Otoño

Los días se nos llenaron de otoño
Los cielos se oscurecieron de tristeza
Los arboles tiritaron de frío
Las aceras se arroparon de hojarasca
Y el corazón se nos heló en suspenso
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El Ruido VIII. Tercero B

  Ana abrió los ojos lentamente y enseguida se vio sobresaltada por la sensación del cambio. Había sido siempre una mujer intuitiva, así que podía percibir la sutileza de la diferencia, casi como si de un olor se tratara, incluso antes de saber qué ocurría. Cuando sus pupilas se fueron acomodando a la luz pudo ver que se encontraba en su habitación, en su casa, en la pequeña cama de noventa que compró sólo unos meses después de que su Francisco falleciera. Al morir su marido, la cama de matrimonio le parecía un desierto inhóspito, con un vacío frío inmenso allí donde solía yacer aquel. Y despertaba siempre acurrucada en una esquinita del colchón, con la sensación de haber maldormido acuciada por las pesadillas. Finalmente, harta del desierto de 135 cms, compró aquella cama, más pequeña y más recogida. Y, aunque la desproporción del tamaño hacía parecer su habitación ridículamente grande y ridículamente vacía, pensó que, ya que de lidiar con vacíos se trataba, prefería estos en el espacio de su alcoba, a cambio de dormir en una cama que su cuerpo pudiera llenar completamente, para así en los sueños engañar a su mente y sentirse menos sola.
Retiró un poco la ligera colcha que tejiera hacía muchos veranos y, una vez que vio respondida la pregunta acerca de dónde se encontraba, llegó el momento de responder al cuándo. Y entonces el cambio dejó de ser sólo un aroma, una intuición, para cobrar certeza corpórea. El cuándo era la respuesta que esclarecía el cambio. Ese día, por obra de la providencia, todos los impulsos eléctricos habían encontrado el camino correcto en el amasijo de vías neuronales de su cerebro. Y las tinieblas que la habían envuelto en los últimos años se disiparon. Se sintió repentinamente despierta, como si hubiera retornado de un sueño muy largo, y sintió su mente clara como nunca, ágil, con todos los recuerdos en el lugar correcto, en un punto de su hipocampo accesible a la rememoración. Año 2014, eso marcaba el almanaque de San Juan de Dios que tenía en la mesilla de noche. Y a la curiosidad inicial por la causa que habría obrado tamaña magia le siguió la tristeza por la penuria del tiempo entre tinieblas.
  Su hija María entró en la habitación sigilosamente y se acercó a la cama. La tocó suavemente en el hombro y cariñosamente le dijo:
-Vamos reina, que se van dos, el día y el sol.
Ana la miró desconcertada, pensando en cuántas veces habría pronunciado aquellas mismas palabras para despertar a su hija cuando era pequeña. Trató de recordar cuántas veces se había repetido aquella escena en los últimos años desde que le diagnosticaran el Alzheimer y lo incalculable de la cifra la mareó. No pudo evitar pensar entonces en cómo la vejez iguala a los adultos con los niños, torpes, desamparados, pero mientras la minusvalía de la infancia se recibe con la ilusión de la vida prometida, la senectud genera el asco, la repulsa del cuerpo decrépito que camina hacia la muerte; el contacto con la infancia rejuvenece, la vejez es el espejo del que al asomarnos emerge la imagen de nuestra propia finitud.

