Las luces sobre el Tajo

  El bar había sido una antigua Casa de Citas. Conservaba el encanto decadente de su anterior uso envolviendo cada detalle de la renovada modernidad actual. Mariela estaba en la pequeña terraza junto a la puerta de la primera planta. Fumaba un cigarrillo fingiendo estar atenta a la conversación de las chicas que acababa de conocer esa misma mañana en el Congreso. Aunque no le gustaba asistir sola a aquel tipo de eventos, Lisboa siempre le había parecido un lugar al que no se le podía decir no. Miraba distraída cómo el portero negaba el acceso a todos los que intentaban la entrada, dirigiéndolos a la puerta de la planta baja, en la calle que discurría en el nivel más bajo. Tres chicos se acercaron mientras el empleado estaba ausente de su puesto. Intentaron abrir la puerta sin éxito hasta que Mariela les sonrió y les indicó el camino. Uno de ellos, recio y moreno, le devolvió la sonrisa y la saludó con la mano, manteniendo la mirada hasta el punto de hacer enrojecer a la chica. Sus nuevas amigas seguían conversando animadamente sobre las virtudes del fármaco presentado en el Congreso. Habrían transcurrido unos quince minutos cuando el chico se acercó a Mariela, ofreciéndole en inglés una cerveza en pago por sus indicaciones:
-Sin ti no podríamos haber entrado, gracias.
La chica contestó en español, avergonzada por su torpeza con los idiomas y turbada por la mirada sólida del joven. Era moreno en toda su extensión, de facciones duras y aspecto fuerte. Comenzó a hablar en castellano con un suave acento portugués, presentándose como Nuno. Le siguieron dos besos de perfume amaderado, masculino, y la clásica conversación sobre el origen patrio. Algunos chistes sobre españoles y portugueses y una invitación a continuar la conversación dentro, sentados en la barra. Nuno le cedió el taburete y ella aceptó, mientras admiraba su cuerpo bronceado y adivinaba el tatuaje que asomaba por la manga bajando desde su hombro. Ahora que lo miraba de cerca, estaba segura de que era mayor de lo que había pensado en un primer momento. Él afirmó tener 41 años y ella contestó cortésmente:
-Los llevas muy bien.
-Gracias- respondió mostrando una sonrisa nacarada.-¿Qué viniste a hacer a Lisboa?
-Me han invitado a un congreso…nunca vengo sola a estas cosas, pero Lisboa es una ciudad fantástica.
-¿Un congreso de qué? ¿Eres médico?
-Psiquiatra
-Wow…¡Qué miedo!-dijo él.
-Bah, tampoco es para tanto. Además no tienes de qué preocuparte, en mi tiempo libre no trabajo.
El portugués se rió con franqueza.
– Yo trabajo para un laboratorio farmacéutico.
-¿En serio? Qué coincidencia…
Y la conversación continúo en la superficialidad propia del momento, mientras que los ojos recorrían los unos las zonas prohibidas del otro, trazando en el mapa corporal la ruta serpenteante del deseo. Ella sonreía y parpadeaba mientras observaba al detalle los ademanes firmes del hombre. Reparó en sus manos fuertes, en la tersura de su piel, en la melodía de su acento…A mitad de la copa la distancia se había acortado considerablemente y la atmósfera del bar se había reducido al microcosmos del espacio intermedio entre los dos. Y en un silencio complaciente Portugal besó a España en los labios, con una dulzura y un vigor que hicieron a Iberia prender en llamas.

