El Ruido II: Bajo B

  Se hallaba en el otoño de su vida. El paso del tiempo había corrompido la inocencia de su juventud, dejando tras de sí sólo una sombra, una mujer marchita y distímica. Se llamaba Alondra. Su padre escogió aquel nombre porque le resultó divertido que una niña madrugara tanto para llegar al mundo. Para hacer honor a su nombre ella fue un ave diurna y de carácter alegre. A cambio, ambos tuvieron una relación privilegiada que su madre siempre respetó. Aún ahora, siete años después de su muerte, Alondra se ponía triste los días como ése, en que cocinaba las “papas a lo pobre” que él le enseñara a preparar cuando ella contaba 8 años.
  De su padre, perfumero de profesión, Alondra había heredado, además de aquella receta de cocina, un exquisito sentido del olfato. Mientras cargaba el cajetín de la lavadora con el detergente barato de Mercadona, pensó en qué habría dicho su padre de la estúpida costumbre de poner jabón de Marsella en todos los limpiadores actuales. Él, que odiaba el olor neutro del jabón, hubiera preferido los aromas florales ya pasados moda. Sus perfumes a base de jazmín causaron furor en más de una dama de la alta sociedad sevillana. Ese día tocaba colada de ropa blanca, compuesta principalmente por calzoncillos de su marido, fiel a los clásicos slips de Abanderado. Dieciocho años de convivencia reducen el matrimonio a tareas como aquella en la que se hallaba envuelta cuando escuchó cerrarse la puerta de casa.
  Ernesto entró desanudándose la corbata. Ella se incorporó para recibir a su marido, alto y trajeado, que había llegado hasta la cocina. Traía gesto alegre, por lo que la mujer adivinó que, a pesar de la tardanza, no habría tenido un mal día en el bufete. Él se acercó murmurando un hola manido y le dio un beso rápido en la mejilla. Y entonces Alondra lo olió. Ahí estaba, sigiloso y mezquino, escondido entre la mezcla de after shave barato, colonia de baño y algo de sudor, el perfume de una mujer. Antes de que su marido se retirase, Alondra se percató de que el olor de la traición era más fuerte en el cuello. Fue sólo un segundo, pero no había duda, el delicado aroma había helado su sangre. Era una fragancia fresca y elegante, del estilo de perfumes que gustan a las mujeres algo más jóvenes que ella. Enseguida imaginó a la otra delgada y estilizada, los labios tocados de carmín, el cabello liso…Ernesto le tocó el culo de forma mecánica, despojando de aprecio un gesto que se hizo estereotipia. Y ella se quedó quieta, sin saber qué hacer, mirando su imagen en el espejo situado en la pared frente a la puerta de la cocina. De repente se sintió mayor. Mayor y gorda, adivinó la celulitis en sus muslos bajo la falda y observó su pecho que comenzaba a verse vencido por la gravedad y los menesteres propios de su condición de ama de casa. Se sintió desolada, extraña, y tonta, contemplando su propia expresión de sorpresa.
-Anda, termina eso y comemos ya-dijo él mientras se dirigía al salón. Ella se volvió a mirar la ropa sucia que aún quedaba por meter en la lavadora. Echó a andar hasta el cuarto de baño y sacó del cesto de la colada unos calcetines rojos de su hija. De vuelta en la cocina terminó de cargar la lavadora, procurando introducir los calcetines entre la ropa interior blanca. Puso un programa de lavado largo. Así de sutiles son las venganzas de las mujeres como Alondra. Así de tenues.

  Sirvió tres raciones de patatas y las llevó a la mesa del comedor, donde esperaban su marido y su hija. Los dos charlaban animadamente, Miriam contándole a su padre no sé qué historia de algunas chicas del Instituto mientras él miraba el Telediario. Alondra se sentó junto a ellos, notando cómo el color retornaba poco a poco a sus mejillas, con el olor del perfume traicionero persistiendo en su nariz. Sin siquiera coger la cuchara miró a su marido y no pudo más que sentir incredulidad al ver su fingida naturalidad. La tristeza y la ira borboteaban en su interior, como el magma que se agita en el interior de un volcán.
  A sus amigas nunca les gustó Ernesto. Ella siempre lo defendió a capa y espada contra los ataques de éstas, que advertían a Alondra del peligro de los hombres como él.
-Es muy bueno conmigo.-decía ella.
-Es muy frío, Alondra, ¿no te das cuenta? Siempre haces lo que él quiere.
Y luego llegó Miriam. Alondra se quedó embarazada cuando sólo hacía dos meses que se veía con Ernesto. Fue una estupidez de juventud, pero cuando se percató de la primera falta, en lugar de miedo, sintió felicidad por compartir algo así con aquel hombre. Aunque nunca se atrevió a confesarlo, lo que más la atraía de su marido era la implacable masculinidad que derrochaba. Esa virilidad que impregnaba todos sus movimientos y llenaba cada resquicio de su relación, haciendo que ella se sintiera terriblemente mujer. Nunca, nunca había conocido a un hombre así. Y a pesar de todas las advertencias, Alondra se casó con él. Y sellaron su amor con una hija. Él siempre cuidó de la niña con premura, mimándola, queriéndola…de la misma manera en que su padre la quiso a ella.
  Cuando la niña cumplió cuatro años, estando ya instalados en el piso de Triana que les regalaran sus suegros y en el que aún vivían, su hija empezó a quejarse de dolor en las rodillas algunas noches. Al principio, Alondra pensó que era cosa del crecimiento, hasta que los dolores se hicieron tan persistentes que la llevó al Pediatra. El médico dijo que padecía el mal de Perthes, una enfermedad que afectaba a su cadera, destruyendo el hueso de la articulación. La niña se asustó mucho cuando le hicieron todas aquellas radiografías. Y a pesar de todos los analgésicos y los tratamientos de fisioterapia, Miriam no fue bien. Aunque se recuperó, el hueso no regeneró como debiera y la cabeza de su fémur nunca encajó a la perfección en la cavidad de la pelvis, resultando en una leve cojera. Alondra lloró muchas noches y muchos días. Y fue Ernesto quién cuidó de las dos. Él se aseguró de ser un buen padre y se encargó de que nunca hubiera traspiés en el mundo de su hija, que creció fuerte y dichosa. Y todas las advertencias previas de sus amigas parecieron un atrevimiento a los ojos de Alondra.

