La Quimera

La Quimera

dices que me quieres
pero no sé lo que sientes
no sé nada de tu cuerpo
no soy tú
no habito en ti
sólo sé de mí
sólo habito en mí
solo soy yo

me coges de la mano
te agarro pero sigues siendo tú
sigo siendo yo
la promesa del amor es una quimera
la fusión es imposible
siempre serás tú
siempre seré yo
solos
individuos

escucho tus palabras
te conozco
me conoces
pero no sé quien eres
no habito en tí
sólo sé de mí
sólo habito en mi
solo soy yo
eres tu
solos
individuos
y la quimérica promesa del amor

El Ruido VI: Segundo B

  Ella dijo sí. Y cerró la puerta. Aunque en realidad sabía que no. A través de la mirilla lo vio bajar el primer tramo de escaleras, hasta que desapareció en la vuelta que conducía hacia el primer piso. De repente se sintió seis horas más triste.
  Se habían conocido en un popular bar de Triana donde cantaban flamenco en directo.  Carmen estaba sentada en una de las mesas con sus amigas, disfrutando de la noche del viernes. En cuanto lo vio, el cabello rubio del chico le llamó la atención. Lo miró detenidamente y al poco se sintió atraída por él. Era alto, delgado, de aspecto despreocupado y sonrisa franca. No había más que verlo para percatarse de que no era sevillano, ni siquiera español, y sin embargo parecía de esas personas que se desenvuelven con soltura en cualquier parte. Fresco y divertido, se rió y habló con varias personas a pesar de que no parecía estar acompañado por nadie. Al segundo gin tonic Carmen se lo señaló a sus amigas, que admiraron las cualidades corporales del chico. Él seguía ajeno al interés que despertaba su presencia, sentado junto a la barra, como si nunca hubiese mostrado la más mínima preocupación por su aspecto físico. Jaleada por las otras chicas, una de las amigas de Carmen se acercó a saludarlo, por más que ésta intentara evitarlo. Minutos después regresó acompañada de él, que sonrió y saludó educadamente antes de sentarse junto a Carmen. Se llamaba Fréderic y resultó ser canadiense. Había llegado a Sevilla hacía tres días, desde Québec, y pretendía quedarse seis meses estudiando en la Universidad mientras trabajaba de profesor de francés a media jornada. Tenía los ojos vivos y las facciones definidas. Hablaba un español muy pobre y ella no entendía una palabra de francés, así que acordaron hablar en inglés. Ya desde las primeras palabras ambos pudieron sentir una complicidad impropia de un primer encuentro. Tras la conversación en el bar siguieron unas copas en una discoteca y ya al amanecer unos tímidos besos que terminaron con arrumacos en la cama. Y tras esa noche vinieron otras…y después los días; y las tardes; y todo lo demás.

  Carmen se dejó caer contra la puerta, pensando en cuánto tardaría en perder la nitidez el recuerdo que tenía de la cara de Fréderic. Cúanto tiempo habría de pasar sin que sus manos la acariciaran para que su piel olvidara las huellas que ahora estaban frescas, cuánto para que sus oídos no supieran con certeza reproducir su timbre de voz, cuándo no podría alucinar su olor ni recordar el regusto dulce de su piel. El suyo era un amor que los había cogido por sorpresa. Ninguno de los dos esperaba encontrarse aquel viernes. Pero se encontraron. Y seis meses después, también en viernes, Carmen acababa de cerrar la puerta mientras Fréderic se dirigía al aeropuerto de vuelta a su país. El destino gusta de jugar con las coincidencias crueles. A partir de ese momento, pensaba Carmen, todas sus coincidencias espaciales con Fréderic se habían acabado.
  Después de la noche en que se conocieron, no volvieron a hablar sobre la marcha de él hasta que fue inevitable. Se dedicaron a hablar en inglés, a contarse la vida. Él se había criado en un pueblo pequeño del territorio francófono de Canadá y estudiaba Idiomas en la Universidad. Ella había vivido en Sevilla la totalidad de sus 32 años y habitaba un piso en Triana propiedad de sus padres. A sus veintisiete, él había viajado por buena parte de Sudamérica, desarrollando en parte su pasión por la fotografía. Ella posó para él muchas veces. Y poco a poco su casa se fue llenando de fotos. Él conoció Sevilla de su mano, caminando sus calles juntos hasta que recorrieron todos sus recodos. Su relación fluyó de forma natural, sin trabas y sin prisas. Y sin más barreras que las idiomáticas, al final los dos se enamoraron en lengua extranjera. Carmen siempre sintió que, por más que lo intentara, las palabras inglesas no terminaban de recoger todos los matices de sus sentimientos. Era como si tratara de cantar una copla en el idioma foráneo.  Los errores con la lengua les reportaron más de un momento de risas, pero a la hora de estrechar lazos, de decir te quiero, Carmen siempre sentió que algo se perdía en la conversión lingüística. Las palabras inglesas nunca llegaban a sonar con la calidez aterciopelada que envolvía los fonemas españoles.

  Esa mañana habían hecho el amor pausadamente, mirándose a los ojos, sintiendo probablemente por última vez aquella unión que se les había hecho tan familiar, tan permanente. Después de ducharse y tomar un desayuno copioso, Fréderic se dedicó a preparar su equipaje mientras Carmen preparaba la comida. A pesar de que el chico había estado pagando el alquiler de un piso compartido durante su estancia en Sevilla, la realidad era que sus cosas y él mismo llevaban bastante tiempo instalados en el piso de Carmen. Todos los recuerdos que habían acumulado en esos meses encontraron su sitio en una pequeña maleta que el canadiense había comprado en El Corte Inglés. La chica se entristeció al ver su amor rigurosamente empaquetado, dispuesto para ser trasladado hasta otro continente, para ser vivido a partir de entonces en la lejanía.
  Recordó entonces la primera vez que vio una maleta. Contaba cinco años; probablemente ya había visto alguna maleta con anterioridad, pero fue aquel día cuándo descubrió el uso real de aquel instrumento: el de alejar de su vida las cosas más queridas. Se hallaba en la estación de San Bernardo. De la mano de su madre, ambas despedían a su padre, militar de profesión, que partía para la realización de un ejercicio de maniobras. Carmen miraba a la maleta de cuero marrón que portaba el hombre, mientras su madre le daba a él un beso en los labios. Después él se agachó a abrazar a su hija. Me voy a jugar a la guerra.– dijo. La palabra asustó a la niña, que se pasó toda la tarde llorando desde que viera a su padre subir al tren. De nada sirvió que su madre le repitiera una y otra vez que su padre estaba bien y que regresaría en unos días. Cuando volvió, Carmen se alegró mucho, aunque en la ausencia de él, su relación había sufrido un cambio. En cierto sentido, el miedo a la pérdida de aquel hombre hasta entonces omnipotente y omnipresente, había hecho a la pobre niña dudar de su amor por ella. A pesar de que fue él el que partió alejándose en el tren, fue ella la que había iniciado el verdadero viaje. Desde ese momento, en las despedidas siempre se sentía especialmente abandonada.

  -I’m going to miss you a lot.- enunció ella, mientras estaban sentados a la mesa comiendo. Volvió a sentir que sus sentimientos no encajaban completamente en aquellas palabras extranjeras. Algo de la desolación que sentía por la marcha del chico había quedado irremediablemente perdido en la traducción.
  -I’m going to miss you too. But we will talk a lot by Skype…and you know that you have to come to visit me in two months…-él se levantó y la besó dulcemente. Después se sentó de nuevo y terminaron de comer. De vuelta en la habitación, Fréderic daba el último repaso al equipaje.
-¿A qué hora llegas?-preguntó Carmen.
-A las 10. Aquí serán las 4 de la tarde.- En ese momento Carmen cobró una ineludible conciencia de la distancia que los separaría a partir de entonces. Unos cinco mil kilómetros de Océano Atlántico que se extendería entre ellos como un interludio azul inevitable. Cinco mil quinientos kilómetros de tierra y mar, que constituían seis husos horarios. Y pensó en cómo serían sus quereres a partir de ese momento. Hablando por Skype a seis horas de distancia. Sintió pena de su pobre amor, que sería ya viejo en el instante de ser enunciado, deslustrado en su camino cibernético hasta su punto de destino al otro lado del Atlántico. Y lloró. Amargamente. Lloró por los cinco mil quinientos kilómetros, por skype, por los trescientos sesenta minutos de diferencia y por todos los husos horarios. Fréderic trató de consolarla y Carmen fingió que se calmaba. Miró al chico. Y de repente ya lo sintió completamente en la distancia. Sintió extrañeza de su presencia, como si toda la naturalidad de antaño se hubiera difuminado. En su interior, él ya había partido a la guerra. Y Carmen comenzaba otro viaje. Mejor alejarse que ser abandonada.
El chico cogió el equipaje como pudo. Le dio un beso en los labios que a Carmen le supo raro y dio media vuelta saliendo de la casa. Cuando estaba en el primer escalón ella lo llamó. Él se volvió a mirarla y Carmen no supo muy bien qué decir:
-Have a nice trip.-musitó.
-I love you.-dijo él-Talk to you when i arrive.
Ella dijo sí. Y cerró la puerta. Aunque en realidad sabía que no. A través de la mirilla lo vio bajar el primer tramo de escaleras, hasta que desapareció en la vuelta que conducía hacia el primer piso. De repente se sintió seis horas más triste.

  Se sentó en el suelo apoyada contra la puerta, mirando el mural de fotos tomadas por Fréderic que habían instalado en la pared del salón que tenía frente a ella. Pensaba en el viaje que tenía por delante, olvidar a Fréderic y evitar que el par amor-distancia la desgarrase por dentro. Sintió lástima de sí misma, obligada a desenamorarse por miedo a ser abandonada. Volvió a llorar. No habrían transcurrido más de cinco minutos desde que Fréderic se marchara cuando escuchó el ruido proveniente de la calle. Imponente. Pesado. Como todo el océano Atlántico. 

