La mujer podrida (1)

Carmela se despierta con un vigoroso golpe de tos que la lleva hasta la expectoración. Cuando se recupera aún se queda un rato tumbada en la cama, respirando con dificultad, pensando en nada. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando se incorpora hasta sentarse. Después se calza las zapatillas de andar por casa y, apoyándose aparatosamente en la mesilla y en la cama, finalmente se levanta. A sus cincuenta y ocho años, Carmela es una mujer podrida. Coge un cigarrillo con sus manos podridas y lo enciende con un fósforo. La primera bocanada del día siempre es la más satisfactoria. El humo penetra profundamente en sus pulmones podridos, hasta los más recónditos rincones de su árbol bronquial y puede sentir la nicotina viajando en su torrente sanguíneo para alimentar a todas las células decrépitas de su cuerpo podrido.
Sale de la habitación caminando con pasos cortos, arrastrando un poco los pies, en parte porque las fuerzas hace ya tiempo que le faltan, en parte porque no le da la gana de levantarlos. Al otro lado del pasillo ve la puerta de la habitación de su marido abierta, señal inequívoca de que el fontanero ya se ha ido a trabajar. De estar en casa, durmiendo, la puerta se encontraría cerrada, dejando así el paso vedado para ella. Hace algún tiempo que ya no siente ira por su marido, al pensar en él ahora sólo siente una mezcla de desidia y repugnancia.

-Hijo de puta egoísta-farfulla Carmela mientras exhala otra larga bocanada de humo.

Lo que más detesta de su marido es el engaño. De puertas para fuera él es el hombre perfecto: amable, atento, simpático, trabajador. Todo el mundo se deshace en elogios hacia él, le comentan lo bueno que es, la suerte que tiene de que la cuide. Ella, al contrario, es ruda, antipática y huidiza. Aunque aún se trata con unos pocos vecinos, en realidad la gente le importa poco. A veces le gustaría decirle a todos con su boca podrida que su marido es un impostor, que en casa la ignora desde hace años, que las conversaciones se limitan a la programación televisiva, sus cuidados médicos, los asuntos laborales de él y nada más. Hace tanto tiempo que no mantienen relaciones sexuales que Carmela no puede recordar la última vez. Pero aunque en muchas ocasiones se ve tentada, nunca descubre la pantomima de su marido. Cuando la gente halaga las virtudes de éste, ella se limita a contestar con un escueto “sí, tengo mucha suerte”, mientras en su interior siente nauseas por el hombre del que un día se enamoró. No es que no hablen ni que él no se interese por ella. Su marido sigue siendo su marido, sin embargo, Carmela se siente objeto de un agravio más profundo, más íntimo. Se siente objeto de la peor de las traiciones que un marido puede cometer contra una esposa. Su marido la ha repudiado como mujer.

Calienta en el microondas una taza con agua a la que añade una bolsita de té negro. Se sienta a bebérselo lentamente, mientras fuma otro cigarrillo, el segundo, que ya intoxica menos sus pulmones podridos. Entre el humo se mira un poco las piernas hinchadas por el edema. Su corazón ya no bombea con suficiente fuerza su sangre y entonces se le acumula líquido en los tobillos, en los pulmones…en todas partes. Cuando termina el té se levanta y malfriega la taza que deja secando en el escurridor. El reloj de la cocina marca las doce de la mañana. Saca del frigorífico un botellín de Cruzcampo y se toma la mitad de un sólo trago, el primer trago, que como el primer cigarrillo es el único que tiene un sabor puro. Se come una loncha de chopped para acompañar y en eso consiste su desayuno. Termina la cerveza y se marcha al dormitorio a vestirse y prepararse para su cita con el médico. Hoy le toca revisión con el Digestivo. De todo su cuerpo, su hígado es el órgano más podrido. Los médicos dicen que todo lo que le pasa empieza en el hígado. Y todo lo que le pasa en el hígado tiene que ver con el alcohol. Carmela, sin embargo, difiere. Para ella, toda la podredumbre de su cuerpo empieza en el alma. Y todo lo que le pasa en el alma tiene que ver con su marido, Alberto, el fontanero que imposta ser el marido perfecto.

Mientras se viste piensa en la primera noche que durmieron separados, hace ya catorce años. Su hija se había ido ese mismo día camino de Madrid, donde estudiaría Periodismo en la Universidad. Cuando terminaron de cenar, Alberto dijo que esa noche dormiría en la cama de la niña, “que hace mucho calor y así descanso más”. Y desde esa noche nunca volvieron a compartir la cama. Y con el paso de los días, en la misma medida que él ampliaba sus horarios de trabajo se acrecentaba la tristeza de ella. Al principio limpió mucho, para entretenerse y no pensar, pero al poco la fregona y las bayetas no le sirvieron para dispersar sus pensamientos. Y entonces empezó a beber.
Sin cambiarse de bragas se pone unos pantalones marrones y una camisa blanca. Se huele un poco las axilas y se lamenta de que no huelan más, ella disfruta torturando a los médicos. ¡Qué se jodan!-piensa-Bastante me joden ellos a mí.