  Ernesto seguía comiendo, dando alguna mirada a la tele de a cada tanto. Ella, por su parte, había tomado algunas cucharadas del plato, más por aparentar normalidad que por otra cosa. Miró las manos de su marido, su cabello moreno ondulado, su barba recia. Y sintió como su amor, que otrora lo invistiera, abandonaba lentamente el cuerpo del hombre. Sus manos, antes fuertes y protectoras, se le hacían ahora torpes. Sus ojos habían cobrado una expresión mentirosa, su piel se le antojó un campo de minas, con el perfume de la otra mujer agazapado esperando a estallar ante la más leve caricia. Alondra se sintió desdichada. Recordó el gesto fraudulento de su marido al tocarle el culo, y se sintió la otra. Pensó que debía hacer algo de inmediato. Coger sus cosas y marcharse, abandonar a su marido.
-Qué ricas te salen las papas, mamá.-dijo Miriam.-¿Queréis algo de fruta?
-Tráeme un melocotón.-respondió su padre.
  Alondra miró a su hija mientras se alejaba hacia la cocina. A sus dieciocho años aún conservaba más de la adolescente que fue que de la mujer en la que habría de convertirse. Regresó portando dos melocotones, caminando con una casi imperceptible cojera que rasgaba el corazón de Alondra a cada paso. Entregó una de las frutas a su padre, que seguía mirando pasmado la tele, y le dio un beso inocente en la mejilla. Él sonrió levemente, sin darle apenas importancia a aquel gesto, como sonríen los padres que ya han recibido muchos besos de sus hijas y que saben de seguro que recibirán muchos más. Pero para Alondra aquel beso fue como un río, un maravilloso regalo que su hija hacía a su padre. Y no pudo menos que acordarse de su propio padre. Del último beso que le diera a su cuerpo moribundo en su lecho de muerte. Su padre había fallecido dos años después de que muriera su madre. Los médicos hablaron de un cáncer de pulmón, pero ella estaba segura de que había muerto de pena, extrañando a su esposa. Ella estuvo junto a él en el Hospital, cuidándolo y acompañándolo en la sombría intimidad del tránsito a la muerte. Sí, el beso que su hija acababa de dar a Ernesto fue como un río capaz de sofocar todos los volcanes. Y el fuego en el interior de Alondra se apaciguó. Se sintió egoísta por pensar siquiera en romper su matrimonio. ¿Cómo iba a hacerle eso a su hija?¿Con qué derecho iba ella a privar a Miriam de una felicidad que ella ya disfrutara? Y además, ¿qué haría? ¿adónde iría? En realidad, ella ya había tenido al hombre de su vida y sentía que le debía a su hija el suyo. Pensó en cuántas mujeres habrían pasado antes que ella por una situación similar, y en cuántas quedarían aún por pasar y, de repente, se sintió algo aliviada. Entre la muchedumbre que imaginó ya no estuvo sola. La resignación no es cosa de una sola mujer. Miró a su hija que ahora ayudaba a su padre a limpiar la mesa. Y en ese momento decidió que aguantaría por ella, sólo por ella, y entendió lo inexplicable del sacrificio inherente a la maternidad. ¿Cuántos sacrificios no habría hecho su madre por ella?
  Se recostó en el sofá, bajando el volumen de la televisión. Cayó en un sueño agitado, en el que se veía a sí misma caminando con una pata de palo. Mientras, en la lavadora su amor seguía desangrándose lentamente, tiñendo de rojo las vergüenzas de su marido. Habría transcurrido una media hora desde que se quedara dormida cuando la despertó un ruido que se le antojó metálico, algo así como un golpe que sonó como un clac. Su marido entreabrió los ojos pero siguió durmiendo en el sillón, mientras su hija hacía los deberes sentada a la mesa del salón escuchando música con los auriculares. Se levantó a revisar la lavadora y encontró que aún estaba centrifugando. Entonces el bullicio en la calle la sobresaltó. Se asomó a la ventana del salón, no acertaba a ver entre el corro de personas.
-¿Pero qué…?

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