El Ruido V: Segundo A

  Paqui pasaba las noches en vela. La última tregua que le daba el sueño no alcanzaba nunca más allá de las 5 de la madrugada. Pensaba entonces en el peso del silencio. El silencio corrompía todo en su vida, se adentraba en sus entrañas, carcomiendo, devorando sus sentimientos y sembrando culpa y temores a su paso. Aquella mañana, como todas, yacía tumbada en la cama, con los ojos abiertos mientras Mateo dormía a su lado. Su esposo, tranquilo y sosegado, ponía todo su empeño en normalizar el silencio: “todo va bien”, le decía a veces, “al niño no le pasa nada”, insistía, pero la sensación de que algo marchaba mal hacía largo tiempo que se había instalado de forma inamovible en el corazón de Paqui.
  Al principio fue sólo una sensación vaga durante los primeros meses de embarazo, una incertidumbre, un malestar, algunos sueños extraños; pero poco a poco había ido creciendo traicionera y ponzoñosa, contaminándolo todo en su interior, la angustia. Ahora, dos años después de que naciera su hijo, Aarón, aún se despertaba alarmada mucho tiempo antes de que sonase el reloj que había de poner en marcha a su marido. Ella acostumbraba a quedarse quieta en su lado de la cama, esperando a que el día comenzara su ajetreo, pensando en angustias y silencios. Luego él se despertaba, la besaba y, algunas veces, hasta hacían el amor. Y después se marchaba a trabajar. Y entonces Paqui se quedaba sola con el niño. Y poco a poco el silencio inundaba su casa, a pesar de todos los esfuerzos que ella hacía por combatirlo, encendiendo la televisión, la radio o cualquier otro electrodoméstico cuyo sonido se alzara por encima del cruel manto tejido a partir del mutismo de su hijo. Pero Paqui perdía siempre todas las batallas e, impotente, la vida se le deslucía, pudriéndose lentamente bajo la pátina desoladora de los silencios.

  Mateo se despertó con el sonido del despertador y a tientas buscó el botón de apagado. Se desperezó lentamente y se volvió a abrazar a Paqui.
-Buenos días -dijo entre bostezos. -Felicidades mamá -añadió mientras le besaba el cuello a su esposa. Ella respondió quedamente, tratando de no mostrar el desasosiego que la invadía. Ese día Aaron cumplía dos años. Y lo único en lo que pensaba Paqui era en la primera vez en que sintió deseos de abortar.
  Cuando Mateo se metió en la ducha, ella se levantó y se encaminó a la habitación del niño. Lo encontró de pie en la cuna, callado como siempre, con sus preciosos ojos oscuros mirando hacia la puerta pero sin reaccionar ante la presencia de su madre. Paqui se acercó, y en su interior se materializó la misma mezcla de culpa, ternura y desesperación que siempre la invadía cuando observaba a su hijo.
  El niño había sido buscado, Mateo quería que su hijo tuviera un padre mucho más joven del que él tuvo y ella se desvivía por complacer a su marido. Así, a sus veintiocho años, pocos meses después de casarse , Paqui se quedó embarazada. Fue el día que cumplía el tercer mes cuando se despertó sobresaltada por primera vez. Había tenido un sueño extraño, una pesadilla, donde se veía a sí misma alumbrando a una extravagante criatura de cartón, modelada al estilo de las tradicionales marionetas de silueta japonesas, necesitando de Mateo para maniobrar los hilos responsables de su movimiento. Al despertar, tuvo la certeza de que algo no iría bien con su hijo. Trató de hacérselo entender a su marido, pero él, ingeniero de profesión y racional por convicción, no atendía a intuiciones. Los médicos y sus ecografías no hicieron más que darle la razón a Mateo. Lo más que pudo conseguir Paqui fue que le practicaran una amniocentesis, una vez descartado el aborto tras una fuerte discusión con su esposo. Todas las pruebas auguraban buena salud al futuro recién nacido, pero ninguna pudo apaciguar sus dudas. Poco a poco, aquella sensación funesta se fue apoderando de su ánimo, creciendo en su interior como una plaga. Aunque nunca hizo nada en su contra, los últimos meses de embarazo despertaba todos los días deseando que el hijo que albergaba en su interior hubiera muerto. Y ya nunca volvió a dormir tranquila. Pasaba las noches rezando en secreto. Ella, moderna a pesar del nombre y atea para disgustar a su padre, le pedía a Dios, unas veces rogando que le diera un niño sano, las otras solicitando que secara su útero como la tierra yerma.

  -¿Ya estás despierto, bebé?- preguntó mientras cogía al niño. Envidiaba la naturalidad con la que su suegra lo sostenía en brazos cuando los visitaba. Ella se sentía torpe e incapaz de contener sus emociones cuando lo tocaba e, invadida por la angustia, acababa soltándolo y dándole algún juguete. Llevó al niño a la cocina y le dio el biberón y la papilla de frutas mientras Mateo terminaba de arreglarse.
  -¡Buenos días campeón! ¡Felicidades!- fue el sonoro saludo con el que su esposo saludó a su hijo aquel día. Pero campeón continuó absorto, con la boca medio abierta esperando a recibir la próxima cucharada. Advirtiendo la mueca de desagrado en la cara de su esposa, Mateo se apresuró a calmarla:
-Cariño, ya sabes que mi madre dice que yo también fui muy lento…
Paqui hubiera querido decir muchas cosas, hubiera querido decir que el niño no era lento, que al niño le pasaba algo, hubiera querido decir que estaba cansada de esperar… pero calló y no dijo nada, añadiendo otro silencio más a todos los que ya habitaban su casa.
-Adiós cariño- se despidió su marido.
-Que tengas un buen día. Le he dicho a tu madre que venga a las seis, para celebrarlo.- Y le dio un beso en la mejilla. Su suegra, viuda desde hacía más de diez años, era la única invitada a la fiesta de cumpleaños de su hijo. Paqui no tenía relación con sus padres y, aunque Mateo había querido invitar a algunos de sus amigos, ella se opuso. Le aterrorizaba ver a su hijo así, rodeado de otros niños, sabiendo que expuesto a tanta normalidad no habría manera de esconder lo que ella ya sabía y su marido y su suegra aún negaban. Y, sobre todo, le aterrorizaba verse a sí misma rodeada de otras madres, porque ante aquella multitud ella tampoco podría esconder sus carencias. ¿Cómo taparía sus miedos, sus recelos, sus culpas, una vez confrontados con la ternura y la dedicación de las otras madres?

  Una vez que Mateo cerró la puerta notó como el ambiente se hacía más espeso, enrarecido, ahora que los dos estaban solos y no había nadie que hablara. Paqui volvió a coger la cuchara y el tintineo del instrumento contra el cristal del envase de la papilla le pareció excesivo, amplificado por el silencio que comenzaba a tomar posesión de la casa. Se apresuró a poner la tele y terminó de dar de comer al niño evitando en parte su mirada inquietante. Lo metió en el parque infantil y le dio sus figuritas de dinosaurios.
Ella pasó la mañana con la aspiradora, la radio y la lavadora y, aunque no hubo ruido suficiente para cubrir el turbador ambiente que creaba el silencio, esto le bastó para contener sus nervios. De a cada tanto se acercaba a mirar al niño y sobre la una le dio de comer tras cambiarle los pañales. Trató de hablarle animadamente: “Ya eres un niño muy mayor, tienes dos años…y tú mamá y tu papá están muy orgullosos de ti…y te queremos mucho…” pero se sintió extraña e interrumpió el monólogo. Recordó una antigua canción que le cantaba su madre cuando era niña, pero se sintió incapaz de recitársela a su hijo, sin saber dónde habrían de anidar sus palabras y si acaso no harían más que eco contra las paredes. Las pruebas médicas habían confirmado que el niño oía y ella estaba segura de que ese no era el problema. El problema era que su hijo no estaba allí. En el interior de aquel cuerpo menudo sólo se hallaba la nada insondable. Por eso ella se sentía tan terriblemente sola cuando estaba con él. Porque su silencio era mucho más profundo que cualquier falta de audición.

  Después de comer cargó el lavavajillas y se afanó en preparar un bizcocho para esa tarde, agradeciendo el murmullo de la batidora al mezclar la masa. Mientras lo metía todo en el horno no pudo evitar acordarse de sus fiestas de cumpleaños infantiles. Se preguntó si alguna vez organizaría alguna fiesta así para su hijo, si alguna vez él traería amigos a casa…y se preguntó si alguna vez habría siquiera amigos. Se sentó en la mesa del salón a esperar que el calor y la levadura hicieran su trabajo con la masa del bizcocho. Se quedó mirando los juegos de su hijo. Cogía los juguetes con torpeza, no se reía, se limitaba a repetir algunos movimientos de un modo casi mecánico. La imagen de la marioneta de su sueño volvió a su mente y se le erizó el vello. Se preguntó cómo sería ser madre de un hijo normal. Cómo sería sentir eso que sentían todas las madres y ella nunca acababa de sentir. Se preguntó cómo sería sentir amor por un hijo. Y pensó que todo sería más fácil si el niño hablara. Lo vio allí, ingenuo, ajeno a todo, torpe y autista, con la mirada perdida mientras jugaba con dinosaurios. Y no pudo contener sus nervios. Agarró al niño en brazos y lo colocó ante sí, buscando sin éxito su mirada. Lo zarandeó y gritó: ¿Por qué no hablas? ¿Por qué no hablas? Hijo de puta ¿por qué no hablas? y rompió a llorar, incapaz de sostener a su propio hijo más tiempo en sus brazos.
  Le hubiera gustado llamar a su madre y compartir sus miedos con ella, pero no hablaban desde hacía tiempo. Paqui nunca pudo perdonarle que no asistiera a su boda. Probablemente su madre no compartía la opinión de su padre sobre el pecado que constituyen los matrimonios civiles, pero jamás se habría atrevido a oponerse a él pública o privadamente. Así que ninguno de los dos acudió al evento.

  Seguía llorando desconsolada y silenciosamente, sentada en una silla en mitad del salón cuando escuchó el ruido. Sonó seco pero fuerte, lo suficiente como para alzarse por encima del murmullo de la televisión. Se asomó a la ventana y le horrorizó lo que vio. Y frente al bullicio de la calle en su casa reinaba el silencio. El niño-marioneta seguía jugando con dinosaurios.

