La despedida matemática de los amantes genéricos

  Los amantes se despidieron con un largo beso que dejó insatisfechos a ambos.  Al contrario que todos sus besos anteriores, aquel beso les supo a distancia, dejando en sus labios el sabor amargo de la despedida.  Habían sido ilusos, los amantes. Creyendo que el amor podía ser un juego, de tanto jugarlo se terminaron enamorando. Se enajenaron hasta el punto de pensar que podrían desafiar el tiempo y el espacio; y, finalmente, las leyes básicas de la Física se materializaron en aquel beso que, como cualquier otro beso de despedida, les dejo la herida de la separación.
  El resto del mundo siguió ajeno a la tragedia interior de los amantes, LAS tragedias, las dos, una por cada amante. Cada uno se separaba, se alejaba en direcciones opuestas, retirando su amor del otro, forzando a sus propios sentimientos a un retorno cruel desde el objeto deseado hasta la fuente de la que nacieron. Envueltos entre los pasajeros que caminaban por el andén buscando el tren, los amantes se miraron un tiempo, en silencio, perdidos cada uno en sus propias cavilaciones. Ninguno se atrevió a decir te quiero, pensando que era innecesario infligir más heridas a sus ya maltrechos corazones. Se soltaron las manos. Adiós, dijeron, aunque se contaron mucho más con los ojos. El uno dio media vuelta y subió al tren. El otro se quedó mirando hasta que el vehículo comenzó su viaje. Y así retomaron ambos sus vidas en solitario, sin saber cuánto tiempo alcanzarían a quererse en la distancia.
  Fueron ilusos, aunque no fueron necios. Ninguno de los dos creyó nunca en medias naranjas ni en almas gemelas. Ambos supieron siempre de la contingencia del amor. Lo curioso de tal afecto es, que una vez producida la casualidad, el encuentro, nadie le permanece inmutable. La Tierra y la Luna nunca estuvieron predestinadas a encontrarse, pero desde que se vieron por primera vez, ningún humano imagina el destino de la primera sin el voluntarioso discurrir giratorio de la segunda. Sin embargo, por más que sus destinos se hayan visto enlazados durante milenios, si se empujara a la Luna con suficiente fuerza, alcanzaría un punto de no retorno y la gravedad, que sostiene a la luna mucho más de lo que lo hace la querencia por su amada tierra, dejaría de actuar. Y la Luna iniciaría un viaje en solitario, a la espera de que en la cercanía de otro cuerpo celeste, la gravedad la atrajera hacia sí, y se iniciara así un nuevo romance.
  Los amantes se despidieron asustados de aquella certera verdad espacial. Y tristemente supieron que mas allá de la contingencia de su amor, ellos también eran contingentes. Amantes genéricos, representantes ª i cualesquiera de un conjunto A de parejas que se separan dejando su amor inconcluso. Dos don nadies, viviendo el drama matemático que suponía el sometimiento de su amor a las leyes elementales de la Física. Y mientras tanto el resto del mundo vagando en el andén.
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La Quimera

La Quimera

dices que me quieres
pero no sé lo que sientes
no sé nada de tu cuerpo
no soy tú
no habito en ti
sólo sé de mí
sólo habito en mí
solo soy yo

me coges de la mano
te agarro pero sigues siendo tú
sigo siendo yo
la promesa del amor es una quimera
la fusión es imposible
siempre serás tú
siempre seré yo
solos
individuos

escucho tus palabras
te conozco
me conoces
pero no sé quien eres
no habito en tí
sólo sé de mí
sólo habito en mi
solo soy yo
eres tu
solos
individuos
y la quimérica promesa del amor