  Ana tomó el brazo de su hija y caminó lentamente con ella hasta la cocina. Hubiera querido decirle que estaba bien, que podía comer por sí misma pero, ¿cómo explicarlo?, ¿qué pasaría si al día siguiente volvía a despertar absorta y perdida como de costumbre? Se limitó a callar y ponerle fáciles las cosas a su hija. Ese día no hubo quejas ni manchas en el babero. Vamos a la ducha– anunció María- y se encaminaron las dos en silencio hacia el cuarto de baño. Ana sintió pena de sí misma, con sus pasitos cortos y sin fuerza apenas para levantar los pies, agarrada del brazo de su hija, como dos beatas en una procesión. La Amargura, pensó. Ya en el baño María procedió a quitarle el pañal con la pasmosa naturalidad que sólo otorga la práctica, mientras ella se ruborizaba por la vergüenza, sintiéndose estúpida por no haberse percatado hasta ese momento de que llevaba pañales. El agua de la ducha corrió sobre ella como un torrente, mientras María la enjabonaba cuidadosamente, frotando con esmero cada milímetro de su piel, en una operación en la que su intimidad y su dignidad quedaban profundamente expuestas, profundamente ligadas al hacer de su hija. Se sintió dependiente. Gran dependiente decían los papeles de las trabajadoras sociales que ella nunca había leído. Miró apenada su cuerpo caduco, encorvada, con la piel ajada y fláccida, las carnes blandas, podía sentir las arrugas cuarteándole el rostro… El tiempo había devastado todo el vigor que la caracterizara en la juventud. Y bajo el agua, en la crudeza de su desnudez se sintió acabada, se sintió muerta. Pensó que la providencia no le había hecho ningún regalo aquel día, las tinieblas al menos la protegían de aquella cruel visión de sí misma y, por eso, las echó de menos. Y entonces se sintió egoísta, al ver las atenciones que su hija le dispensaba cariñosamente. La miró a hurtadillas mientras la secaba cuidadosamente con la toalla y mientras le teñía el pelo después. Miró sus manos encallecidas, sus ojos cansados. Se encargaba de arreglarle el cabello a ella cuando el suyo propio estaba seco y salpicado de canas, su semblante preocupado. Parloteaba incesantemente, contándole las andanzas de los vecinos del barrio, esforzándose por darle a la escena una apariencia de normalidad que se antojaba imposible. A pesar de que hoy la entendía, Ana sabía que su hija pasaba los días hablando sola, comiendo sola, viviendo sola, llorando sola. Ella no era más que un cuerpo sobreviviendo, arrastrándose lentamente en su camino hacia el inexorable final de sus días. Y en cuidarla malgastaba sus días María. No pudo evitar las lágrimas que acompañaron a este pensamiento: su hija, joven y lozana, marchitándose en el proceso de cuidar de ella. La miró de nuevo, con lágrimas en los ojos, mientras la joven intentaba consolarla. Anda no llores que te pones muy fea- le dijo cariñosamente y, después, la besó en la mejilla y le secó las lágrimas. Tras lavarle y secarle el pelo, la ayudó a sentarse en el váter. Ana orinó rápidamente y se aguantó la vergüenza y la culpa cuando su hija limpió sus genitales.

  María la dejó en el salón, sentada en su vieja mecedora, mientras por su parte se esmeraba en limpiar el polvo. Ana abrió el libro de sopas de letras que tenía en su regazo y sintió pena de sí misma al ver las hojas llenas de garabatos sin sentido. Le horrorizó pensar en cómo la enfermedad le había quitado todas sus habilidades y, poco a poco, toda su vida. Pero mucho más aún le horrorizó pensar en cómo su enfermedad había detenido también la vida de su hija. La miró mientras limpiaba, sabiendo que hacía aquello todos los días. ¿De qué vive?-se preguntó. ¿De qué vivimos?. Ella, que había tenido que hacer tantas cuentas cuando murió su Francisco, sabía lo cara que es la vida y se sintió preocupada por su hija. La joven continuaba envuelta en los quehaceres del hogar, dirigiéndole de vez en cuando algunas palabras o contándole alguna anécdota. A Ana le hubiera gustado levantarse y hacerse cargo de todo, decirle a María que volviera inmediatamente al trabajo y que se echara un novio, pero miró sus piernas llenas de varices y comprendió que su cuerpo ya no tenía nada que decir ni que poner en orden. Sus varices, sus piernas, su joroba y su cuerpo cansado la situaron en la terrible certidumbre del orden natural de las cosas. Su hora había pasado. Y su hija desperdiciaba la suya, tratando de hablarle a una madre que hacía tiempo que no estaba allí.
Almorzaron temprano, siguiendo la costumbre que impusieran los deseos de su marido, que gustaba de comer en horario europeo. Él había sido un hombre culto y viajado, más allá de lo propio para la época en la que se crió. Tuvo la suerte de empezar a trabajar bastante joven como ayudante del director de una empresa de importaciones. Lejos de hacerlo rico, el trabajo le permitió conocer otros países y tener un sueldo lo suficientemente holgado como para comprar los últimos dos pisos de aquel bloque de Triana para construir un dúplex. Cuando él falleció, Ana hizo todo lo que estuvo en su mano para conservar aquella casa, que había sido el sueño de su marido, y sacar adelante a María.