El Ruido IV: Primero B

  Alba se despertó mirando a la pared blanca y desnuda. En un gesto automático acarició tristemente la lisa superficie. Todos los días anhelaba atravesar aquel muro y pasar al otro lado. Allí, en el otro lado, en el más allá de sus sábanas dormía Ángel. El chico ocupaba la habitación contigua a la suya y, desde hacía un tiempo, Alba había cambiado la disposición de los muebles de su dormitorio, de manera que las camas de ambos se hallaban únicamente separadas por el tabique que ella acariciaba todas las mañanas. Esa pared, blanca y desnuda, se alzaba cruel como el muro en Berlín, convirtiendo su cama en un frío desierto de anhelos de amor, de vanas esperanzas, de tristezas, de angustias…Alba se acurrucaba por las noches contra la pared, al arrullo de sus sábanas siempre frías en la ausencia del otro, esperando que algún día, o más bien alguna noche, aquel terrible telón de acero cayera y reuniera su cuerpo con el cuerpo del chico. Y desolada despertaba todas las mañanas cuando al abrir los ojos comprobaba que los ladrillos seguían sosteniendo la frontera entre ella y su amado. Entonces acariciaba la pared, soñando con que a fuerza de tocarla con ganas alguna vez el chico pudiera sentir sobre su piel la llamada de sus dedos.
  No podía decir en que momento exacto se había enamorado de Ángel, de hecho, estaba segura de que había ocurrido de forma progresiva, con el discurrir sereno de los días compartiendo casa. Habían pasado de ser dos desconocidos que coinciden en un piso de alquiler a convertirse en amigos. Alba recordaba con cristalina nitidez la primera vez que vio a Ángel, fresco y desaliñado, en el sofá del salón del domicilio que ahora cohabitaban, sentados los dos frente a la que sería su casera. Para ambos era su primer día en Sevilla, ella llegada desde Córdoba para estudiar Ingeniería de Telecomunicaciones y él, extremeño, que se había matriculado en Bellas Artes. Habían concertado la entrevista con la dueña del piso por separado, pero por cuestiones de tiempo ésta los había recibido juntos. El tiempo, definitivamente el tiempo los había unido. Las noches de estudio, las fiestas, los cafés, los desayunos apresurados en la cocina habían hecho su trabajo y, como el agua que horada su camino en la roca, se habían establecido entre ellos los lazos que constituyen la amistad. Y nuevamente fue cuestión de tiempo que Alba comenzara a sentir que sus emociones iban más allá. Fue así cómo, sin clara explicación, Ángel se había convertido en la fuerza que movía todas sus mareas. En los pocos momentos de pleamar Alba pensaba que era posible que el chico también sintiera algo por ella, pero luego llegaba inevitablemente la bajamar y se sentía completamente descorazonada y desquerida. En su mente deshojaba margaritas a diario, escudriñando todas las palabras y los pequeños gestos del chico, en busca de un signo, cualquier señal que la hiciera decidirse, me quiere-no me quiere. Pero la balanza nunca acababa de inclinarse lo suficiente como para sacarla de la estanqueidad de la incerteza. Así, a base de silencios, de palabras sofocadas, estaba hecho el querer de Alba. Y como lo que no se dice no existe, era el suyo un amor inédito e inexistente, terriblemente inexistente y terriblemente doloroso. Lacerante.

  Escuchó como al otro lado Ángel andaba ya entregado al ritmo de la mañana, seguramente preparando sus enseres para ir a la Facultad. Ella tenía el día libre, así que podía remolonear en la cama, además no quería cruzarse con el chico, hoy, tocaba bajamar. Se levantó al oír que la puerta de la casa se cerraba e hizo la cama tranquilamente, esmerada como era para todo. Salió de su habitación y en seguida la embriagó el olor de Ángel. Podía notarlo por toda la casa, en todas partes y, en días como ese, cada inspiración le suponía una tortura, cuando la fragancia del aire se le volvía angustia una vez llegaba a la profundidad de sus pulmones. Se preparó un café solo y se lo bebió tranquilamente, acompañado de algunas galletas integrales, sentada en el sofá mientras veía la edición matinal de las noticias en la televisión. Se tumbó a contemplar como el mundo seguía tan mal como siempre, pensó en estudiar un rato pero su cabeza vagaba en el incesante deshoje floral habitual.
  Llevaba unos días evitando encontrarse con Ángel. Hacía justo dos noches el chico había salido con unos amigos, ella se quedó en casa estudiando y estaba ya en la cama, aún despierta, cuando él regresó. Aguzó el oído y escuchó el sonido de dos pares de pisadas diferentes; a las clásicas de Ángel se sumaron las de unos tacones descalzándose en el pasillo a medio camino de la habitación del chico. Agazapada contra la pared Alba pudo escuchar como al otro lado su amado y la intrusa se tumbaban en la mitad de su cama que quedaba en el más allá del muro. Se cubrió ligeramente con la sábana y continúo escuchando. Él se quitó los zapatos, un cinturón cayó, unas risas apagadas anunciaron el momento de la ropa interior, casi le pareció que podía oír el sonido de los besos que se dispensaron, como si fueran cañonazos que el cuerpo enemigo arrojaba contra su parte del campo de batalla. Y el placer al otro lado fue soledad en su más acá. Ella, Alba, continúo aferrada a su pared blanca y desnuda, acariciándola a pesar de todo, sin poder contener las lágrimas mientras Ángel y la otra chica se deshacían en gemidos y arrumacos. Y esa noche su cama fue aún más fría que de costumbre. Y en su cabeza arrancó un pétalo de no me quiere.

  Desde entonces había fingido estar muy ocupada con un trabajo para clase. Salía temprano, antes de que el chico despertara, y regresaba ya tarde tras pasar el día en la Facultad, comunicándose con su compañero de piso únicamente por breves mensajes de texto. Aquella mañana era la primera que pasaba en casa desde hacía dos días.
  Serían las once cuando por fin se levantó del sofá y se encaminó a la cocina para lavar los restos del frugal desayuno que había tomado. Terminó de fregar la taza y fue entonces cuando encontró la nota en el frigorífico. Un post-it amarillo, en el que con un rotulador rojo Ángel había escrito lo siguiente: Te echo de menos, dónde andas? Comemos juntos hoy?
Alba se quedó muy quieta frente a la nevera, leyendo letra a letra el mensaje. Te echo de menos, te echo de menos…Y lentamente la marea comenzó a subir arrastrada por la fuerza de aquellas palabras escritas en rojo. En seguida fue a buscar el móvil y envió un mensaje para Ángel: Estoy en casa, yo hago la comida. Quieres arroz? La respuesta de él no tardó en llegar: Bien!!– escribió. Y las aguas crecieron aún más en el interior de Alba.
  Se entregó a las labores de la cocina con delicadeza, añadiendo con cariño cada ingrediente, mientras trataba de borrar de su mente las huellas del desastre de hacía dos noches. Para cuando Ángel entró en la casa, una generosa mesa bien dispuesta para el almuerzo lo estaba aguardando. Él saludó sonriente a su compañera de piso y le dio un abrazo cariñoso. Alba se sintió turbada y aún se resistió a arrancar otro pétalo. Se sentaron a comer, ni siquiera encendieron la televisión, y hablaron largo rato. Él le preguntó por el trabajo que la tenía tan ocupada y ella contestó con evasivas. Bebieron vino para acompañar al resumen de los dos días que habían estado lejos, viviendo juntos sin encontrarse, siendo el uno para el otro como los fantasmas que caminan por el mundo de los vivos sin dejarse ver. Él no mencionó a la intrusa y ella no se sintió con derecho a preguntar. Se percató de cuánto había extrañado la sonrisa del chico en esos dos días, le resultaba siempre tan cautivadora. Se rieron y disfrutaron de la comida y de la compañía. Y ella volvió a amarlo en secreto.

  Se levantó a preparar café y, cuando regresó con la bandeja, encontró que Ángel se había quedado dormido. Siempre le divertía la facilidad que tenía él para quedarse dormido. Pobre-pensó- estará cansado. Se sentó en una silla, admirando las bellas facciones del chico que se hallaba medio tumbado en el sofá. Después de ratos como el que acababan de pasar se cuestionaba por qué nunca le había confesado su amor. Y la respuesta siempre acababa emergiendo de la profundidad de sus mares: tenía miedo. Le aterraba que con sólo decir te quiero el mundo fuera a estallar y romperse en un montón de fragmentos. Pensó en lo irónico que era que una futura especialista en Telecomunicaciones fuera una absoluta inútil en la comunicación íntima y tuviera miedo de dos palabras, del mensaje que transmitían esas dos palabras al encadenarse. Por sí solas, esas dos palabras no decían nada, estando separadas te y quiero no eran absolutamente nada más que dos palabras inertes, pero al unirse lo cambiaban todo. Alba se preguntó si te sufriría tanto como ella en su búsqueda semántica del quiero, como si las palabras también pudieran estar separadas por una pared blanca y desnuda. Continúo mirando extasiada al chico y, por una vez, se atrevió a pronunciar: Te quiero. Lo dijo bajito, balbuceando, casi sin emitir más sonido que el murmullo de los labios al moverse. Y entonces sonó el ruido. Sordo, ahogado. Los dos se sobresaltaron. Y Alba tuvo miedo de que verdaderamente el mundo se hubiese roto por el peso de sus palabras.

