El Ruido VII: Tercero A

  El primer sorbo de café por la mañana siempre ponía en marcha su día. Su cuerpo despertaba al calor de ese primer trago con su regusto recio y tostado. Ella siempre se sentaba en la misma silla, de frente a la ventana, con las manos en la antigua mesa vestida con un mantel de hule, disfrutando del silencio y de la hermosa ilusión de tranquilidad que otorgan las primeras horas de la mañana, cuando el mundo aún duerme ajeno a la vida. Acompañando al café se comía una tostada, casi un cuscurro del pan sobrante del día anterior, que regaba con aceite de oliva. Y cuando se levantaba por fin de la silla, alrededor de las 9 de la mañana, se inauguraba oficialmente su día. Entonces se daba una ducha, se vestía y se apresuraba a llamar a su madre, Ana, a quien estaba dedicada en cuerpo y alma desde que le diagnosticaran la enfermedad de Alzheimer. María había visto cómo su madre, otrora inquieta y parlanchina, se había ido deteriorando lentamente en los últimos tres años. Con tristeza asistió al progreso de la enfermedad, desde los primeros olvidos a las grandes lagunas en su memoria, de las primeras torpezas hasta los grandes desvaríos y, finalmente, la lenta pérdida de las palabras; hasta que vio poco a poco a su madre ensimismarse para acabar convertida en un cuerpo callado y cansado, dependiente hasta para sus cuidados más básicos, arrasada por la peor de las enfermedades que la naturaleza ha reservado al ser humano, el envejecimiento. La mujer, que en otro tiempo había llenado la casa con sus labores de ganchillo y otras manualidades, ahora pasaba el tiempo sentada en una mecedora, pintarrajeando los libros de sopa de letras que alguna Trabajadora Social les recomendara al principio de la enfermedad.

  María tocó suavemente el hombro de su madre que yacía tumbada en la cama.
“Vamos reina, que se van dos, el día y el sol”– le dijo, repitiendo la misma muletilla que la mujer empleaba para despertarla cuando ella era pequeña y fingía estar dormida para no ir al colegio. Su madre respondió con la misma mueca de extrañeza que pintaba su rostro casi todo el tiempo y que dejaba clara su perplejidad ante el más mundano de los acontecimientos.
-Soy yo, María, tu hija…venga levántate que hoy tenemos que hacer muchas cosas.
Sin decir nada Ana se limitó a obedecer de forma automática y a tomar el brazo que María le ofrecía para levantarse. Caminó en silencio, junto a su hija, quien la llevó a la cocina y le dio de comer. A María le sorprendió que ese día su madre aceptara el yogur y la fruta sin oposición alguna, acostumbrada como estaba a que aquella simple actividad se demorase más de una hora, y concluyese con parte de la comida manchando el babero que protegía las ropas de Ana. “Vamos a la ducha”, anunció, y sigilosamente se dirigieron las dos al cuarto de baño. María le quitó el camisón a su madre y después los pañales que, como sospechaba, estaban limpios. Los accidentes nocturnos ocurrían muy de cuando en cuando y, en realidad, las únicas veces que Ana obraba era fruto de los enemas que María le administraba unas dos veces en semana. La metió en la ducha y comprobó que el agua estuviera templada antes de comenzar a lavarla. Miró apenada aquel cuerpo caduco, con la joroba que encorvaba la espalda, la piel ajada y fláccida, las carnes blandas, las arrugas cuarteando el rostro… El tiempo había devastado todo el vigor que caracterizó a su madre durante su juventud. María la recordaba correteando por la casa siempre enfrascada en alguna tarea, hablando sin parar, organizándolo todo. Ahora, mientras la bañaba, la observó en toda la crudeza de su desnudez y en aquel cuerpo no pudo encontrar nada de su madre, más que la apariencia, un leve rastro, como los restos del incendio son sólo una sombra, un recuerdo de aquello que ardió consumido por el fuego. Y a su madre, pensó con tristeza, ya no le quedaban ni recuerdos.
La secó con delicadeza, suavemente, frotando un poco cada uno de sus miembros con una toalla gruesa, mientras la otra le devolvía una mirada inquieta, siguiendo con la vista todos sus movimientos, sin que María tuviese del todo claro si la mujer entendía lo que pasaba a su alrededor. La sentó en una silla frente al espejo. “Vamos a teñirte el pelo, ¡que mira qué canas tan feas te están saliendo!”– le dijo, y abrió el kit de tinte capilar que una vecina le había traído de la farmacia. Cuando la mezcla estuvo preparada, la aplicó cariñosamente en los cabellos de su madre, desde la raíz a las puntas, mientras le contaba los últimos chismes del barrio y le regalaba de cuando en cuando alguna caricia en la cara. Cuando terminó, le cubrió la cabeza con un gorro de plástico y se dispuso a esperar los diez minutos que recomendaban las instrucciones.
María se agachó hasta ponerse a la altura de su madre, para ajustarle bien el gorro, y fue entonces cuando descubrió las lágrimas en sus ojos, como dos regueros solitarios que surcaban el rostro envejecido de la mujer. “¿Qué te pasa?” Aquello sucedía en contadas ocasiones, pero cuando ocurría María se entristecía. Pensó que su madre, que siempre había sido coqueta, cesaría en su llanto al decirle que el gesto la afeaba y así todo podría volver a la silenciosa normalidad. “Anda no llores que te pones muy fea” la acució cariñosamente y, tras darle un beso en la mejilla, le secó las lágrimas con la mano. Después de lavarle la cabeza, el cabello de Ana volvió a brillar del color Rubio oscuro ceniza de Farmatint. María la sentó en el váter, y esperó pacientemente a que la mujer entendiera que tenía que orinar. Tardó bastante menos que de costumbre y al poco ya estaba nuevamente sentada en su mecedora, agarrando tontamente el libro de juegos de sopa de letras, mientras ella se esmeraba en limpiar el polvo.