  Después de comer, su hija la llevó de nuevo a su habitación y la sentó en una butaca grande de la que ella no guardaba recuerdos, así que imaginó que habría sido adquirida durante los años en los que había estado sumida en las tinieblas. Antes de salir, María le dio un beso y sintonizó Radiolé. En cuanto cerró la puerta, Ana no pudo reprimir el llanto. Lloró amargamente, escuchando coplas antiguas que había cantado una y mil veces mientras preparaba la comida en la cocina de aquella misma casa. Lloró por sus recuerdos que habían estado tanto tiempo perdidos y por el miedo de que si se quedaba dormida volvieran a perderse de forma irremediable. Y sobre todo lloró por su hija, que había abandonado su propia vida para dedicársela a ella. Volvió a pensar en cuál habría de ser la razón por la que ese día había despertado con tal lucidez en su pensamiento. No en las causas médicas -que pierden toda su relevancia cuando uno está a punto de morir- sino en el sentido que aquella magia tenía para su vida. Y entonces pensó en María. Su hija de sus amores. Se levantó y buscó con dificultad un papel entre los recovecos de su habitación. La tarea le ocupó largo rato, con su cuerpo vencido por los años andando de acá para allá, hasta que finalmente se le ocurrió arrancar un trozo de una hoja de un libro de crucigramas. Hubiera querido escribir una larga carta, decirle a su hija cuánto la amaba y darle todos los consejos de los que fuera capaz para que la acompañaran durante su vida, pero sus manos deformadas por la artrosis no respondían a sus deseos. Con su letra menuda y temblona escribió una sóla palabra y dejó la nota encima de su cama. Después fue al tocador y se peinó sin mirarse apenas al espejo para no encontrarse con su propia imagen. Y nuevamente salió en procesión. La Amargura caminó lentamente por el largo pasillo hasta la puerta de entrada a su casa y se acercó al mueble del recibidor. Allí, en el viejo cenicero de recuerdo de su visita a Toledo, encontró un manojo de llaves que cogió antes de salir. No se molestó en cerrar la puerta para no hacer ruido y continuó su camino escaleras arriba parándose a ratos a recobrar el aliento. Ya en la azotea sintió el calor propio de la siesta sevillana. Aunque no podría decir la hora que era, ésta se le antojó apropiada para su propósito, torera. Miró sus pies enfundados en unas zapatillas negras y vio sus tobillos hinchados del esfuerzo. Se planchó con las manos el bambito de flores, aspiró aire profundamente y se encaramó al alféizar. Le hubiera gustado subirse de forma más elegante, pero su cuerpo no le dio para más, así que trepó como pudo pensando en que se vería ridícula, como si fuera una salamanquesa vieja y enjuta. A horcajadas sobre la barandilla dedicó un último pensamiento a su hija, esperando que la nota y la única palabra que contenía le evitaran la culpa. Vive, había escrito. Y se dejó caer. Y al llegar al suelo el ruido del golpe sonó como un crack.

El Ruido VII: Tercero A

  El primer sorbo de café por la mañana siempre ponía en marcha su día. Su cuerpo despertaba al calor de ese primer trago con su regusto recio y tostado. Ella siempre se sentaba en la misma silla, de frente a la ventana, con las manos en la antigua mesa vestida con un mantel de hule, disfrutando del silencio y de la hermosa ilusión de tranquilidad que otorgan las primeras horas de la mañana, cuando el mundo aún duerme ajeno a la vida. Acompañando al café se comía una tostada, casi un cuscurro del pan sobrante del día anterior, que regaba con aceite de oliva. Y cuando se levantaba por fin de la silla, alrededor de las 9 de la mañana, se inauguraba oficialmente su día. Entonces se daba una ducha, se vestía y se apresuraba a llamar a su madre, Ana, a quien estaba dedicada en cuerpo y alma desde que le diagnosticaran la enfermedad de Alzheimer. María había visto cómo su madre, otrora inquieta y parlanchina, se había ido deteriorando lentamente en los últimos tres años. Con tristeza asistió al progreso de la enfermedad, desde los primeros olvidos a las grandes lagunas en su memoria, de las primeras torpezas hasta los grandes desvaríos y, finalmente, la lenta pérdida de las palabras; hasta que vio poco a poco a su madre ensimismarse para acabar convertida en un cuerpo callado y cansado, dependiente hasta para sus cuidados más básicos, arrasada por la peor de las enfermedades que la naturaleza ha reservado al ser humano, el envejecimiento. La mujer, que en otro tiempo había llenado la casa con sus labores de ganchillo y otras manualidades, ahora pasaba el tiempo sentada en una mecedora, pintarrajeando los libros de sopa de letras que alguna Trabajadora Social les recomendara al principio de la enfermedad.