El Ruido III: Primero A

  Rosario se calzó el tacón aún dolorida. Al apoyar los dos pies sobre el suelo sintió una punzada que atravesó su cuerpo desde el bajovientre hasta una zona ilocalizable del interior de su pecho. Guardó los cuarenta euros con desprecio en el bolso de imitación de Chanel que dos días antes había comprado en el chino de la esquina de su calle.  Cerró la puerta de la habitación y caminó por el pasillo enmoquetado cojeando. Notaba cómo el labio le palpitaba y lo imaginó hinchado. Se percató de que no veía bien por un ojo. Lo bueno de los hostales baratos es que los empleados nunca hacen preguntas. Ella salió intentado mantenerse digna y erguida a pesar de su aspecto. En cuanto atravesó la puerta del establecimiento se halló en plena Alameda de Hércules, desierta a esas horas de la madrugada. Pensó en tomar un taxi, pero sabía que ninguno pararía ante su llamada, así que se dispuso a hacer el camino andando, rezando para llegar a tiempo de que ningún vecino se hubiera despertado aún y nadie la encontrara en ese estado ni en esas vestiduras. Y Rosario, sus dolores, sus tacones y su bolso del chino pusieron rumbo a Triana.
  Decidió dar un ligero rodeo, evitando el centro en busca de calles menos transitadas. Agradeció la brisa nocturna que la devolvía a la realidad y la sacaba del torbellino de sus pensamientos. De entre todos los golpes que había recibido esa noche, el que se le hacía más mezquino era que aquel desgraciado hubiera pensado que era puta. Claro que había cogido el dinero sin dudarlo, pero la paliza que había recibido bien valían los cuarenta euros que el caballero había tirado sobre la cama junto a su cuerpo malherido. Se sentía sucia y vacía, el dolor físico iba en aumento a cada paso que daba, y aún así no alcanzaba a ser tan intenso como para anestesiar la tristeza. Aquel hombre, que al principio le había parecido tan cortés, había terminado golpeándola brutalmente. Cojeando como iba, tardó mucho más de lo habitual en recorrer el camino. Se paró en mitad del puente de Triana, apoyada en la barandilla, a recuperar un poco el aliento. Miró al río y se sintió pequeña y desdichada ante la magnitud de las aguas negras que se desplegaban bajo su mirada. Se lamentó de sí misma y de su mala suerte, contuvo las lágrimas y continúo su renqueante camino. Aunque no se cruzó con nadie, hubiera dado la vida por ser invisible.

  Encaró la puerta del edificio en el que vivía cuando los primeros rayos de sol comenzaban a bañar la ciudad. Como pudo subió las escaleras hasta su piso, el primero A, sintiéndose afortunada por no haberse cruzado con ningún vecino. En los más de quince años que llevaba viviendo allí, nunca había regresado a casa en esas condiciones. Era una comunidad tranquila, de buena gente, donde una noticia así habría resultado un pequeño escándalo. Así que, por encima de todas las cosas, temía pavorosamente que su vida diurna pudiera llegar a conocer de su vida nocturna. Ya en la intimidad de su hogar se sintió levemente reconfortada, se descalzó y caminó hasta el baño arrastrando un poco los pies, luchando por evitar el dolor que sentía. Se miró en el espejo y ya no pudo contener las lágrimas. Tenía el labio y un ojo hinchados, el rimmel corrido y el carmín de los labios desgastado. Lloró amargamente y pensó en lo duro que es ser mujer. Eso ella lo sabía mejor que nadie.
  Se quitó la peluca y la dejó caer pesadamente al suelo. Contempló la expresión extraña que quedaba entonces en su cara, el hombre maquillado y vestido de mujer. Y se preguntó si sería ése su verdadero rostro, el auténtico, el único que no guardaba secretos, que no ocultaba vidas, el único rostro completo en una existencia repleta de medias verdades. Por las mañanas era Paco, un tranquilo empleado de una oficina del Banco Santander, con sus gafas y sus pantalones de pinzas, educado, responsable y solterón. Tres noches en semana era Rosario, una travesti que actuaba en un conocido local del ambiente sevillano. Un sitio tan oscuro como los secretos que guardaba Paco, lleno de gente nocturna y tenebrosa, pero donde todas las Rosarios del mundo eran aceptadas sin reservas ni inquisiciones. Sólo en lugares como ése se le permitía a ella ser mujer.
  Aún recordaba con viveza la primera vez que vio un espectáculo de travestis, a sus veinte años, en un local tan sórdido como el que ahora acogía a Rosario y ubicado en un Torremolinos que se resistía tenaz a las ataduras del franquismo. El joven Paco quedó absolutamente fascinado por la ilusión que generaba el travestismo. Aquellas mujeronas frívolas y sufridas a partes iguales, hechas a sí mismas, irreverentes, sobreactuadas y descaradas creaban un ambiente de mágico ensueño que se le antojó entonces propio del circo. Y encontró que su otro ser, verdaderamente, podía ser. No fue hasta varios años después cuando comenzó a frecuentar los pocos lugares de Sevilla donde acudían travestis. Conoció a una de ellas, su amiga Pepa, que en paz descanse la pobre, que falleció de SIDA hacía ya ocho años. Ella le enseñó a coser, a maquillarse y a construir esa mujer que él podía ser. Y él aprendió y, desde entonces, Rosario salía de las sombras de Paco de jueves a sábado, para sumirse en la oscuridad del único mundo que le permitía existir.

  Se bajó la cremallera y se sacó el vestido negro aflamencado que llevaba. Se quitó el sujetador y las tetas postizas, se liberó de la media que cubría la cabeza, se lavó la cara. Después se desmaquilló con cuidado para no hacerse daño en el ojo y el labio y, por último, se quitó la faja y las bragas. Miró hacia abajo y vio su pene allí colgando, real e impúdico, y fue entonces cuando volvió a sentirse Paco. Él también herido. También llorando.
  La noche había empezado bastante bien. Había interpretado dos canciones: A tu vera y Ne me quitte pas; ella sólo imitaba a las grandes de la copla y a las damas de la canción francesa, no como las travestis modernas, mamarrachas todas, que preferían a Madonna, a Lady Gaga o a cualquier otra estrella musical que confundía la feminidad con la vulgaridad. Se equivocaban, ella no encontraba nada del ser mujer en la chabacanería de aquellas coreografías simplonas. Para ella, la feminidad tenía que ver con la herida, la profunda herida que dividía su alma y la hacía tan diferente de un hombre. Y eso sólo lo encontraba en la copla y en la chanson francesa.
  Al bajarse del escenario después de su segunda actuación se le acercó aquel tipo. No era muy guapo pero parecía fuerte. Tendría unos cincuenta años bien llevados y era educado, envolvente, de esos hombres que la hacían sentirse irresistiblemente mujer. Él pagó dos copas, ella bebió whisky, como buena coplera, y sonrió y coqueteó tanto como las circunstancias merecían. Él la sedujo, le contó que no iba mucho por allí, que no le gustaban ese tipo de lugares, pero que ella era diferente, una señora caminando entre el barro. Ella vibró con su cercanía, su olor masculino, sus antebrazos fuertes. Se dejó hacer. Aceptó la invitación de él para acompañarlo a un hostal cercano. Las normas del establecimiento obligaban al pago por adelantado y él se encargó caballerosamente de los asuntos de dinero, como corresponde a los hombres. Ya en la habitación la besó impetuosamente, la desnudó hasta donde ella consintió, la tumbó en la cama y tras ponerse un condón lubricado la penetró haciendo a un lado las bragas. Ella yacía boca arriba, con las piernas en los hombros de él, que por su parte comenzó a incrementar el ritmo. Rosario pudo ver cómo a él le excitaba tocar el bulto donde se ocultaba el pene de Paco. Y tanto creció la excitación que se la folló con rabia, con violencia. Se lo folló, a él, al hombre que había tras la mujer travestida. Se lo folló furiosamente, con esa emoción animal que tan cerca se halla de la muerte. Ella pensó que nunca había desatado una pasión similar en ningún hombre. Pobre ilusa, no era ella, era Paco, o la conjunción que formaban ambos. Y cuando terminó al caballero la pasión se le tornó ira. La miró furibundo y le dio un puñetazo en la cara. Ella gritó y él le tapo la boca y descargó la fortaleza de sus antebrazos muchas veces.
-Para, para, por favor…-balbuceaba Rosario intentado liberarse de las manos del caballero. Aquel hombre le dio una buena paliza, a ella, a Paco, a los dos. Cuando se cansó de golpearla le escupió, se vistió y tiró cuarenta euros en la cama antes de marcharse.

  Paco sacó unos calzoncillos de la cómoda de su habitación y se los puso lentamente. Pensó en curarse las heridas o en ir a Urgencias, pero estaba tan cansado. Además le daba vergüenza. Siempre podía decir que unos chicos le habían atracado, sí, eso contaría. Pero necesitaba dormir un poco. Agradeció no tener que trabajar ese día. Fue al salón y sacó del cajón de las medicinas un Valium que se tomó sin agua. Se sentó un momento en el sofá, mirando con extrañeza a su alrededor, aún incapaz de creer la violencia de la que había sido objeto. ¿Por qué yo? ¿qué le he hecho? Si le estaba gustando-pensó amargamente, sin poder llegar a comprender que su única falta había sido precisamente esa, la de gustarle. Encendió la tele, aunque más que al aparato se quedó mirando a las figuras de la gitana y el toro que había encima y al pequeño retrato de la Duquesa de Alba que colgaba justo detrás. Se quedó dormido, en un sueño superficial que duró muchas horas y ayudó a reparar un poco su cuerpo dolorido pero no su alma torturada. En duermevela le pareció escuchar un ruido que venía lejano de la calle, aunque no acertó a desvelarse. Momentos después se despertó angustiado al oír las sirenas en la calle, pensando que quizá venían por él. Abrió los ojos. Y le costó discernir si había muerto.

