El Ruido VI: Segundo B

  Ella dijo sí. Y cerró la puerta. Aunque en realidad sabía que no. A través de la mirilla lo vio bajar el primer tramo de escaleras, hasta que desapareció en la vuelta que conducía hacia el primer piso. De repente se sintió seis horas más triste.
  Se habían conocido en un popular bar de Triana donde cantaban flamenco en directo.  Carmen estaba sentada en una de las mesas con sus amigas, disfrutando de la noche del viernes. En cuanto lo vio, el cabello rubio del chico le llamó la atención. Lo miró detenidamente y al poco se sintió atraída por él. Era alto, delgado, de aspecto despreocupado y sonrisa franca. No había más que verlo para percatarse de que no era sevillano, ni siquiera español, y sin embargo parecía de esas personas que se desenvuelven con soltura en cualquier parte. Fresco y divertido, se rió y habló con varias personas a pesar de que no parecía estar acompañado por nadie. Al segundo gin tonic Carmen se lo señaló a sus amigas, que admiraron las cualidades corporales del chico. Él seguía ajeno al interés que despertaba su presencia, sentado junto a la barra, como si nunca hubiese mostrado la más mínima preocupación por su aspecto físico. Jaleada por las otras chicas, una de las amigas de Carmen se acercó a saludarlo, por más que ésta intentara evitarlo. Minutos después regresó acompañada de él, que sonrió y saludó educadamente antes de sentarse junto a Carmen. Se llamaba Fréderic y resultó ser canadiense. Había llegado a Sevilla hacía tres días, desde Québec, y pretendía quedarse seis meses estudiando en la Universidad mientras trabajaba de profesor de francés a media jornada. Tenía los ojos vivos y las facciones definidas. Hablaba un español muy pobre y ella no entendía una palabra de francés, así que acordaron hablar en inglés. Ya desde las primeras palabras ambos pudieron sentir una complicidad impropia de un primer encuentro. Tras la conversación en el bar siguieron unas copas en una discoteca y ya al amanecer unos tímidos besos que terminaron con arrumacos en la cama. Y tras esa noche vinieron otras…y después los días; y las tardes; y todo lo demás.

  Carmen se dejó caer contra la puerta, pensando en cuánto tardaría en perder la nitidez el recuerdo que tenía de la cara de Fréderic. Cúanto tiempo habría de pasar sin que sus manos la acariciaran para que su piel olvidara las huellas que ahora estaban frescas, cuánto para que sus oídos no supieran con certeza reproducir su timbre de voz, cuándo no podría alucinar su olor ni recordar el regusto dulce de su piel. El suyo era un amor que los había cogido por sorpresa. Ninguno de los dos esperaba encontrarse aquel viernes. Pero se encontraron. Y seis meses después, también en viernes, Carmen acababa de cerrar la puerta mientras Fréderic se dirigía al aeropuerto de vuelta a su país. El destino gusta de jugar con las coincidencias crueles. A partir de ese momento, pensaba Carmen, todas sus coincidencias espaciales con Fréderic se habían acabado.
  Después de la noche en que se conocieron, no volvieron a hablar sobre la marcha de él hasta que fue inevitable. Se dedicaron a hablar en inglés, a contarse la vida. Él se había criado en un pueblo pequeño del territorio francófono de Canadá y estudiaba Idiomas en la Universidad. Ella había vivido en Sevilla la totalidad de sus 32 años y habitaba un piso en Triana propiedad de sus padres. A sus veintisiete, él había viajado por buena parte de Sudamérica, desarrollando en parte su pasión por la fotografía. Ella posó para él muchas veces. Y poco a poco su casa se fue llenando de fotos. Él conoció Sevilla de su mano, caminando sus calles juntos hasta que recorrieron todos sus recodos. Su relación fluyó de forma natural, sin trabas y sin prisas. Y sin más barreras que las idiomáticas, al final los dos se enamoraron en lengua extranjera. Carmen siempre sintió que, por más que lo intentara, las palabras inglesas no terminaban de recoger todos los matices de sus sentimientos. Era como si tratara de cantar una copla en el idioma foráneo.  Los errores con la lengua les reportaron más de un momento de risas, pero a la hora de estrechar lazos, de decir te quiero, Carmen siempre sentió que algo se perdía en la conversión lingüística. Las palabras inglesas nunca llegaban a sonar con la calidez aterciopelada que envolvía los fonemas españoles.