  María tocó suavemente el hombro de su madre que yacía tumbada en la cama.
“Vamos reina, que se van dos, el día y el sol”– le dijo, repitiendo la misma muletilla que la mujer empleaba para despertarla cuando ella era pequeña y fingía estar dormida para no ir al colegio. Su madre respondió con la misma mueca de extrañeza que pintaba su rostro casi todo el tiempo y que dejaba clara su perplejidad ante el más mundano de los acontecimientos.
-Soy yo, María, tu hija…venga levántate que hoy tenemos que hacer muchas cosas.
Sin decir nada Ana se limitó a obedecer de forma automática y a tomar el brazo que María le ofrecía para levantarse. Caminó en silencio, junto a su hija, quien la llevó a la cocina y le dio de comer. A María le sorprendió que ese día su madre aceptara el yogur y la fruta sin oposición alguna, acostumbrada como estaba a que aquella simple actividad se demorase más de una hora, y concluyese con parte de la comida manchando el babero que protegía las ropas de Ana. “Vamos a la ducha”, anunció, y sigilosamente se dirigieron las dos al cuarto de baño. María le quitó el camisón a su madre y después los pañales que, como sospechaba, estaban limpios. Los accidentes nocturnos ocurrían muy de cuando en cuando y, en realidad, las únicas veces que Ana obraba era fruto de los enemas que María le administraba unas dos veces en semana. La metió en la ducha y comprobó que el agua estuviera templada antes de comenzar a lavarla. Miró apenada aquel cuerpo caduco, con la joroba que encorvaba la espalda, la piel ajada y fláccida, las carnes blandas, las arrugas cuarteando el rostro… El tiempo había devastado todo el vigor que caracterizó a su madre durante su juventud. María la recordaba correteando por la casa siempre enfrascada en alguna tarea, hablando sin parar, organizándolo todo. Ahora, mientras la bañaba, la observó en toda la crudeza de su desnudez y en aquel cuerpo no pudo encontrar nada de su madre, más que la apariencia, un leve rastro, como los restos del incendio son sólo una sombra, un recuerdo de aquello que ardió consumido por el fuego. Y a su madre, pensó con tristeza, ya no le quedaban ni recuerdos.
La secó con delicadeza, suavemente, frotando un poco cada uno de sus miembros con una toalla gruesa, mientras la otra le devolvía una mirada inquieta, siguiendo con la vista todos sus movimientos, sin que María tuviese del todo claro si la mujer entendía lo que pasaba a su alrededor. La sentó en una silla frente al espejo. “Vamos a teñirte el pelo, ¡que mira qué canas tan feas te están saliendo!”– le dijo, y abrió el kit de tinte capilar que una vecina le había traído de la farmacia. Cuando la mezcla estuvo preparada, la aplicó cariñosamente en los cabellos de su madre, desde la raíz a las puntas, mientras le contaba los últimos chismes del barrio y le regalaba de cuando en cuando alguna caricia en la cara. Cuando terminó, le cubrió la cabeza con un gorro de plástico y se dispuso a esperar los diez minutos que recomendaban las instrucciones.
María se agachó hasta ponerse a la altura de su madre, para ajustarle bien el gorro, y fue entonces cuando descubrió las lágrimas en sus ojos, como dos regueros solitarios que surcaban el rostro envejecido de la mujer. “¿Qué te pasa?” Aquello sucedía en contadas ocasiones, pero cuando ocurría María se entristecía. Pensó que su madre, que siempre había sido coqueta, cesaría en su llanto al decirle que el gesto la afeaba y así todo podría volver a la silenciosa normalidad. “Anda no llores que te pones muy fea” la acució cariñosamente y, tras darle un beso en la mejilla, le secó las lágrimas con la mano. Después de lavarle la cabeza, el cabello de Ana volvió a brillar del color Rubio oscuro ceniza de Farmatint. María la sentó en el váter, y esperó pacientemente a que la mujer entendiera que tenía que orinar. Tardó bastante menos que de costumbre y al poco ya estaba nuevamente sentada en su mecedora, agarrando tontamente el libro de juegos de sopa de letras, mientras ella se esmeraba en limpiar el polvo.