  Cuando tres copas después se decidieron a abandonar el local, los dos ya sentían como si se conocieran desde hacía mucho tiempo. Subieron al coche de Nuno y, con la puerta aún cerrándose, se volvieron a besar. Y el beso le supo a Mariela a reencuentro, como si probara de nuevo unos labios que llevara largo tiempo sin besar. Bajó la ventanilla mientras el portugués arrancaba el vehículo. La noche lisboeta le regaló una suave brisa, que acariciaba su cara y alborotaba un poco su cabello. Nuno la miraba de a cada tanto, mientras ella vagaba por la belleza decadente de la ciudad. Se dirigían a la casa del hombre. La última colina de Lisboa, el último edificio, el último piso, había dicho él. Y fue como anunció.
La casa era amplia y diáfana, con una terraza con vistas privilegiadas al Tajo, que discurría paralelo al salón. En la negrura de la noche, las luces de las ciudades en la margen opuesta del río y las de los barcos que navegaban por él formaban un hermoso mosaico que se ofrecía ante la mirada de la chica. Se sentaron a fumar un cigarrillo, disfrutando de las bondades de la noche.
-¿Hace cuánto que no tienes novio?-preguntó Nuno.
-¿Cómo sabes que no tengo novio?-respondió ella y él le devolvió una sonrisa.
-Lo sé.-dijo-No habrías venido aquí si lo tuvieras, tú no eres así.
-Ocho meses. ¿Y tú?
-Dos años.
-¿Pero qué le pasa a las portuguesas?-preguntó Mariela sin pensar.
-Que no me gustan-rió él.
Y en ese punto dieron por concluida la conversación. Los agravios previos, las historias, los pasados, los dolores no importaban, nada ni nadie más importaba ni existía, solo la noche y la brisa, Lisboa y las luces sobre el Tajo. Estuvieron un rato en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos, atesorando y mimando el precioso tiempo que estaban compartiendo. Mariela pensaba en lo poco frecuentes que eran ese tipo de encuentros, en lo excepcional que resulta conocer a alguien y sentir que nada hace falta decir, que el otro ama lo que ve y respeta lo que no ve, sin misterios, sin sorpresas, sin prisas, sin culpas, sin pesares…
Nuno la agarró de la mano y la condujo hasta la habitación, tan desordenada como estaría la de la chica si pudieran verla. La tumbó en la cama y desenfundó sus vaqueros sin esfuerzo. Sus manos acariciaron sus muslos con suavidad, mientras él besaba sus piernas en su recorrido hasta la cintura. La despojó de la camisa con delicadeza y volvió a agacharse a besar su ombligo, desde donde su lengua trazó un reguero en el viaje hasta sus senos, ahora liberados de toda contención, una vez que la propia Mariela se había quitado el sostén. Se estremeció cuando el portugués acarició sus pechos y los besó. Ella se incorporó un poco y le quitó la camiseta, dejando al descubierto su cuerpo fornido. Lo colmó de caricias y besos, en el esfuerzo tan puramente humano de intentar que el otro forme parte de uno mismo. Y al desnudo los dos se tocaron y se besaron, se lamieron, se miraron, se fundieron y se confundieron.
Él la penetró mientras agarraba con firmeza sus muslos y ella se dejó hacer en aquella conjunción. Sintió su miembro adentrándose en su cuerpo que lo recibió agradecido, mientras ellos en silencio se miraban cara a cara. Encontró en Nuno un amante impetuoso y delicado y apreció lo exquisito de tal combinación. Disfrutó cada empuje, cada beso, cada mirada y cada caricia y disfrutó del placer del orgasmo, mientras el hombre la cogía de las manos y eyaculaba perdido en la profundidad de sus ojos.

  Mariela dejó que el agua de la ducha corriera por su cuerpo, limpiando los restos del placer que aún quedaban sobre su piel, pero sin eliminar la sensación de plenitud del momento. Volvió a la cama y se recostó junto a Nuno, aún sudoroso. Se tumbó buscando el calor de su pecho y el abrigo de sus brazos. El hombre había puesto música en el iPhone, así son los amores contemporáneos. Una aterciopelada balada portuguesa moldeaba un ambiente cálido y los dos amantes hablaron y callaron, se rieron, se contaron la vida, se amaron. Fueron dos viajeros en tránsito en una estación de paso, dos amantes pasajeros que encontraron un amor infinito en lo finito. Se quedaron dormidos.
El despertador sonó a las 10:30, anunciando el triste momento de la separación, aunque aún hubo tiempo para más arrumacos.
-Ven aquí-dijo Nuno, que abrazó a Mariela por la espalda, apretándola contra sí, besando la parte posterior de su cuello. Ella se estremeció y sintió pena por tener que regresar a casa ese mismo día.
-Vuelve cuando quieras-invitó él.
-¿Me hospedarás?
-Claro…Vamos a desayunar.
Se vistieron y fueron al salón. Ella se quedó sentada en la terraza, fumando un cigarrillo mientras él preparaba tostadas y zumo de naranja. Admiró nuevamente la belleza del Tajo, esta vez a la luz del día, y comprobó cómo el portugués le gustaba más aún bajo el radiante sol de la mañana. Comieron sin hablar, mirándose a ratos, devorándose, pensando en lo bonito que podría ser.
De vuelta en el coche, Nuno le contó curiosidades de Lisboa y ella le habló de Sevilla en primavera…Cuando divisaron el hotel, Mariela no pudo evitar sentirse apenada, previendo lo caduco de aquella relación, por más que los dos se empeñaran en soñar con amores cargados de pasajes de tren y avión, de orgasmos telefónicos, de agendas sincronizadas. Los dos soñaron con un amor entre fronteras…y Mariela se lamentó por no ser más aventurera y porque ya incluso antes del final, su cabeza le advertía de que aquellas historias sólo eran hermosas porque eran tan efímeras como cualquier estrella fugaz.
Abrazó a Nuno y lo besó largamente en los labios. Hasta pronto, dijo él, Adios, dijo ella. Y al entrar en el hotel se preguntó si los empleados en el vestíbulo podrían adivinar cuán amada se sentía.

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