Solamente Lola

  La mayoría de las personas piensa en las palabras como cosas inertes, inocentes incluso. Sin embargo, ella no era de esta opinión. Ella sabía muy bien del peso de las palabras. Sabía que hay palabras neutras, sin importancia, vacías de afecto y vacías de peso. Luego estaban las otras, las que no sólo se oyen o se leen, las palabras que de alguna manera se sienten en el cuerpo, de un modo casi orgánico: las palabras pesadas. De esas tenía la antigua Dolores una colección enorme, llenando las cartas que había escrito en los últimos diez años, a razón de una cada día, para contarle a Marcelo cuánto lo seguía queriendo a pesar del tiempo.  Esa misma mañana había escrito la última. Había sido corta: ADIOS era lo único que versaba, aunque no por ello había sido menos difícil de escribir que todas las demás. Justo en ese momento decidió que ya no se llamaría nunca más Dolores, cansada como estaba de que la vida le doliera, a partir de ahora sería sólo Lola. Solamente Lola.

  Todas aquellas cartas, que ahora estaban esparcidas por el suelo de su habitación, nunca las había enviado. Y Lola comprendía que las palabras no dichas son siempre las más pesadas, las que consumen el alma. Diez años de amor no correspondido, diez años de tequieros, de ojalases, de teechodemenos…diez años de palabras que pesaban toneladas.
Sacó del armario la vieja maleta de cuero que le regaló su abuela el día que murió.-Guárdala para una ocasión especial-le había dicho al dársela. -Nada más especial que esto-pensó Lola. Así que poco a poco guardó todas esas palabras en la maleta y después la cargó en el coche. Estaba decidida.
No había ido a Cádiz desde que Marcelo la abandonó y, en varios momentos del viaje, se sintió mareada por el temor a que por alguna cruel casualidad se fueran a encontrar. Condujo sin prisa, dejando que fluyera la nueva fuerza que había encontrado en sí misma.

  Al llegar a la ciudad puso rumbo a la Caleta, sin querer volver la vista a los lados para que no la acosaran los recuerdos. Dejó el coche mal aparcado, pensando que un momento como aquel bien valía una multa. Cogió la maleta y echó andar por el Paseo Fernando Quiñones. Siempre le gustó ese puente, que discurría sobre el mar como un estrecho istmo que unía la playa de la Caleta con el castillo de San Sebastián. A mitad de trayecto, Lola se paró a contemplar el agua. Alzó su maleta y la arrojó con furia al mar. Y pesadas se hundieron las palabras…y el mar las devoró sin compasión. La antigua Dolores se dio media vuelta y la nueva Lola comenzó a caminar, dejando tras de sí la inmensidad azul de aquel mar de palabras pesadas.

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Search For Extraterrestrial Intelligence

  El dos de marzo de 1972, la Agencia estadounidense del espacio y la aeronáutica, la NASA, lanzó al espacio la sonda Pioneer 10. Aunque el objetivo principal de la misión era proporcionar datos sobre Júpiter, la nave se hizo famosa por otro motivo. Contenía una placa de aluminio anodizado en oro, en la que los ingenieros de la agencia aerospacial habían inscrito información básica sobre el ser humano: quiénes somos y cómo encontrarnos. Así, en caso de que una civilización extraterrestre interceptara la sonda algún día, podría contactar con nosotros.
  Tras ésta y otras experiencias, en los años 80 se creó el Programa para la búsqueda de vida Extraterrestre, más conocido por sus siglas en inglés, SETI. Actualmente, dicho proyecto funciona como una organización no gubernamental que opera en modo abierto, con más de cinco millones de personas que trabajan voluntariamente desde sus casas en la búsqueda de vida inteligente en el espacio exterior. Ahora ya no enviamos placas con mensajes grabados, enviamos mensajes de radio y esperamos una respuesta que nunca llega.
  Cinco millones de soñadores, crédulos y fervorosos seres humanos, anhelan que al universo le interese nuestra existencia. Porque, para el ser humano, lo más intolerable es precisamente el ser, aún más el ser solo en el mundo. Quiénes somos y cómo encontrarnos sólo importa si hay un otro que nos busque, un otro que escuche nuestra llamada (y que responda) aunque sea desde los confines del espacio exterior. Cinco millones lo buscan a través del programa SETI. El resto de los 7.052.228.907 de seres humanos buscamos a ese otro, también en el espacio exterior, aunque esta vez no extraatmosférico, y también nos convertimos así en soñadores, crédulos y fervorosos.
  Tonto el ser humano, los 7.052.228.907 que no aceptamos que el otro no existe. No de la manera en que esperamos que exista, no para responder a nuestra llamada, ni siquiera aunque algún día hallaran la sonda Pioneer. Por más que deseemos encontrar un otro que nos signifique, que dote de sentido nuestra existencia, hay un algo del ser humano que es único e incompartible. Por más que queramos, hay una barrera última entre nosotros y el otro. La más obvia: la piel; la más ineludible: la propiedad íntima del ser, la individualidad. El otro nunca será yo. Ni seremos dos. Seremos uno y otro, uno y uno, cada uno solo, a pesar de nuestros engaños, nuestras esperanzas y nuestras vanas ilusiones. Siempre seremos solos. Y esta verdad es tan aterradora como toda la infinitud del Universo.
  La última señal de la Pioneer 10 fue recibida el 23 de enero de 2003, cuando estaba a 12 mil millones de kilómetros de la Tierra. Su viaje continúa.