  María echaba a veces de menos a su madre, la antigua, la que hablaba. Ella no paraba nunca de contarle cosas, deseando que en algún momento la madre enferma respondiera con algún gesto, alguna palabra, siquiera un beso o un abrazo, y en lugar de eso siempre se encontraba con la misma expresión de desconcierto en su rostro. Su médico de cabecera se había cansado ya de recomendarle que la internara en una Residencia, “va a estar muy bien…y tú podrás volver a trabajar y hacer tu vida”, le decía, pero ella se resistía. ¿Con quién podría estar su madre mejor que con ella? ¿Quién le dispensaría con tanto esmero las atenciones que ella le prestaba? Tras morir su padre, cuando ella tenía quince años, su madre hizo todo lo que estuvo en su mano para sacarla adelante dignamente. Trabajaba de limpiadora mientras ella acudía al instituto. Recorría todos los supermercados del barrio buscando “la oferta” en cada uno. Y se llenó de orgullo cuando sus ahorros y las becas del ministerio permitieron que María estudiase Periodismo. Sentía que ahora le correspondía a ella devolverle a su madre todo ese esfuerzo, todo ese sacrificio, toda esa vida. Por las tardes escribía, un par de horas, o al menos lo intentaba, puesto que hacía más de dos años que no era capaz de imaginar una sola palabra. Bloqueo, lo llamaban sus compañeros; tristeza, pensaba ella. Y preocupación, por el incierto destino que la esperaba, sin saber quién resistiría durante más tiempo la batalla contra la enfermedad: el cuerpo devastado de su madre o sus mermados ahorros.
María limpió levemente el salón, dirigiendo de cuando en cuando algunas palabras a su madre, tan absorta como siempre, que seguía sentada en la vieja mecedora. Algunas veces echaba una siesta por las mañanas, pero ese día estaba despierta, más cabizbaja que en otras ocasiones, tan callada como siempre. Le dio de comer un puré de calabacín, y nuevamente se sorprendió ante la sencillez de un acto que habitualmente suponía una lucha. Tras limpiarla la llevó a su habitación, al otro lado del piso, la sentó en una butaca grande y encendió la radio. La música llenó la estancia y poco a poco el eco se fue dejando sentir en todas los rincones de la casa. Su madre era aficionada a la copla, así que ella sintonizaba Radiolé. “Ahora voy a dejarte un ratito sola, para que escuches la radio y duermas un poco”-le dijo. Y tras esto se marchó a su habitación, donde se sentó al escritorio frente a un papel en blanco. Repetía aquella operación a diario, y todos los días obtenía idéntico resultado. Nada. Dudaba de si hacía bien dejando sola a su madre, pero se esforzaba por convencerse de que era necesario para su propia salud disfrutar de algún tiempo para ella, algún espacio que estuviera libre del trabajo que suponían los cuidados de una enferma. Pensaba entonces en cómo había cambiado su vida en los últimos años. Había dejado su trabajo, sus amistades, lo había dejado todo a excepción de su madre. Su madre, que ahora tan sólo era un cuerpo decrépito y desolado esperando pacientemente a la muerte. Y en la blancura del papel, María se resistía a la idea de que muertos los recuerdos de su madre y abandonada su vida anterior, a ella ya no le quedaba nada. Se resistía a aquella idea con todo el amor y la perseverancia de que disponía. Y cuando se cansaba de resistir, dejaba el bolígrafo sobre la mesa, se levantaba y acudía al encuentro de su madre, a quién abrazaba fuertemente, buscando su olor y la seguridad de su regazo. Y aquella sensación infantil le devolvía las ganas de cuidarla.