El Ruido II: Bajo B

  Se hallaba en el otoño de su vida. El paso del tiempo había corrompido la inocencia de su juventud, dejando tras de sí sólo una sombra, una mujer marchita y distímica. Se llamaba Alondra. Su padre escogió aquel nombre porque le resultó divertido que una niña madrugara tanto para llegar al mundo. Para hacer honor a su nombre ella fue un ave diurna y de carácter alegre. A cambio, ambos tuvieron una relación privilegiada que su madre siempre respetó. Aún ahora, siete años después de su muerte, Alondra se ponía triste los días como ése, en que cocinaba las “papas a lo pobre” que él le enseñara a preparar cuando ella contaba 8 años.
  De su padre, perfumero de profesión, Alondra había heredado, además de aquella receta de cocina, un exquisito sentido del olfato. Mientras cargaba el cajetín de la lavadora con el detergente barato de Mercadona, pensó en qué habría dicho su padre de la estúpida costumbre de poner jabón de Marsella en todos los limpiadores actuales. Él, que odiaba el olor neutro del jabón, hubiera preferido los aromas florales ya pasados moda. Sus perfumes a base de jazmín causaron furor en más de una dama de la alta sociedad sevillana. Ese día tocaba colada de ropa blanca, compuesta principalmente por calzoncillos de su marido, fiel a los clásicos slips de Abanderado. Dieciocho años de convivencia reducen el matrimonio a tareas como aquella en la que se hallaba envuelta cuando escuchó cerrarse la puerta de casa.
  Ernesto entró desanudándose la corbata. Ella se incorporó para recibir a su marido, alto y trajeado, que había llegado hasta la cocina. Traía gesto alegre, por lo que la mujer adivinó que, a pesar de la tardanza, no habría tenido un mal día en el bufete. Él se acercó murmurando un hola manido y le dio un beso rápido en la mejilla. Y entonces Alondra lo olió. Ahí estaba, sigiloso y mezquino, escondido entre la mezcla de after shave barato, colonia de baño y algo de sudor, el perfume de una mujer. Antes de que su marido se retirase, Alondra se percató de que el olor de la traición era más fuerte en el cuello. Fue sólo un segundo, pero no había duda, el delicado aroma había helado su sangre. Era una fragancia fresca y elegante, del estilo de perfumes que gustan a las mujeres algo más jóvenes que ella. Enseguida imaginó a la otra delgada y estilizada, los labios tocados de carmín, el cabello liso…Ernesto le tocó el culo de forma mecánica, despojando de aprecio un gesto que se hizo estereotipia. Y ella se quedó quieta, sin saber qué hacer, mirando su imagen en el espejo situado en la pared frente a la puerta de la cocina. De repente se sintió mayor. Mayor y gorda, adivinó la celulitis en sus muslos bajo la falda y observó su pecho que comenzaba a verse vencido por la gravedad y los menesteres propios de su condición de ama de casa. Se sintió desolada, extraña, y tonta, contemplando su propia expresión de sorpresa.
-Anda, termina eso y comemos ya-dijo él mientras se dirigía al salón. Ella se volvió a mirar la ropa sucia que aún quedaba por meter en la lavadora. Echó a andar hasta el cuarto de baño y sacó del cesto de la colada unos calcetines rojos de su hija. De vuelta en la cocina terminó de cargar la lavadora, procurando introducir los calcetines entre la ropa interior blanca. Puso un programa de lavado largo. Así de sutiles son las venganzas de las mujeres como Alondra. Así de tenues.

  Sirvió tres raciones de patatas y las llevó a la mesa del comedor, donde esperaban su marido y su hija. Los dos charlaban animadamente, Miriam contándole a su padre no sé qué historia de algunas chicas del Instituto mientras él miraba el Telediario. Alondra se sentó junto a ellos, notando cómo el color retornaba poco a poco a sus mejillas, con el olor del perfume traicionero persistiendo en su nariz. Sin siquiera coger la cuchara miró a su marido y no pudo más que sentir incredulidad al ver su fingida naturalidad. La tristeza y la ira borboteaban en su interior, como el magma que se agita en el interior de un volcán.
  A sus amigas nunca les gustó Ernesto. Ella siempre lo defendió a capa y espada contra los ataques de éstas, que advertían a Alondra del peligro de los hombres como él.
-Es muy bueno conmigo.-decía ella.
-Es muy frío, Alondra, ¿no te das cuenta? Siempre haces lo que él quiere.
Y luego llegó Miriam. Alondra se quedó embarazada cuando sólo hacía dos meses que se veía con Ernesto. Fue una estupidez de juventud, pero cuando se percató de la primera falta, en lugar de miedo, sintió felicidad por compartir algo así con aquel hombre. Aunque nunca se atrevió a confesarlo, lo que más la atraía de su marido era la implacable masculinidad que derrochaba. Esa virilidad que impregnaba todos sus movimientos y llenaba cada resquicio de su relación, haciendo que ella se sintiera terriblemente mujer. Nunca, nunca había conocido a un hombre así. Y a pesar de todas las advertencias, Alondra se casó con él. Y sellaron su amor con una hija. Él siempre cuidó de la niña con premura, mimándola, queriéndola…de la misma manera en que su padre la quiso a ella.
  Cuando la niña cumplió cuatro años, estando ya instalados en el piso de Triana que les regalaran sus suegros y en el que aún vivían, su hija empezó a quejarse de dolor en las rodillas algunas noches. Al principio, Alondra pensó que era cosa del crecimiento, hasta que los dolores se hicieron tan persistentes que la llevó al Pediatra. El médico dijo que padecía el mal de Perthes, una enfermedad que afectaba a su cadera, destruyendo el hueso de la articulación. La niña se asustó mucho cuando le hicieron todas aquellas radiografías. Y a pesar de todos los analgésicos y los tratamientos de fisioterapia, Miriam no fue bien. Aunque se recuperó, el hueso no regeneró como debiera y la cabeza de su fémur nunca encajó a la perfección en la cavidad de la pelvis, resultando en una leve cojera. Alondra lloró muchas noches y muchos días. Y fue Ernesto quién cuidó de las dos. Él se aseguró de ser un buen padre y se encargó de que nunca hubiera traspiés en el mundo de su hija, que creció fuerte y dichosa. Y todas las advertencias previas de sus amigas parecieron un atrevimiento a los ojos de Alondra.

  Ernesto seguía comiendo, dando alguna mirada a la tele de a cada tanto. Ella, por su parte, había tomado algunas cucharadas del plato, más por aparentar normalidad que por otra cosa. Miró las manos de su marido, su cabello moreno ondulado, su barba recia. Y sintió como su amor, que otrora lo invistiera, abandonaba lentamente el cuerpo del hombre. Sus manos, antes fuertes y protectoras, se le hacían ahora torpes. Sus ojos habían cobrado una expresión mentirosa, su piel se le antojó un campo de minas, con el perfume de la otra mujer agazapado esperando a estallar ante la más leve caricia. Alondra se sintió desdichada. Recordó el gesto fraudulento de su marido al tocarle el culo, y se sintió la otra. Pensó que debía hacer algo de inmediato. Coger sus cosas y marcharse, abandonar a su marido.
-Qué ricas te salen las papas, mamá.-dijo Miriam.-¿Queréis algo de fruta?
-Tráeme un melocotón.-respondió su padre.
  Alondra miró a su hija mientras se alejaba hacia la cocina. A sus dieciocho años aún conservaba más de la adolescente que fue que de la mujer en la que habría de convertirse. Regresó portando dos melocotones, caminando con una casi imperceptible cojera que rasgaba el corazón de Alondra a cada paso. Entregó una de las frutas a su padre, que seguía mirando pasmado la tele, y le dio un beso inocente en la mejilla. Él sonrió levemente, sin darle apenas importancia a aquel gesto, como sonríen los padres que ya han recibido muchos besos de sus hijas y que saben de seguro que recibirán muchos más. Pero para Alondra aquel beso fue como un río, un maravilloso regalo que su hija hacía a su padre. Y no pudo menos que acordarse de su propio padre. Del último beso que le diera a su cuerpo moribundo en su lecho de muerte. Su padre había fallecido dos años después de que muriera su madre. Los médicos hablaron de un cáncer de pulmón, pero ella estaba segura de que había muerto de pena, extrañando a su esposa. Ella estuvo junto a él en el Hospital, cuidándolo y acompañándolo en la sombría intimidad del tránsito a la muerte. Sí, el beso que su hija acababa de dar a Ernesto fue como un río capaz de sofocar todos los volcanes. Y el fuego en el interior de Alondra se apaciguó. Se sintió egoísta por pensar siquiera en romper su matrimonio. ¿Cómo iba a hacerle eso a su hija?¿Con qué derecho iba ella a privar a Miriam de una felicidad que ella ya disfrutara? Y además, ¿qué haría? ¿adónde iría? En realidad, ella ya había tenido al hombre de su vida y sentía que le debía a su hija el suyo. Pensó en cuántas mujeres habrían pasado antes que ella por una situación similar, y en cuántas quedarían aún por pasar y, de repente, se sintió algo aliviada. Entre la muchedumbre que imaginó ya no estuvo sola. La resignación no es cosa de una sola mujer. Miró a su hija que ahora ayudaba a su padre a limpiar la mesa. Y en ese momento decidió que aguantaría por ella, sólo por ella, y entendió lo inexplicable del sacrificio inherente a la maternidad. ¿Cuántos sacrificios no habría hecho su madre por ella?
  Se recostó en el sofá, bajando el volumen de la televisión. Cayó en un sueño agitado, en el que se veía a sí misma caminando con una pata de palo. Mientras, en la lavadora su amor seguía desangrándose lentamente, tiñendo de rojo las vergüenzas de su marido. Habría transcurrido una media hora desde que se quedara dormida cuando la despertó un ruido que se le antojó metálico, algo así como un golpe que sonó como un clac. Su marido entreabrió los ojos pero siguió durmiendo en el sillón, mientras su hija hacía los deberes sentada a la mesa del salón escuchando música con los auriculares. Se levantó a revisar la lavadora y encontró que aún estaba centrifugando. Entonces el bullicio en la calle la sobresaltó. Se asomó a la ventana del salón, no acertaba a ver entre el corro de personas.
-¿Pero qué…?

El Ruido I: Bajo A

  En cuanto cerró la puerta de casa Rosalía pudo sentir sobre sus hombros todo el peso del silencio. De entre todos los olores que había, el primero que detectó su nariz fue, como siempre, el olor a vacío. Caminó despacio hasta la cocina, sigilosamente, con ese andar menudo y callado de las mujeres de su edad, sobre todo de las que van de luto. Dejó en el suelo las bolsas de la compra,  Supermercados Spar, y se dispuso a guardarlo todo en la despensa. Esa despensa que era lo único que estaba lleno en su casa vacía. Cuando terminó fue al dormitorio y se cambió de ropa. Escogió un camisón de un negro inmaculado. El luto pesaba, pero no tanto como aquel aire denso que inundaba su casa desde hacía dos años y cuatro días. Aquel aire que se le antojaba tan duro como el cemento y en el que ella percibía, tan claro como el color negro que la vestía, los restos de la tragedia que había detenido el tiempo. Hoy es lo mismo que ayer. Y será lo mismo que mañana, porque ya ayer fue lo mismo que hoy. ¿Estaré muerta?- pensó Rosalía- pero un dolor en la espalda se apresuró a recordarle que no. Se preparó un café con leche que se tomó sin prisas sentada en la mesa de la cocina, mirando al frente sin ver, perdida entre tantos recuerdos.
El reloj de pared del salón marcaba el pasar continuo del tiempo, aunque el sonido del vaivén del péndulo se propagaba atenuado en la espesura del aire. La mujer se levantó y sacó una cacerola grande. Vertió en ella los restos del cocido del día anterior y lo puso a calentar en el viejo hornillo. Se sintió triste al pensar que nunca aprendería a cocinar para una sola persona. Su marido, José, siempre había alabado su destreza en la cocina. Tienes unas manos de oro, solía decir, y luego las cogía entre las suyas y las besaba.