A CINCUENTA SISTOLES POR MINUTO

  El corazón humano late a un promedio de 70 sístoles por minuto. En 60 segundos, el ventrículo izquierdo se contrae unas 70 veces, empujando a la sangre perezosa en su recorrido por los entresijos de un cuerpo lleno de avenidas y callejuelas.
En el año 2005 el consumo energético mundial fue de 138900 TeraWatios por hora, 2315 TW por minuto. El desfase es más que evidente.


  Amelia pensó que el ser humano es mucho más lento que el mundo. Ese mundo glotón que devora 2315 Terawatios cada minuto y nos obliga a correr mucho más allá de nuestros parsimoniosos 70 latidos por minuto. Claro que la frecuencia cardíaca no es constante, a veces se acelera hasta las 100 o 120 sístoles por minuto y a veces aminora hasta las 40 o 50, pero siempre lejos de los 2315 Terawatios que mantienen la Tierra encendida cada sesenta segundos. 
El corazón de Amelia no era distinto al de cualquier joven de 30 años. Sin embargo, aquel día, cuando Alberto se marchó de casa, su corazón se paró un poco. No del todo, pero sí lo suficiente para frenar su siempre acelerada marcha. “Estoy mal, lo quiero dejar” -había dicho él-. Y a aquella sístole le siguió una larga diástole…y Amelia escuchó incrédula todas las cosas que dijo Alberto sin llegar a entenderlas. Quizá no entendía nada porque él latía a una frecuencia mucho más alta que la suya. Él estaba enfadado. Ella, abatida. Él la insultó, dijo cosas terribles…y se marchó dejando la casa cargada de silencio. Ella se quedó allí sentada, a 50 sístoles por minuto, pensando en cómo era posible que un día se quisieran tanto y al siguiente ya no tuvieran ni futuro ni presente. Se quedó sentada mucho rato, mientras el mundo seguía girando ajeno a las tragedias de cada individuo que lo habita. No, el mundo no esperó a Amelia. Ni siquiera Alberto -que la había querido tanto- lo había hecho, mucho menos iba esperarla el mundo, siempre agitado y enloquecido, que seguía corriendo y comiendo en su debacle de watios, julios y terawatiosSí, se quedó allí sentada, pensando en sístoles y en diástoles y en lo misterioso y abrumador que es el proceso por el que se deja de querer a alguien.
  
  No pudo evitar preguntarse cuántas parejas estarían rompiendo su relación justo en aquel minuto, pensando que quizá podría calcularse una frecuencia mundial de pérdida del amor, como si al convertir la desgracia en una constante, ésta se hiciera menos dolorosa. Pero sabía que no. Sabía que aquel agujero que comenzaba a sentir en su cuerpo tenía que ver con la pérdida, con todo lo que se va con la persona que nos deja. Y sabía que no hay forma de diluir la tristeza en fórmulas matemáticas ni en estadísticas de consumo energético mundial. Así que siguió allí, tontamente sentada, a 50 sístoles por minuto, hasta que al mundo le dio por amanecer.