  Ese día aún no le habían aparecido las dudas. Se hallaba igualmente sentada frente a la hoja en blanco, mirándola, sintiendo cómo había una idea en lo más profundo de su cerebro, una historia, pujando por manar a la superficie y hacerse visible, dispuesta a ser escrita. Mas nunca llegaba. Siguió pensando, nadando en el mar embravecido de sus pensamientos, en busca de esa idea que anhelaba ser rescatada. Fue entonces cuando escuchó el ruido.

El ruido sonó como un crack. Una fuerte interrogación que lo conmocionó todo…– escribió. Y las palabras brotaron de sus manos cómo si siempre hubieran estado allí, esperando a ser escritas.

La despedida matemática de los amantes genéricos

  Los amantes se despidieron con un largo beso que dejó insatisfechos a ambos.  Al contrario que todos sus besos anteriores, aquel beso les supo a distancia, dejando en sus labios el sabor amargo de la despedida.  Habían sido ilusos, los amantes. Creyendo que el amor podía ser un juego, de tanto jugarlo se terminaron enamorando. Se enajenaron hasta el punto de pensar que podrían desafiar el tiempo y el espacio; y, finalmente, las leyes básicas de la Física se materializaron en aquel beso que, como cualquier otro beso de despedida, les dejo la herida de la separación.
  El resto del mundo siguió ajeno a la tragedia interior de los amantes, LAS tragedias, las dos, una por cada amante. Cada uno se separaba, se alejaba en direcciones opuestas, retirando su amor del otro, forzando a sus propios sentimientos a un retorno cruel desde el objeto deseado hasta la fuente de la que nacieron. Envueltos entre los pasajeros que caminaban por el andén buscando el tren, los amantes se miraron un tiempo, en silencio, perdidos cada uno en sus propias cavilaciones. Ninguno se atrevió a decir te quiero, pensando que era innecesario infligir más heridas a sus ya maltrechos corazones. Se soltaron las manos. Adiós, dijeron, aunque se contaron mucho más con los ojos. El uno dio media vuelta y subió al tren. El otro se quedó mirando hasta que el vehículo comenzó su viaje. Y así retomaron ambos sus vidas en solitario, sin saber cuánto tiempo alcanzarían a quererse en la distancia.
  Fueron ilusos, aunque no fueron necios. Ninguno de los dos creyó nunca en medias naranjas ni en almas gemelas. Ambos supieron siempre de la contingencia del amor. Lo curioso de tal afecto es, que una vez producida la casualidad, el encuentro, nadie le permanece inmutable. La Tierra y la Luna nunca estuvieron predestinadas a encontrarse, pero desde que se vieron por primera vez, ningún humano imagina el destino de la primera sin el voluntarioso discurrir giratorio de la segunda. Sin embargo, por más que sus destinos se hayan visto enlazados durante milenios, si se empujara a la Luna con suficiente fuerza, alcanzaría un punto de no retorno y la gravedad, que sostiene a la luna mucho más de lo que lo hace la querencia por su amada tierra, dejaría de actuar. Y la Luna iniciaría un viaje en solitario, a la espera de que en la cercanía de otro cuerpo celeste, la gravedad la atrajera hacia sí, y se iniciara así un nuevo romance.
  Los amantes se despidieron asustados de aquella certera verdad espacial. Y tristemente supieron que mas allá de la contingencia de su amor, ellos también eran contingentes. Amantes genéricos, representantes ª i cualesquiera de un conjunto A de parejas que se separan dejando su amor inconcluso. Dos don nadies, viviendo el drama matemático que suponía el sometimiento de su amor a las leyes elementales de la Física. Y mientras tanto el resto del mundo vagando en el andén.