  Había conocido a José un domingo en la verbena del pueblo. Ella estaba sentada con otras muchachas, tomando un poco de Casera y sonriendo a los chicos que estaban en el otro extremo de la plaza. José no tardó mucho en acercarse, le preguntó si quería dar un paseo y ella asintió mientras sus amigas reían divertidas. El sol de aquella mañana de domingo brillaba generoso sobre su rostro, acariciando sus lozanas facciones ya de por sí suaves. Según le contó José años después, fue al mirarla así, con el sol de frente, cuando decidió que quería pasar el resto de su vida junto a ella. Se casaron un año después y fueron de viaje de novios a Ceuta y Melilla. Aunque las ciudades no eran gran cosa, a Rosalía la cautivó el encanto de viajar con su marido por primera vez, los dos en el coche que les había regalado su padre, cruzando el estrecho en Ferry y recorriendo después las tierras del norte del continente africano juntos, como si fueran dos aventureros de las películas americanas.  Poco tiempo después a José le salió un trabajo en Sevilla, como técnico de Telefónica, y fue así como los dos dejaron Extremadura y se trasladaron a vivir a la ciudad en la que aún residía Rosalía.
Compraron un pequeño piso, un bajo, en el barrio de Triana y lo pagaron durante años con algún que otro esfuerzo económico. No habían transcurrido muchos meses desde que se mudaran cuando el embarazo colmó de dicha la casa. Su hijo Jesús llegó con las primeras flores de la primavera y el joven matrimonio no pudo pedir más felicidad.

  Rosalía retornó de los recuerdos alertada por el borboteo de los garbanzos en la cacerola. Se levantó y apagó el fuego, sirviéndose después una ración abundante en un antiguo plato de Arcopal con flores azules pintadas sobre un fondo blanco. Comió despacio, ajena al tiempo y a la vida que transcurrían fuera de aquellas cuatro paredes. En su casa, la vida era una mentira. Un ir y venir de días inciertos, con las horas solapándose en su paso inadvertido; el tiempo, no existía en casa de Rosalía que, desde la muerte de su marido y su hijo se hallaba detenida en el purgatorio. Fregó los cacharros con delicadeza, dejando que el agua le refrescara las manos. Cuando terminó se dirigió a la que fuera la habitación de su hijo. Parada frente a la puerta se dijo que no debía, que el médico ya le había dicho muchas veces que eso no le venía bien, pero no pudo resistir el deseo de abrir la puerta. En aquel espacio todo se conservaba como el día que José y Jesús se marcharon de pesca.
Ella recordaba lo contentos que se fueron. Tened cuidado -había dicho, fiel a su papel de madre, justo antes de que sus dos hombres cerraran la puerta-. Aún guardaba fresca en su memoria la huella del beso que su hijo le dio en la mejilla. No te preocupes.-le dijo el chico, esbozando una sonrisa veinteañera antes de cruzar el umbral. Vamos, vamos, que luego nos pilla la caravana.-apremió José. Y esa fue la última vez que hablaron. A pesar de la recomendación de su hijo, Rosalía, mujer de principios, se preocupó. Y su inquietud fue en aumento a medida que pasaba el tiempo y no recibía la llamada para anunciarle que habían llegado bien. En su lugar se presentó un coche de Policía, a las 11 de la noche, para acompañarla cortésmente a un Hospital de Sevilla. La mujer se sintió abrumada y sola en el corto viaje, a pesar de que los dos policías fueron muy amables intentando consolarla. José murió esa misma noche, Jesús tuvo que soportar un calvario que duró tres días. Rosalía permaneció todo el tiempo junto a su hijo. Se lavaba con las esponjas jabonosas que le daban las enfermeras, en el baño de la habitación. Rezó mucho, a San Camilo, a San Martín de Porres y San Judas y aún así su hijo continuó en coma. Para ella, lo más duro fue verlo extinguirse poco a poco, sin poder hablar con él por más que ella le suplicara que se despertara. Y no despertó. Los médicos dijeron no se qué de una hemorragia interna. Rosalía enterró los dos cadáveres, pero lloró sólo a uno. A José lo odió por haber tenido aquel despiste con el coche. Se habían salido de la carretera y habían caído por un barranco. Ahora, lo echaba de menos y lo detestaba a partes iguales. Suponía que algún día podría perdonarlo pero, ¿cómo? ¿cómo podría? ¿Por qué no había estado atento? Su corazón roto latía dividido cuando pensaba en su pobre José, el culpable del accidente de tráfico que la había dejado sola en el mundo. Su hermana Trini, mayor que ella, la acompañó en todos los horribles trámites del entierro y pasó con ella unos días. Ahora era su única familia, a excepción de algunos primos que residían en Barcelona, y hablaban por teléfono de vez en cuando. Rosalía no había vuelto a ir jamás al pueblo, a pesar de lo mucho que se lo pedía su hermana. Su vida (o su muerte) estaban en aquel Bajo de Triana.

  Entró en la habitación de su hijo muerto y sintió cómo el aire era aún más sofocante allí, cargado como estaba de recuerdos y de amor sin objeto. Se quedó parada de pie, enlutada, respirando y añorando, comenzó a llorar y se sentó en la cama. Acarició la colcha azul que cubría las sábanas y se tumbó tan escuetamente que casi no se formaron arrugas en la tela. Se volvió hacia un lado, aferrándose a la almohada con mucha fuerza, por si así conseguía convertirla en su añorado hijo. En momentos así era cuando odiaba a José. No había vuelto a dormir en la cama que compartieran. Pasaba sus días como un fantasma, dedicada a las labores del hogar con esmero, viendo algún programa en Canal Sur y, por supuesto, entregada al sufrimiento de su pérdida como en aquel mismo momento. Ella, que había sido tan feliz con su hijo, que lo había alimentado, lo había bañado, lo había enseñado a andar y a decir sus primeras palabras, ella que lo había visto crecer fuerte y espigado. Ella, madre, ya no era nada. ¿Qué es una madre sin un hijo?-se preguntó entre lágrimas. Se hundió en la profundidad insondable de su pérdida y en lo inexplicable del vacío que sentía. Vacío que ni el tiempo ni el llanto habían podido llenar. Se despertó desorientada, hasta que el camisón negro la devolvió al presente. No sabía cuánto tiempo había transcurrido y no le importaba. Se secó las lágrimas con la mano y se incorporó para sentarse de nuevo. El calor de la siesta sevillana se dejaba notar en la casa. Entornó las persianas de toda la casa y se sentó en el sofá. Fue entonces cuando escucho el ruido. Lo escuchó sordo y apagado, amortiguado por aquella espesura dramática que inundaba su casa. Aún así se abrió paso rasgando por un momento el aire pesado. ¿Qué ha sido…?-balbuceó, pero rápidamente el velo de la tragedia volvió a caer sobre ella, sigiloso, certero.

Las luces sobre el Tajo

  El bar había sido una antigua Casa de Citas. Conservaba el encanto decadente de su anterior uso envolviendo cada detalle de la renovada modernidad actual. Mariela estaba en la pequeña terraza junto a la puerta de la primera planta. Fumaba un cigarrillo fingiendo estar atenta a la conversación de las chicas que acababa de conocer esa misma mañana en el Congreso. Aunque no le gustaba asistir sola a aquel tipo de eventos, Lisboa siempre le había parecido un lugar al que no se le podía decir no. Miraba distraída cómo el portero negaba el acceso a todos los que intentaban la entrada, dirigiéndolos a la puerta de la planta baja, en la calle que discurría en el nivel más bajo. Tres chicos se acercaron mientras el empleado estaba ausente de su puesto. Intentaron abrir la puerta sin éxito hasta que Mariela les sonrió y les indicó el camino. Uno de ellos, recio y moreno, le devolvió la sonrisa y la saludó con la mano, manteniendo la mirada hasta el punto de hacer enrojecer a la chica. Sus nuevas amigas seguían conversando animadamente sobre las virtudes del fármaco presentado en el Congreso. Habrían transcurrido unos quince minutos cuando el chico se acercó a Mariela, ofreciéndole en inglés una cerveza en pago por sus indicaciones:
-Sin ti no podríamos haber entrado, gracias.
La chica contestó en español, avergonzada por su torpeza con los idiomas y turbada por la mirada sólida del joven. Era moreno en toda su extensión, de facciones duras y aspecto fuerte. Comenzó a hablar en castellano con un suave acento portugués, presentándose como Nuno. Le siguieron dos besos de perfume amaderado, masculino, y la clásica conversación sobre el origen patrio. Algunos chistes sobre españoles y portugueses y una invitación a continuar la conversación dentro, sentados en la barra. Nuno le cedió el taburete y ella aceptó, mientras admiraba su cuerpo bronceado y adivinaba el tatuaje que asomaba por la manga bajando desde su hombro. Ahora que lo miraba de cerca, estaba segura de que era mayor de lo que había pensado en un primer momento. Él afirmó tener 41 años y ella contestó cortésmente:
-Los llevas muy bien.
-Gracias- respondió mostrando una sonrisa nacarada.-¿Qué viniste a hacer a Lisboa?
-Me han invitado a un congreso…nunca vengo sola a estas cosas, pero Lisboa es una ciudad fantástica.
-¿Un congreso de qué? ¿Eres médico?
-Psiquiatra
-Wow…¡Qué miedo!-dijo él.
-Bah, tampoco es para tanto. Además no tienes de qué preocuparte, en mi tiempo libre no trabajo.
El portugués se rió con franqueza.
– Yo trabajo para un laboratorio farmacéutico.
-¿En serio? Qué coincidencia…
Y la conversación continúo en la superficialidad propia del momento, mientras que los ojos recorrían los unos las zonas prohibidas del otro, trazando en el mapa corporal la ruta serpenteante del deseo. Ella sonreía y parpadeaba mientras observaba al detalle los ademanes firmes del hombre. Reparó en sus manos fuertes, en la tersura de su piel, en la melodía de su acento…A mitad de la copa la distancia se había acortado considerablemente y la atmósfera del bar se había reducido al microcosmos del espacio intermedio entre los dos. Y en un silencio complaciente Portugal besó a España en los labios, con una dulzura y un vigor que hicieron a Iberia prender en llamas.