Casi una hora después de su primera cerveza, Carmela entra en el vagón del tren en dirección a su cita en el Hospital. Camina arrastrando los pies, agarrada a un bastón firme, de roble; un bastón elegante y fuerte que contrasta con su cuerpo podrido. Se deja caer en un asiento que no es el suyo y mira por la ventana mientras recupera un poco el aliento. Al poco se le acerca una mujer joven que reclama su asiento:

-Oh, disculpe, creo que se ha sentado usted en mi sitio.-le dice mientras comprueba su ticket.
-Es que me mareo si voy para atrás.-responde Carmela de mala gana, sin mirarla, pensando en qué clase de tonta se molesta en ocupar el asiento correcto en un tren que va medio vacío.
-Ah, bueno…entonces me siento yo aquí.

La mujer se sienta frente a ella, desprendiendo una fuerte oleada de un perfume floral que huele a caro. La fragancia es tan intensa que no la deja percibir su propio olor. Carmela se vuelve entonces a mirarla con repugnancia. Es rubia, teñida, claro, muy rubia, con el pelo casi blanco y corto, muy corto. Tiene la tez pálida y la nariz pequeña. Al principio parece guapa, pero en realidad, si la miras con detenimiento, hay algo en su rostro, una expresión que la delata. No es guapa, es fea, quizá alguna vez fue guapa de verdad, con esa belleza inocente que derrocha la lozanía, pero ahora no. Ahora queda claro que se esfuerza en esconder la verdad de su incipiente fealdad. El maquillaje caro, el peinado, el tinte, la ropa buena, las joyas…todo tratando de disimular lo que su gesto revela: la rubia también está podrida. Carmela la mira con detenimiento, observándola mientras come. Y cada movimiento confirma su opinión. Ahora ha puesto una servilleta en su regazo y está comiendo una ensalada y bebiendo un zumo verde de aspecto asqueroso. Tiene las piernas cruzadas elegantemente y come con exquisita mesura. Sin embargo, a pesar de sus modales, su podredumbre es innegable. Carmela golpea con el pie su bastón hasta dejarlo caer sobre la otra mujer.

-Oh, perdón-le dice la rubia.
-No pasa nada. Te perdono- responde Carmela con una media sonrisa. Se agacha a recoger el bastón y percibe entonces de lejos su propio olor, amortiguado por el perfume de la chica. Es un olor dulzón, excesivo y penetrante, que no se parece a ningún otro y que nunca se olvida: el olor de la enfermedad. Pero entonces la chica se mueve y otra vez la fragancia floral inunda todo el espacio.

-¿Necesita ayuda?- le pregunta la rubia.
-No gracias, come tranquila.- Pero la joven ya ha terminado y está guardando los restos de su almuerzo en un bolso caro, de una marca que Carmela no conoce. Después se pinta los labios y se mira en un pequeño espejo que saca de una polvera. Carmela se ríe entre dientes, pensando que hay cosas que no pueden ocultarse. La rubia finge que no la escucha y se queda sentada con las piernas cruzadas, mirando por la ventana con expresión liviana.

-Tú estás podrida.-enuncia Carmela. La rubia se sobresalta un poco y se vuelve a mirarla.
-¿Disculpe?-pregunta educadamente.
-Jajajaja- Y Carmela se ríe estentóreamente.- Anda, no seas mojigata, me has oído perfectamente. He dicho que tú estás podrida. Debajo del maquillaje, del gimnasio, de la mierda de comida que comes, de la ropa cara…debajo de todo lo que tienes puedo verlo: tú estás podrida. Y puedo verlo porque yo también estoy podrida, pero yo al menos no lo escondo. Cualquiera puede ver que estoy podrida. Hay quien incluso puede adivinar por qué estoy podrida, o las razones por las que dicen los médicos que estoy podrida, que eso es otra cosa…Pero tú te escondes, te disfrazas de señorita elegante, cuando en realidad estás tan podrida como yo.
La rubia pone expresión de desconcierto, la mira atónita durante unos segundos y después dice:
-Disculpe señora, pero no sé de qué está hablando.- la respuesta molesta a Carmela, que esperaba más sinceridad de la rubia.
-Estás peor de lo que pensaba, llevas tanto tiempo fingiendo que tú misma te has creído tus mentiras.
-Mire señora…no sé de que está hablando, pero me está molestando.
-Oh, ahí estás, por fin…ahora ya empezamos a entendernos.
-No, yo no entiendo nada.- Y la rubia se levanta contrariada.
-¿Adónde vas, estúpida?- dice Carmela, que la agarra con su mano podrida.- Siéntate- ordena con tanta firmeza que la otra obedece. Se queda un tiempo meditando, mirando por la ventana, hasta que la rubia pregunta:
-¿Qué es lo que quiere?
-Dame un papel y un boli.- La joven busca en su bolso con desgana, pero al poco le entrega a Carmela lo que ha pedido.
-¿Por qué me ha dicho eso? Es usted una maleducada.
-¿Quieres saber lo que quiero?¿Quieres saber por qué estás podrida? Aquí tienes.-responde Carmela. Y le devuelve el papel en el que ha escrito su dirección.- Ven a verme cualquier tarde.

El tren ha parado, así que Carmela se levanta, agarra su bastón y abandona el vagón arrastrando sus pies podridos.
-¡Se lleva mi boli!-reclama a sus espaldas la rubia, pero Carmela finge que no la escucha y sigue adelante, riéndose mientras coge un cigarrillo con sus manos podridas.

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