La Quimera

La Quimera

dices que me quieres
pero no sé lo que sientes
no sé nada de tu cuerpo
no soy tú
no habito en ti
sólo sé de mí
sólo habito en mí
solo soy yo

me coges de la mano
te agarro pero sigues siendo tú
sigo siendo yo
la promesa del amor es una quimera
la fusión es imposible
siempre serás tú
siempre seré yo
solos
individuos

escucho tus palabras
te conozco
me conoces
pero no sé quien eres
no habito en tí
sólo sé de mí
sólo habito en mi
solo soy yo
eres tu
solos
individuos
y la quimérica promesa del amor

El Ruido VI: Segundo B

  Ella dijo sí. Y cerró la puerta. Aunque en realidad sabía que no. A través de la mirilla lo vio bajar el primer tramo de escaleras, hasta que desapareció en la vuelta que conducía hacia el primer piso. De repente se sintió seis horas más triste.
  Se habían conocido en un popular bar de Triana donde cantaban flamenco en directo.  Carmen estaba sentada en una de las mesas con sus amigas, disfrutando de la noche del viernes. En cuanto lo vio, el cabello rubio del chico le llamó la atención. Lo miró detenidamente y al poco se sintió atraída por él. Era alto, delgado, de aspecto despreocupado y sonrisa franca. No había más que verlo para percatarse de que no era sevillano, ni siquiera español, y sin embargo parecía de esas personas que se desenvuelven con soltura en cualquier parte. Fresco y divertido, se rió y habló con varias personas a pesar de que no parecía estar acompañado por nadie. Al segundo gin tonic Carmen se lo señaló a sus amigas, que admiraron las cualidades corporales del chico. Él seguía ajeno al interés que despertaba su presencia, sentado junto a la barra, como si nunca hubiese mostrado la más mínima preocupación por su aspecto físico. Jaleada por las otras chicas, una de las amigas de Carmen se acercó a saludarlo, por más que ésta intentara evitarlo. Minutos después regresó acompañada de él, que sonrió y saludó educadamente antes de sentarse junto a Carmen. Se llamaba Fréderic y resultó ser canadiense. Había llegado a Sevilla hacía tres días, desde Québec, y pretendía quedarse seis meses estudiando en la Universidad mientras trabajaba de profesor de francés a media jornada. Tenía los ojos vivos y las facciones definidas. Hablaba un español muy pobre y ella no entendía una palabra de francés, así que acordaron hablar en inglés. Ya desde las primeras palabras ambos pudieron sentir una complicidad impropia de un primer encuentro. Tras la conversación en el bar siguieron unas copas en una discoteca y ya al amanecer unos tímidos besos que terminaron con arrumacos en la cama. Y tras esa noche vinieron otras…y después los días; y las tardes; y todo lo demás.

  Carmen se dejó caer contra la puerta, pensando en cuánto tardaría en perder la nitidez el recuerdo que tenía de la cara de Fréderic. Cúanto tiempo habría de pasar sin que sus manos la acariciaran para que su piel olvidara las huellas que ahora estaban frescas, cuánto para que sus oídos no supieran con certeza reproducir su timbre de voz, cuándo no podría alucinar su olor ni recordar el regusto dulce de su piel. El suyo era un amor que los había cogido por sorpresa. Ninguno de los dos esperaba encontrarse aquel viernes. Pero se encontraron. Y seis meses después, también en viernes, Carmen acababa de cerrar la puerta mientras Fréderic se dirigía al aeropuerto de vuelta a su país. El destino gusta de jugar con las coincidencias crueles. A partir de ese momento, pensaba Carmen, todas sus coincidencias espaciales con Fréderic se habían acabado.
  Después de la noche en que se conocieron, no volvieron a hablar sobre la marcha de él hasta que fue inevitable. Se dedicaron a hablar en inglés, a contarse la vida. Él se había criado en un pueblo pequeño del territorio francófono de Canadá y estudiaba Idiomas en la Universidad. Ella había vivido en Sevilla la totalidad de sus 32 años y habitaba un piso en Triana propiedad de sus padres. A sus veintisiete, él había viajado por buena parte de Sudamérica, desarrollando en parte su pasión por la fotografía. Ella posó para él muchas veces. Y poco a poco su casa se fue llenando de fotos. Él conoció Sevilla de su mano, caminando sus calles juntos hasta que recorrieron todos sus recodos. Su relación fluyó de forma natural, sin trabas y sin prisas. Y sin más barreras que las idiomáticas, al final los dos se enamoraron en lengua extranjera. Carmen siempre sintió que, por más que lo intentara, las palabras inglesas no terminaban de recoger todos los matices de sus sentimientos. Era como si tratara de cantar una copla en el idioma foráneo.  Los errores con la lengua les reportaron más de un momento de risas, pero a la hora de estrechar lazos, de decir te quiero, Carmen siempre sentió que algo se perdía en la conversión lingüística. Las palabras inglesas nunca llegaban a sonar con la calidez aterciopelada que envolvía los fonemas españoles.