  Esa mañana habían hecho el amor pausadamente, mirándose a los ojos, sintiendo probablemente por última vez aquella unión que se les había hecho tan familiar, tan permanente. Después de ducharse y tomar un desayuno copioso, Fréderic se dedicó a preparar su equipaje mientras Carmen preparaba la comida. A pesar de que el chico había estado pagando el alquiler de un piso compartido durante su estancia en Sevilla, la realidad era que sus cosas y él mismo llevaban bastante tiempo instalados en el piso de Carmen. Todos los recuerdos que habían acumulado en esos meses encontraron su sitio en una pequeña maleta que el canadiense había comprado en El Corte Inglés. La chica se entristeció al ver su amor rigurosamente empaquetado, dispuesto para ser trasladado hasta otro continente, para ser vivido a partir de entonces en la lejanía.
  Recordó entonces la primera vez que vio una maleta. Contaba cinco años; probablemente ya había visto alguna maleta con anterioridad, pero fue aquel día cuándo descubrió el uso real de aquel instrumento: el de alejar de su vida las cosas más queridas. Se hallaba en la estación de San Bernardo. De la mano de su madre, ambas despedían a su padre, militar de profesión, que partía para la realización de un ejercicio de maniobras. Carmen miraba a la maleta de cuero marrón que portaba el hombre, mientras su madre le daba a él un beso en los labios. Después él se agachó a abrazar a su hija. Me voy a jugar a la guerra.– dijo. La palabra asustó a la niña, que se pasó toda la tarde llorando desde que viera a su padre subir al tren. De nada sirvió que su madre le repitiera una y otra vez que su padre estaba bien y que regresaría en unos días. Cuando volvió, Carmen se alegró mucho, aunque en la ausencia de él, su relación había sufrido un cambio. En cierto sentido, el miedo a la pérdida de aquel hombre hasta entonces omnipotente y omnipresente, había hecho a la pobre niña dudar de su amor por ella. A pesar de que fue él el que partió alejándose en el tren, fue ella la que había iniciado el verdadero viaje. Desde ese momento, en las despedidas siempre se sentía especialmente abandonada.

  -I’m going to miss you a lot.- enunció ella, mientras estaban sentados a la mesa comiendo. Volvió a sentir que sus sentimientos no encajaban completamente en aquellas palabras extranjeras. Algo de la desolación que sentía por la marcha del chico había quedado irremediablemente perdido en la traducción.
  -I’m going to miss you too. But we will talk a lot by Skype…and you know that you have to come to visit me in two months…-él se levantó y la besó dulcemente. Después se sentó de nuevo y terminaron de comer. De vuelta en la habitación, Fréderic daba el último repaso al equipaje.
-¿A qué hora llegas?-preguntó Carmen.
-A las 10. Aquí serán las 4 de la tarde.- En ese momento Carmen cobró una ineludible conciencia de la distancia que los separaría a partir de entonces. Unos cinco mil kilómetros de Océano Atlántico que se extendería entre ellos como un interludio azul inevitable. Cinco mil quinientos kilómetros de tierra y mar, que constituían seis husos horarios. Y pensó en cómo serían sus quereres a partir de ese momento. Hablando por Skype a seis horas de distancia. Sintió pena de su pobre amor, que sería ya viejo en el instante de ser enunciado, deslustrado en su camino cibernético hasta su punto de destino al otro lado del Atlántico. Y lloró. Amargamente. Lloró por los cinco mil quinientos kilómetros, por skype, por los trescientos sesenta minutos de diferencia y por todos los husos horarios. Fréderic trató de consolarla y Carmen fingió que se calmaba. Miró al chico. Y de repente ya lo sintió completamente en la distancia. Sintió extrañeza de su presencia, como si toda la naturalidad de antaño se hubiera difuminado. En su interior, él ya había partido a la guerra. Y Carmen comenzaba otro viaje. Mejor alejarse que ser abandonada.
El chico cogió el equipaje como pudo. Le dio un beso en los labios que a Carmen le supo raro y dio media vuelta saliendo de la casa. Cuando estaba en el primer escalón ella lo llamó. Él se volvió a mirarla y Carmen no supo muy bien qué decir:
-Have a nice trip.-musitó.
-I love you.-dijo él-Talk to you when i arrive.
Ella dijo sí. Y cerró la puerta. Aunque en realidad sabía que no. A través de la mirilla lo vio bajar el primer tramo de escaleras, hasta que desapareció en la vuelta que conducía hacia el primer piso. De repente se sintió seis horas más triste.

  Se sentó en el suelo apoyada contra la puerta, mirando el mural de fotos tomadas por Fréderic que habían instalado en la pared del salón que tenía frente a ella. Pensaba en el viaje que tenía por delante, olvidar a Fréderic y evitar que el par amor-distancia la desgarrase por dentro. Sintió lástima de sí misma, obligada a desenamorarse por miedo a ser abandonada. Volvió a llorar. No habrían transcurrido más de cinco minutos desde que Fréderic se marchara cuando escuchó el ruido proveniente de la calle. Imponente. Pesado. Como todo el océano Atlántico. 

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