  Cuando tres copas después se decidieron a abandonar el local, los dos ya sentían como si se conocieran desde hacía mucho tiempo. Subieron al coche de Nuno y, con la puerta aún cerrándose, se volvieron a besar. Y el beso le supo a Mariela a reencuentro, como si probara de nuevo unos labios que llevara largo tiempo sin besar. Bajó la ventanilla mientras el portugués arrancaba el vehículo. La noche lisboeta le regaló una suave brisa, que acariciaba su cara y alborotaba un poco su cabello. Nuno la miraba de a cada tanto, mientras ella vagaba por la belleza decadente de la ciudad. Se dirigían a la casa del hombre. La última colina de Lisboa, el último edificio, el último piso, había dicho él. Y fue como anunció.
La casa era amplia y diáfana, con una terraza con vistas privilegiadas al Tajo, que discurría paralelo al salón. En la negrura de la noche, las luces de las ciudades en la margen opuesta del río y las de los barcos que navegaban por él formaban un hermoso mosaico que se ofrecía ante la mirada de la chica. Se sentaron a fumar un cigarrillo, disfrutando de las bondades de la noche.
-¿Hace cuánto que no tienes novio?-preguntó Nuno.
-¿Cómo sabes que no tengo novio?-respondió ella y él le devolvió una sonrisa.
-Lo sé.-dijo-No habrías venido aquí si lo tuvieras, tú no eres así.
-Ocho meses. ¿Y tú?
-Dos años.
-¿Pero qué le pasa a las portuguesas?-preguntó Mariela sin pensar.
-Que no me gustan-rió él.
Y en ese punto dieron por concluida la conversación. Los agravios previos, las historias, los pasados, los dolores no importaban, nada ni nadie más importaba ni existía, solo la noche y la brisa, Lisboa y las luces sobre el Tajo. Estuvieron un rato en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos, atesorando y mimando el precioso tiempo que estaban compartiendo. Mariela pensaba en lo poco frecuentes que eran ese tipo de encuentros, en lo excepcional que resulta conocer a alguien y sentir que nada hace falta decir, que el otro ama lo que ve y respeta lo que no ve, sin misterios, sin sorpresas, sin prisas, sin culpas, sin pesares…
Nuno la agarró de la mano y la condujo hasta la habitación, tan desordenada como estaría la de la chica si pudieran verla. La tumbó en la cama y desenfundó sus vaqueros sin esfuerzo. Sus manos acariciaron sus muslos con suavidad, mientras él besaba sus piernas en su recorrido hasta la cintura. La despojó de la camisa con delicadeza y volvió a agacharse a besar su ombligo, desde donde su lengua trazó un reguero en el viaje hasta sus senos, ahora liberados de toda contención, una vez que la propia Mariela se había quitado el sostén. Se estremeció cuando el portugués acarició sus pechos y los besó. Ella se incorporó un poco y le quitó la camiseta, dejando al descubierto su cuerpo fornido. Lo colmó de caricias y besos, en el esfuerzo tan puramente humano de intentar que el otro forme parte de uno mismo. Y al desnudo los dos se tocaron y se besaron, se lamieron, se miraron, se fundieron y se confundieron.
Él la penetró mientras agarraba con firmeza sus muslos y ella se dejó hacer en aquella conjunción. Sintió su miembro adentrándose en su cuerpo que lo recibió agradecido, mientras ellos en silencio se miraban cara a cara. Encontró en Nuno un amante impetuoso y delicado y apreció lo exquisito de tal combinación. Disfrutó cada empuje, cada beso, cada mirada y cada caricia y disfrutó del placer del orgasmo, mientras el hombre la cogía de las manos y eyaculaba perdido en la profundidad de sus ojos.

  Mariela dejó que el agua de la ducha corriera por su cuerpo, limpiando los restos del placer que aún quedaban sobre su piel, pero sin eliminar la sensación de plenitud del momento. Volvió a la cama y se recostó junto a Nuno, aún sudoroso. Se tumbó buscando el calor de su pecho y el abrigo de sus brazos. El hombre había puesto música en el iPhone, así son los amores contemporáneos. Una aterciopelada balada portuguesa moldeaba un ambiente cálido y los dos amantes hablaron y callaron, se rieron, se contaron la vida, se amaron. Fueron dos viajeros en tránsito en una estación de paso, dos amantes pasajeros que encontraron un amor infinito en lo finito. Se quedaron dormidos.
El despertador sonó a las 10:30, anunciando el triste momento de la separación, aunque aún hubo tiempo para más arrumacos.
-Ven aquí-dijo Nuno, que abrazó a Mariela por la espalda, apretándola contra sí, besando la parte posterior de su cuello. Ella se estremeció y sintió pena por tener que regresar a casa ese mismo día.
-Vuelve cuando quieras-invitó él.
-¿Me hospedarás?
-Claro…Vamos a desayunar.
Se vistieron y fueron al salón. Ella se quedó sentada en la terraza, fumando un cigarrillo mientras él preparaba tostadas y zumo de naranja. Admiró nuevamente la belleza del Tajo, esta vez a la luz del día, y comprobó cómo el portugués le gustaba más aún bajo el radiante sol de la mañana. Comieron sin hablar, mirándose a ratos, devorándose, pensando en lo bonito que podría ser.
De vuelta en el coche, Nuno le contó curiosidades de Lisboa y ella le habló de Sevilla en primavera…Cuando divisaron el hotel, Mariela no pudo evitar sentirse apenada, previendo lo caduco de aquella relación, por más que los dos se empeñaran en soñar con amores cargados de pasajes de tren y avión, de orgasmos telefónicos, de agendas sincronizadas. Los dos soñaron con un amor entre fronteras…y Mariela se lamentó por no ser más aventurera y porque ya incluso antes del final, su cabeza le advertía de que aquellas historias sólo eran hermosas porque eran tan efímeras como cualquier estrella fugaz.
Abrazó a Nuno y lo besó largamente en los labios. Hasta pronto, dijo él, Adios, dijo ella. Y al entrar en el hotel se preguntó si los empleados en el vestíbulo podrían adivinar cuán amada se sentía.

El Agujero

  ¿No te ha dolido?-preguntó el médico mientras examinaba con cuidado la zona afectada. A Inmaculada le molestaba aquella mirada minuciosa e inquisitiva, aquel paseo impío por los recovecos de su cuerpo, el escrutinio impúdico y, sobre todo, le molestaba la cualidad masculina de aquella mirada.  Hubiera preferido que la atendiera una mujer, pero no dijo nada. Desde que llegó al Hospital no había dicho nada. Su madre había explicado lo que “había hecho su hija” para sorpresa de todos los que la escucharon. Después las habían conducido a un box y les habían dicho que esperaran allí. Ahora ella se sentía incómoda, sola con el médico, que no paraba de preguntarle estupideces sobre el dolor o por qué no había dicho nada antes. La única pregunta que de verdad importaba, el por qué de su decisión, aún no se la había formulado nadie.
-Me ha dicho la Enfermera que tu madre se ha puesto mala, creo que le ha dado un ataque de ansiedad. No te preocupes, está bien, la están atendiendo en otra consulta.
Inmaculada sentía miedo de quedarse sola,  pero como siempre no dijo nada. Supuso que su madre estaría quejándose sobre ella, sobre lo mala hija que era y por qué no la habría bendecido Dios con un hijo. Una vez más, su madre la había abandonado a su suerte.

  Mientras yacía postrada en la camilla, Ana pensaba en cuánto detestaba a su hija. Desde que naciera no había hecho más que darle disgustos. Ya el parto fue complicado y ella estuvo al borde la muerte. Por si este fuera poco agravio, Inmaculada tenía la ingrata virtud de recordarle a su exmarido que la había dejado cuando la niña contaba con sólo un año. Tentada estuvo entonces de deshacerse de su hija dándola en adopción, pero aquello hubiera dado al traste con su imagen de mujer devota, por lo que, tomando la decisión de la que más se arrepentiría en su vida, se quedó con ella. Más de una noche había rezado Ana para que Dios sembrara en ella el amor que debía profesarle a su hija, pero sus plegarias nunca fueron escuchadas. Su hija se le antojaba extraña y callada, siempre alelada y perdida en sus propios ensueños, recelosa del contacto con los otros. La muy estúpida ni siquiera hablaba para quejarse cuando Ana le regañaba. Pero, ante todo, lo que más detestaba de su hija era que fuese una mujer. Nunca te fíes de los hombres, pero fíate mucho menos de las mujeres.-repetía cada vez que la ocasión se prestaba. El sueño de toda su vida había sido tener un hijo, pero Dios la había puesto a prueba enviándole una hija, una mujer. Una mujer que primero intentó matarla y después había dado al traste con su matrimonio. Porque para Ana, de la marcha de su exmarido la culpable era Inmaculada, su maldita hija. Y así cuando se fue, en lugar de una madre y su buen hijo, fueron dos mujeres solas en el mundo. ¿Qué iban a hacer dos mujeres solas en el mundo?
Y a pesar de todas sus oraciones Ana nunca superó aquella prueba, lo más que pudo hacer fue no darla en adopción, nada más. Nunca encontró la manera de querer a su hija, nunca pudo perdonarle el borde de la muerte, nunca pudo perdonarle el abandono del marido y, ante todo, nunca pudo perdonarle que le recordara que, ella misma, era también una mujer.
Pero esta vez, la tontería que había hecho esta vez era demasiado…

