho masturbarse apresuradamente ante su imagen y cuando terminó, ella se vistió y cerró la puerta. Y el final de la pantomima le trajo la culpa que, de simple duda sobre qué opinaría su madre fue creciendo hasta convertirse en una carga que la acompañaría por siempre. La única mancha en una vida por lo demás impecable.
Volvió del ensueño sin poder evitar sentir nostalgia por aquella época y, sobre todo, por todo lo que había perdido. Echó de menos, ese domingo más que nunca, sentirse guapa. Y deseó con todas sus fuerzas volver a sentirlo de nuevo.

  Regresó de su paseo con el ABC bajo el brazo y se sentó a leerlo junto a la ventana del salón. La chica de la limpieza cumplía sigilosamente con sus quehaceres. Carmela pensó en cómo habían cambiado los tiempos y cómo ya las criadas no se llamaban criadas aunque vivieran internas y cómo las señoras eran cada vez menos Señoras. Hojeó distraídamente el periódico, sin prestar atención más que a los titulares, hasta que tropezó con la sección de clasificados. Nunca había mostrado el más mínimo interés por aquel apartado, pero de repente una idea loca comenzó a cobrar forma en su cabeza. Se quedó paralizada, sorprendida por su propia ocurrencia, abatida por las dudas pero empujada por un fuerte deseo…sentirse bella una vez más. Sólo una vez más. Y el deseo se le hizo movimiento.
-María, ven aquí.-la chica acudió al momento.
-Sí señora, ¿Qué desea?
-Quiero que te vayas. Tómate el resto del día libre y no regreses hasta la noche.- La muchacha contrarió el gesto, sorprendida por aquel inusual mandato, pero no se atrevió a preguntar.
-Sí señora, ahorita mismo señora.
Cuando se quedó sola, Carmela se sintió como en trance. Volvió al periódico y comenzó a leer: Diego, 21 años, rubio, fibrado, discreto… Hizo la llamada sin saber muy bien ni qué decía, pero estaba segura de haber dado su dirección con claridad. La voz al otro lado del teléfono dijo que tardaría aproximadamente una hora.
La espera fue agotadora. El sonido del antiguo reloj de pie rompía estruendoso el silencio de la casa vacía, en un contar incansable que no hacía más que acrecentar la agonía de sus dudas. Pensó en qué diría su madre. Y pensó que siempre podía echarse atrás, que podía no abrir la puerta, pero quería, quería…Se sintió nerviosa, un leve temblor recorría su cuerpo, así que sacó un Lexatín del cajón de la mesilla de noche de su habitación y lo ingirió sin agua, como había hecho tantas otras veces. Sabía que eso la calmaría, no podía presentarse ante el muchacho hecha un flan.

  El portero automático sonó dos veces antes de que se levantara a abrir. Recibió al chico sentada en su viejo sillón colonial. Diego no era demasiado alto, pero tenía buen porte. Carmela imaginó que sería de uno de esos barrios infames de la periferia de Sevilla. Lo miró con detenimiento y quedó claro que debajo de sus ropas chabacanas atesoraba la lozanía de la juventud. Pudo intuir los músculos firmes y la piel tersa.
-Buenas tardes.-dijo el muchacho-Menuda choza.
-Esto no es una choza, es una casa. Y no seas descarado.
-¿Qué es lo que quieres hacer, vieja?¿Quieres que te folle?-le espetó el chico. Carmela se levantó inmediatamente como impulsada por un resorte. El contraste se hizo más que evidente entre los dos. Ella alta y elegante, vestida de negro, sobria pero femenina. Él, chapero.
-No vuelvas nunca a hablarme de ese modo. Yo soy una Señora, trátame como tal.- Bajó la cabeza momentáneamente, sopesando lo que iba a decir a continuación.- Desnúdate. Sólo quiero que te masturbes para mí. Y quiero que me mires mientras lo haces.
El chico sonrió socarronamente y anunció su tarifa: Cuarenta euros…Señora. Se quitó la ropa despacio y Carmela admiró su desnudez. Envidió su juventud y su fortaleza. Vio como comenzó a acariciar su pene y su pecho.
-Quiero que me mires como si fuera la mujer más bella que hayas visto en tu vida.
El chico continuó, su miembro se tensó y Carmela se ruborizó.
-¿Te gusta esto?¿Es lo que querías?-preguntó el muchacho.
-Cállate-ordenó ella, sabedora de que aquella farsa habría de funcionar sólo si había trampa y cartón, si los dos no eran más que dos personajes sin más vida que la de su propia imagen.
Diego siguió tocándose ante la mirada insaciable de la Señora, que disfrutó de cada gesto y sobre todo disfrutó del recuerdo y del retrato de sí que le devolvía el otro.
La intensidad creció y el muchacho comenzó a retorcerse en movimientos espasmódicos:
-¿Quieres tocarla?¿Quieres que me corra en tu mano?- Carmela se vio tentada, por un momento lo deseó, pero no, cómo iba ella a prestarse a algo así. Permaneció sentada y el chico eyaculó impunemente sobre la alfombra.
Ella se levantó mientras él se vestía apresuradamente. Le dejó el dinero sobre la mesa, rehusando el contacto físico. Él lo recogió. Llama cuando quieras-dijo y se marcho cerrando la puerta tras de sí.

  Y al igual que aquella tarde en Tetúan, el portazo le trajo la culpa. Miró la mancha en la alfombra y se sintió vieja y ordinaria. Pensó que no era más que una furcia y una desgraciada, fea y putera. Rezó tres aves marías y no encontró consuelo. Si me viera mi madre. Dios mío, si me viera mi madre. Furcia, desgraciada, fea y putera. Fue a su dormitorio y nuevamente se contempló ante el espejo. La imagen que vio fue incluso peor de lo que esperaba. La misma desolación, las mismas arrugas, las mismas cenizas, la misma tristeza, los mismos colgajos, pero ahora ya ni siquiera pudo encontrar la dignidad de la que hacía gala. Furcia, desgraciada, fea y putera. Y sobre todo indigna, sintió que ya no le quedaba nada, nada más que culpas y manchas. Y tomó una determinación. Sacó del joyero el camafeo de plata y se lo colgó al cuello. Se puso los pendientes de perlas y el anillo de rubí de su madre. Volvió al salón, abrió la ventana y se subió al alféizar. Y vestida de negro, sobria pero femenina y enjoyada, saltó. En su camino al suelo aún tuvo tiempo para pensar, una vez más, en qué diría su madre si la viera.

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