El Ruido VIII. Tercero B

  Ana abrió los ojos lentamente y enseguida se vio sobresaltada por la sensación del cambio. Había sido siempre una mujer intuitiva, así que podía percibir la sutileza de la diferencia, casi como si de un olor se tratara, incluso antes de saber qué ocurría. Cuando sus pupilas se fueron acomodando a la luz pudo ver que se encontraba en su habitación, en su casa, en la pequeña cama de noventa que compró sólo unos meses después de que su Francisco falleciera. Al morir su marido, la cama de matrimonio le parecía un desierto inhóspito, con un vacío frío inmenso allí donde solía yacer aquel. Y despertaba siempre acurrucada en una esquinita del colchón, con la sensación de haber maldormido acuciada por las pesadillas. Finalmente, harta del desierto de 135 cms, compró aquella cama, más pequeña y más recogida. Y, aunque la desproporción del tamaño hacía parecer su habitación ridículamente grande y ridículamente vacía, pensó que, ya que de lidiar con vacíos se trataba, prefería estos en el espacio de su alcoba, a cambio de dormir en una cama que su cuerpo pudiera llenar completamente, para así en los sueños engañar a su mente y sentirse menos sola.
Retiró un poco la ligera colcha que tejiera hacía muchos veranos y, una vez que vio respondida la pregunta acerca de dónde se encontraba, llegó el momento de responder al cuándo. Y entonces el cambio dejó de ser sólo un aroma, una intuición, para cobrar certeza corpórea. El cuándo era la respuesta que esclarecía el cambio. Ese día, por obra de la providencia, todos los impulsos eléctricos habían encontrado el camino correcto en el amasijo de vías neuronales de su cerebro. Y las tinieblas que la habían envuelto en los últimos años se disiparon. Se sintió repentinamente despierta, como si hubiera retornado de un sueño muy largo, y sintió su mente clara como nunca, ágil, con todos los recuerdos en el lugar correcto, en un punto de su hipocampo accesible a la rememoración. Año 2014, eso marcaba el almanaque de San Juan de Dios que tenía en la mesilla de noche. Y a la curiosidad inicial por la causa que habría obrado tamaña magia le siguió la tristeza por la penuria del tiempo entre tinieblas.
  Su hija María entró en la habitación sigilosamente y se acercó a la cama. La tocó suavemente en el hombro y cariñosamente le dijo:
-Vamos reina, que se van dos, el día y el sol.
Ana la miró desconcertada, pensando en cuántas veces habría pronunciado aquellas mismas palabras para despertar a su hija cuando era pequeña. Trató de recordar cuántas veces se había repetido aquella escena en los últimos años desde que le diagnosticaran el Alzheimer y lo incalculable de la cifra la mareó. No pudo evitar pensar entonces en cómo la vejez iguala a los adultos con los niños, torpes, desamparados, pero mientras la minusvalía de la infancia se recibe con la ilusión de la vida prometida, la senectud genera el asco, la repulsa del cuerpo decrépito que camina hacia la muerte; el contacto con la infancia rejuvenece, la vejez es el espejo del que al asomarnos emerge la imagen de nuestra propia finitud.

  Ana tomó el brazo de su hija y caminó lentamente con ella hasta la cocina. Hubiera querido decirle que estaba bien, que podía comer por sí misma pero, ¿cómo explicarlo?, ¿qué pasaría si al día siguiente volvía a despertar absorta y perdida como de costumbre? Se limitó a callar y ponerle fáciles las cosas a su hija. Ese día no hubo quejas ni manchas en el babero. Vamos a la ducha– anunció María- y se encaminaron las dos en silencio hacia el cuarto de baño. Ana sintió pena de sí misma, con sus pasitos cortos y sin fuerza apenas para levantar los pies, agarrada del brazo de su hija, como dos beatas en una procesión. La Amargura, pensó. Ya en el baño María procedió a quitarle el pañal con la pasmosa naturalidad que sólo otorga la práctica, mientras ella se ruborizaba por la vergüenza, sintiéndose estúpida por no haberse percatado hasta ese momento de que llevaba pañales. El agua de la ducha corrió sobre ella como un torrente, mientras María la enjabonaba cuidadosamente, frotando con esmero cada milímetro de su piel, en una operación en la que su intimidad y su dignidad quedaban profundamente expuestas, profundamente ligadas al hacer de su hija. Se sintió dependiente. Gran dependiente decían los papeles de las trabajadoras sociales que ella nunca había leído. Miró apenada su cuerpo caduco, encorvada, con la piel ajada y fláccida, las carnes blandas, podía sentir las arrugas cuarteándole el rostro… El tiempo había devastado todo el vigor que la caracterizara en la juventud. Y bajo el agua, en la crudeza de su desnudez se sintió acabada, se sintió muerta. Pensó que la providencia no le había hecho ningún regalo aquel día, las tinieblas al menos la protegían de aquella cruel visión de sí misma y, por eso, las echó de menos. Y entonces se sintió egoísta, al ver las atenciones que su hija le dispensaba cariñosamente. La miró a hurtadillas mientras la secaba cuidadosamente con la toalla y mientras le teñía el pelo después. Miró sus manos encallecidas, sus ojos cansados. Se encargaba de arreglarle el cabello a ella cuando el suyo propio estaba seco y salpicado de canas, su semblante preocupado. Parloteaba incesantemente, contándole las andanzas de los vecinos del barrio, esforzándose por darle a la escena una apariencia de normalidad que se antojaba imposible. A pesar de que hoy la entendía, Ana sabía que su hija pasaba los días hablando sola, comiendo sola, viviendo sola, llorando sola. Ella no era más que un cuerpo sobreviviendo, arrastrándose lentamente en su camino hacia el inexorable final de sus días. Y en cuidarla malgastaba sus días María. No pudo evitar las lágrimas que acompañaron a este pensamiento: su hija, joven y lozana, marchitándose en el proceso de cuidar de ella. La miró de nuevo, con lágrimas en los ojos, mientras la joven intentaba consolarla. Anda no llores que te pones muy fea- le dijo cariñosamente y, después, la besó en la mejilla y le secó las lágrimas. Tras lavarle y secarle el pelo, la ayudó a sentarse en el váter. Ana orinó rápidamente y se aguantó la vergüenza y la culpa cuando su hija limpió sus genitales.