  María echaba a veces de menos a su madre, la antigua, la que hablaba. Ella no paraba nunca de contarle cosas, deseando que en algún momento la madre enferma respondiera con algún gesto, alguna palabra, siquiera un beso o un abrazo, y en lugar de eso siempre se encontraba con la misma expresión de desconcierto en su rostro. Su médico de cabecera se había cansado ya de recomendarle que la internara en una Residencia, “va a estar muy bien…y tú podrás volver a trabajar y hacer tu vida”, le decía, pero ella se resistía. ¿Con quién podría estar su madre mejor que con ella? ¿Quién le dispensaría con tanto esmero las atenciones que ella le prestaba? Tras morir su padre, cuando ella tenía quince años, su madre hizo todo lo que estuvo en su mano para sacarla adelante dignamente. Trabajaba de limpiadora mientras ella acudía al instituto. Recorría todos los supermercados del barrio buscando “la oferta” en cada uno. Y se llenó de orgullo cuando sus ahorros y las becas del ministerio permitieron que María estudiase Periodismo. Sentía que ahora le correspondía a ella devolverle a su madre todo ese esfuerzo, todo ese sacrificio, toda esa vida. Por las tardes escribía, un par de horas, o al menos lo intentaba, puesto que hacía más de dos años que no era capaz de imaginar una sola palabra. Bloqueo, lo llamaban sus compañeros; tristeza, pensaba ella. Y preocupación, por el incierto destino que la esperaba, sin saber quién resistiría durante más tiempo la batalla contra la enfermedad: el cuerpo devastado de su madre o sus mermados ahorros.
María limpió levemente el salón, dirigiendo de cuando en cuando algunas palabras a su madre, tan absorta como siempre, que seguía sentada en la vieja mecedora. Algunas veces echaba una siesta por las mañanas, pero ese día estaba despierta, más cabizbaja que en otras ocasiones, tan callada como siempre. Le dio de comer un puré de calabacín, y nuevamente se sorprendió ante la sencillez de un acto que habitualmente suponía una lucha. Tras limpiarla la llevó a su habitación, al otro lado del piso, la sentó en una butaca grande y encendió la radio. La música llenó la estancia y poco a poco el eco se fue dejando sentir en todas los rincones de la casa. Su madre era aficionada a la copla, así que ella sintonizaba Radiolé. “Ahora voy a dejarte un ratito sola, para que escuches la radio y duermas un poco”-le dijo. Y tras esto se marchó a su habitación, donde se sentó al escritorio frente a un papel en blanco. Repetía aquella operación a diario, y todos los días obtenía idéntico resultado. Nada. Dudaba de si hacía bien dejando sola a su madre, pero se esforzaba por convencerse de que era necesario para su propia salud disfrutar de algún tiempo para ella, algún espacio que estuviera libre del trabajo que suponían los cuidados de una enferma. Pensaba entonces en cómo había cambiado su vida en los últimos años. Había dejado su trabajo, sus amistades, lo había dejado todo a excepción de su madre. Su madre, que ahora tan sólo era un cuerpo decrépito y desolado esperando pacientemente a la muerte. Y en la blancura del papel, María se resistía a la idea de que muertos los recuerdos de su madre y abandonada su vida anterior, a ella ya no le quedaba nada. Se resistía a aquella idea con todo el amor y la perseverancia de que disponía. Y cuando se cansaba de resistir, dejaba el bolígrafo sobre la mesa, se levantaba y acudía al encuentro de su madre, a quién abrazaba fuertemente, buscando su olor y la seguridad de su regazo. Y aquella sensación infantil le devolvía las ganas de cuidarla.

  Ese día aún no le habían aparecido las dudas. Se hallaba igualmente sentada frente a la hoja en blanco, mirándola, sintiendo cómo había una idea en lo más profundo de su cerebro, una historia, pujando por manar a la superficie y hacerse visible, dispuesta a ser escrita. Mas nunca llegaba. Siguió pensando, nadando en el mar embravecido de sus pensamientos, en busca de esa idea que anhelaba ser rescatada. Fue entonces cuando escuchó el ruido.

El ruido sonó como un crack. Una fuerte interrogación que lo conmocionó todo…– escribió. Y las palabras brotaron de sus manos cómo si siempre hubieran estado allí, esperando a ser escritas.

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