  -¿Cómo te lo has hecho?- preguntó el médico.-¿Te lo has hecho tú sola?-Inmaculada siguió callada. El médico le recordó a la Señorita Maite, la psicóloga del colegio, a la que veía desde que tenía 6 años. Inmaculada recordaba como aquella mujer se acercó un día en el recreo y se agachó para hablar con ella mientras jugaba con la arena. Le hizo muchas preguntas, ella respondió a algunas e hizo caso omiso a otras, pero hubo una que la desconcertó. ¿Por qué te vistes como un niño?- había dicho la Señorita. Y ella se quedó mirándola fijamente sin lograr comprender la pregunta y sin lograr comprender la diferencia entre ser un niño y ser una niña. Después le dio una nota para que su madre fuese al día siguiente al Colegio para hablar con sus maestras. Ella no estuvo presente en la conversación, pero recordaba que su madre había salido llorando y que, desde entonces, nunca más la vistieron como a un chico. A pesar de los desesperados intentos por que fuera un niño, desde los seis años su madre volvió a tratarla como a una mujer, si es que alguna vez volvió a tratarla.
-Lo que vamos a hacer es cortarte las costuras que te has hecho, porque si sigue así mucho tiempo se te va a infectar, además esto tiene que estar abierto…¿por qué te lo has hecho?- Inmaculada sintió que se mareaba. El médico había hecho la pregunta que de verdad importaba, pero ella sólo podía pensar en lo aterrador que era que eso quedara abierto. No quería tener el agujero abierto. El agujero, aquella violenta brecha que se hundía en su carne hasta llegar a lo más profundo de sus entrañas. Aquel agujero, por el que sentía que podía escaparse su alma. Aquel agujero era el horror. Aunque a sus quince años apenas tenía amigas, escuchaba como las otras niñas del Colegio hablaban de hacerlo y, aún sin tener muy claro el significado, sólo sabía que no quería hacerlo. Lo llamaban sexo, peligro, decía su madre. Para Inmaculada, la idea de alguien entrando por el agujero, penetrando e invadiendo su ser, poseyéndola, devorándola, era inconcebible… el agujero era un error, una terrible falla en su ser.
Sintió sus piernas temblar cuando vio al médico preparar el instrumental con las manos enfundadas en los guantes blancos.

  A Carmen le encantaban las Urgencias, le gustaba el ritmo y la necesidad de pensar y diagnosticar rápido. Prefería los casos más médicos y le dejaba los casos más quirúrgicos a Miguel, su compañero de Guardias. Acababa de atender a un hombre con un infarto y, siendo las nueve de la noche, pensó que estaría bien que fueran a comer algo, pero su amigo estaba ocupado. Se acercó a una de las Auxiliares que se encargaban de repartir las analíticas y la saludó:
-¿Qué está viendo Miguel?
-Uff, ni te lo vas a creer.-se rió-Una loca, que se ha cosido el chocho.

Niño Feo

  Niño feo se despierta una mañana de Domingo. Como siempre, encuentra a su madre recostada junto a él. Se vuelve hacia ella y con su pequeña mano rechoncha acaricia su pelo, lo admira, lo huele ese largo cabello oscuro que tanto le gusta. Su madre es su persona preferida en el mundo y con la que pasa la mayor parte del tiempo. Ella se acuesta todas las noches a su lado, justo después de contarle un cuento, y le hace caricias en la espalda para que se duerma. Aunque él ya tiene cinco años y es mayor, aún hay veces que su madre le da el pecho, como cuando era un bebé y solo comía leche de la teta. Me dabas unos bocados muy grandes y me dolía mucho porque eres un glotón- le dice su madre de forma pícara algunos días, mientras le pellizca la nariz para hacerlo rabiar-.
A sus cinco años, Niño feo nada sabe de su fealdad. Nada sabe de sus orejas bajas ni de sus ojos hipertelóricos. Nada sabe de su carácter huraño y bizarro, desconoce completamente lo repulsivo de su aspecto y la repugnancia que genera en los otros, incómodo como resulta, sólo por su mera presencia. Pero él nada sabe aún de todo eso. Él es un príncipe, como tantas veces le repite su madre.
Las noches de invierno, ella le pone vicks vaporub en el pecho, mientras él admira su belleza delicada y siente ese cosquilleo que recorre su cuerpo y al que aún no sabe dar nombre. Sólo una noche ella no quiso darle caricias porque él se había portado mal. Fue un sábado hace ya un par de meses. Él había pasado la tarde en la explanada detrás de casa, jugando a ser un gran príncipe que protegía a su reina de todos las desgracias y los monstruos que asediaban sus dominios. Este pequeño príncipe cazaba en los bosques y era tan fuerte y poderoso que todos le temían. Y como prueba de su extraordinario poder, había torturado a un gato hasta la muerte y luego se lo había llevado triunfal a su madre como recompensa. Cuando apareció en la cocina con aquel obsequio funesto, María miró a su hijo afligida:

-Mi príncipe no, no puedes hacer daño a los animales, eso no está bien-dijo ella- y después lo obligó a enterrar el cadáver. Pero al día siguiente todo volvió a la normalidad y Niño feo nunca acabó de entender qué era aquello tan malo que había hecho, él, que sólo trataba de ser el príncipe de su madre.

  María regresa del sueño desvelada por las caricias de su hijo. Abre los ojos lentamente y el rostro del niño cobra forma en su retina. Lo contempla como otras tantas veces y siente como un puñal el sufrimiento que se cierne sobre su pequeño. Los otros chicos aún no han comenzado a excluirlo, ese mismo día está invitado a una fiesta de cumpleaños, pero ella sabe que ocurrirá tarde o temprano. Ella sabe de lo cruel del mundo, sabe que su hijo, su príncipe, será objeto de muchas burlas, muchas silenciosas y muchas clamorosas, será objeto de risas y murmullos, la gente no verá jamás más allá de su infame figura. Su fealdad será siempre una condena.
Lo mira y se pregunta por qué los demás no podrán nunca ver lo que ella ve. María lo ama por encima de todas las cosas. Lo ama como la parte que fue de su ser. Su hijo, su hijo, que salió de sus entrañas, su carne, su sangre…a veces incluso olvida que una vez hubo un padre y piensa que es sólo suyo, todo suyo. Y otras veces se siente culpable y se pregunta qué podría haber hecho para que él hubiera heredado unos rasgos más amables, que de seguro le habrían dispensado una vida mejor. Y lo vuelve a mirar y se enrabieta, es tan precioso y tan tierno, su príncipe, aunque sólo ella pueda verlo.
-Hola mi príncipe, ¿ya estás en marcha?- y lo besa largamente en los labios, lo que más quiere en el mundo…

  A las 5 de la tarde, María comienza a preparar a su hijo para asistir a la fiesta de cumpleaños de un compañero del Colegio. Niño feo apenas habla de los otros chicos, así que ella está contenta de que lo hayan invitado. Saca del armario la ropa de domingo, una camisa de cuadros azules y un pantalón corto marrón, pero el niño se empeña en ir vestido con su disfraz de Superman. María duda por un momento, pero nunca es capaz de negarse a las peticiones de su hijo. Treinta minutos después salen por la puerta, ella vestida de madre, él ataviado con la indumentaria de superhéroe. Su aspecto es francamente ridículo: bajito, medio gordo y desgarbado, Superman tullido. Son los últimos en llegar a la celebración. Al abrir la puerta, la dueña de la casa la saluda y en seguida se la lleva a conversar con otras madres. María puede ver cómo su hijo se acerca a los otros niños, pero sólo los observa y no se arrima a jugar con ellos.

  Niño feo busca con la mirada al único chico que le interesa de la fiesta, el anfitrión, Niño guapo. Lo ve al fondo del salón comedor sentado en el suelo, rodeado de otros tantos compañeros del colegio, rubio y sonriente, jugando con un coche teledirigido. Se acerca corriendo y se suma al corrillo, pero no dice nada. Se queda mirando taciturno y enjuto, como una presencia inquietante, hasta que el juguete choca contra sus pies. ¡Has venido! -exclama Niño guapo-. ¡Ven! -ordena mientras se levanta. Lo toma de la mano y sale corriendo escaleras arriba.
Niño feo sigue al otro chico hasta su habitación. Le gustan las paredes pintadas de azul y el avión que cuelga del techo.
Yo también tengo un disfraz -anuncia el otro-, pero él sigue extasiado, girando sobre sí mismo apreciando cada detalle del dormitorio, pensando que el suyo es mucho más pobre. Cuando se vuelve a mirar a su amigo lo encuentra desnudo, calzándose un traje de Batman.
-¿Te gusta?- le pregunta.
-Sí -responde tímidamente Niño feo. Contempla al otro chico y siente extrañeza en su cuerpo. Mira nuevamente su habitación y lo mira a él. De repente siente que quiere tener lo que él tiene, quiere ser como él, lo quiere a él.
-¿Quieres tarta? Vamos abajo.-Y los dos superhéroes caminan de nuevo hacia la escalera.
-Espera, te he hecho una cosa…por tu cumple.
Niño guapo recibe una hoja de papel que desdobla y encuentra un dibujo de trazo torpe: dos figuras alargadas, sin rostro, junto a una casa achatada y sin ventanas.
-Gracias- responde el homenajeado.
Niño Feo lo mira y sin pensarlo lo besa en los labios, como suele hacer con su madre.
-¿Qué haces?¡Qué asco! -dice el otro mientras se retira- ¡Y el dibujo es muy feo!
Y el príncipe se siente destronado. Y siente el calor de la ira creciendo en su pequeño y vil cuerpo. Se acuerda del gato y, como un resorte, alarga la mano. Y
 Superman empuja a Batman. Y Niño guapo cae rodando estrepitosamente por la escalera hasta que, con un golpe seco, queda tendido en el suelo de la planta baja con su cabeza en una posición anatómicamente imposible y sus ojos azules desprovistos de vida. Niño feo observa triunfal la escena mientras guarda su dibujo. Se siente poderoso y piensa que su madre estaría orgullosa de él.

  Alertados por el ruido los otros chicos y los padres llegan corriendo. Es sólo entonces cuando Niño feo comienza a llorar.
María escucha los gritos y en su interior se forma una oscura sombra, ella sabe de lo cruel del mundo…