  María la dejó en el salón, sentada en su vieja mecedora, mientras por su parte se esmeraba en limpiar el polvo. Ana abrió el libro de sopas de letras que tenía en su regazo y sintió pena de sí misma al ver las hojas llenas de garabatos sin sentido. Le horrorizó pensar en cómo la enfermedad le había quitado todas sus habilidades y, poco a poco, toda su vida. Pero mucho más aún le horrorizó pensar en cómo su enfermedad había detenido también la vida de su hija. La miró mientras limpiaba, sabiendo que hacía aquello todos los días. ¿De qué vive?-se preguntó. ¿De qué vivimos?. Ella, que había tenido que hacer tantas cuentas cuando murió su Francisco, sabía lo cara que es la vida y se sintió preocupada por su hija. La joven continuaba envuelta en los quehaceres del hogar, dirigiéndole de vez en cuando algunas palabras o contándole alguna anécdota. A Ana le hubiera gustado levantarse y hacerse cargo de todo, decirle a María que volviera inmediatamente al trabajo y que se echara un novio, pero miró sus piernas llenas de varices y comprendió que su cuerpo ya no tenía nada que decir ni que poner en orden. Sus varices, sus piernas, su joroba y su cuerpo cansado la situaron en la terrible certidumbre del orden natural de las cosas. Su hora había pasado. Y su hija desperdiciaba la suya, tratando de hablarle a una madre que hacía tiempo que no estaba allí.
Almorzaron temprano, siguiendo la costumbre que impusieran los deseos de su marido, que gustaba de comer en horario europeo. Él había sido un hombre culto y viajado, más allá de lo propio para la época en la que se crió. Tuvo la suerte de empezar a trabajar bastante joven como ayudante del director de una empresa de importaciones. Lejos de hacerlo rico, el trabajo le permitió conocer otros países y tener un sueldo lo suficientemente holgado como para comprar los últimos dos pisos de aquel bloque de Triana para construir un dúplex. Cuando él falleció, Ana hizo todo lo que estuvo en su mano para conservar aquella casa, que había sido el sueño de su marido, y sacar adelante a María.

  Después de comer, su hija la llevó de nuevo a su habitación y la sentó en una butaca grande de la que ella no guardaba recuerdos, así que imaginó que habría sido adquirida durante los años en los que había estado sumida en las tinieblas. Antes de salir, María le dio un beso y sintonizó Radiolé. En cuanto cerró la puerta, Ana no pudo reprimir el llanto. Lloró amargamente, escuchando coplas antiguas que había cantado una y mil veces mientras preparaba la comida en la cocina de aquella misma casa. Lloró por sus recuerdos que habían estado tanto tiempo perdidos y por el miedo de que si se quedaba dormida volvieran a perderse de forma irremediable. Y sobre todo lloró por su hija, que había abandonado su propia vida para dedicársela a ella. Volvió a pensar en cuál habría de ser la razón por la que ese día había despertado con tal lucidez en su pensamiento. No en las causas médicas -que pierden toda su relevancia cuando uno está a punto de morir- sino en el sentido que aquella magia tenía para su vida. Y entonces pensó en María. Su hija de sus amores. Se levantó y buscó con dificultad un papel entre los recovecos de su habitación. La tarea le ocupó largo rato, con su cuerpo vencido por los años andando de acá para allá, hasta que finalmente se le ocurrió arrancar un trozo de una hoja de un libro de crucigramas. Hubiera querido escribir una larga carta, decirle a su hija cuánto la amaba y darle todos los consejos de los que fuera capaz para que la acompañaran durante su vida, pero sus manos deformadas por la artrosis no respondían a sus deseos. Con su letra menuda y temblona escribió una sóla palabra y dejó la nota encima de su cama. Después fue al tocador y se peinó sin mirarse apenas al espejo para no encontrarse con su propia imagen. Y nuevamente salió en procesión. La Amargura caminó lentamente por el largo pasillo hasta la puerta de entrada a su casa y se acercó al mueble del recibidor. Allí, en el viejo cenicero de recuerdo de su visita a Toledo, encontró un manojo de llaves que cogió antes de salir. No se molestó en cerrar la puerta para no hacer ruido y continuó su camino escaleras arriba parándose a ratos a recobrar el aliento. Ya en la azotea sintió el calor propio de la siesta sevillana. Aunque no podría decir la hora que era, ésta se le antojó apropiada para su propósito, torera. Miró sus pies enfundados en unas zapatillas negras y vio sus tobillos hinchados del esfuerzo. Se planchó con las manos el bambito de flores, aspiró aire profundamente y se encaramó al alféizar. Le hubiera gustado subirse de forma más elegante, pero su cuerpo no le dio para más, así que trepó como pudo pensando en que se vería ridícula, como si fuera una salamanquesa vieja y enjuta. A horcajadas sobre la barandilla dedicó un último pensamiento a su hija, esperando que la nota y la única palabra que contenía le evitaran la culpa. Vive, había escrito. Y se dejó caer. Y al llegar al suelo el ruido del golpe sonó como un crack.

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