  Esa mañana habían hecho el amor pausadamente, mirándose a los ojos, sintiendo probablemente por última vez aquella unión que se les había hecho tan familiar, tan permanente. Después de ducharse y tomar un desayuno copioso, Fréderic se dedicó a preparar su equipaje mientras Carmen preparaba la comida. A pesar de que el chico había estado pagando el alquiler de un piso compartido durante su estancia en Sevilla, la realidad era que sus cosas y él mismo llevaban bastante tiempo instalados en el piso de Carmen. Todos los recuerdos que habían acumulado en esos meses encontraron su sitio en una pequeña maleta que el canadiense había comprado en El Corte Inglés. La chica se entristeció al ver su amor rigurosamente empaquetado, dispuesto para ser trasladado hasta otro continente, para ser vivido a partir de entonces en la lejanía.
  Recordó entonces la primera vez que vio una maleta. Contaba cinco años; probablemente ya había visto alguna maleta con anterioridad, pero fue aquel día cuándo descubrió el uso real de aquel instrumento: el de alejar de su vida las cosas más queridas. Se hallaba en la estación de San Bernardo. De la mano de su madre, ambas despedían a su padre, militar de profesión, que partía para la realización de un ejercicio de maniobras. Carmen miraba a la maleta de cuero marrón que portaba el hombre, mientras su madre le daba a él un beso en los labios. Después él se agachó a abrazar a su hija. Me voy a jugar a la guerra.– dijo. La palabra asustó a la niña, que se pasó toda la tarde llorando desde que viera a su padre subir al tren. De nada sirvió que su madre le repitiera una y otra vez que su padre estaba bien y que regresaría en unos días. Cuando volvió, Carmen se alegró mucho, aunque en la ausencia de él, su relación había sufrido un cambio. En cierto sentido, el miedo a la pérdida de aquel hombre hasta entonces omnipotente y omnipresente, había hecho a la pobre niña dudar de su amor por ella. A pesar de que fue él el que partió alejándose en el tren, fue ella la que había iniciado el verdadero viaje. Desde ese momento, en las despedidas siempre se sentía especialmente abandonada.

  -I’m going to miss you a lot.- enunció ella, mientras estaban sentados a la mesa comiendo. Volvió a sentir que sus sentimientos no encajaban completamente en aquellas palabras extranjeras. Algo de la desolación que sentía por la marcha del chico había quedado irremediablemente perdido en la traducción.
  -I’m going to miss you too. But we will talk a lot by Skype…and you know that you have to come to visit me in two months…-él se levantó y la besó dulcemente. Después se sentó de nuevo y terminaron de comer. De vuelta en la habitación, Fréderic daba el último repaso al equipaje.
-¿A qué hora llegas?-preguntó Carmen.
-A las 10. Aquí serán las 4 de la tarde.- En ese momento Carmen cobró una ineludible conciencia de la distancia que los separaría a partir de entonces. Unos cinco mil kilómetros de Océano Atlántico que se extendería entre ellos como un interludio azul inevitable. Cinco mil quinientos kilómetros de tierra y mar, que constituían seis husos horarios. Y pensó en cómo serían sus quereres a partir de ese momento. Hablando por Skype a seis horas de distancia. Sintió pena de su pobre amor, que sería ya viejo en el instante de ser enunciado, deslustrado en su camino cibernético hasta su punto de destino al otro lado del Atlántico. Y lloró. Amargamente. Lloró por los cinco mil quinientos kilómetros, por skype, por los trescientos sesenta minutos de diferencia y por todos los husos horarios. Fréderic trató de consolarla y Carmen fingió que se calmaba. Miró al chico. Y de repente ya lo sintió completamente en la distancia. Sintió extrañeza de su presencia, como si toda la naturalidad de antaño se hubiera difuminado. En su interior, él ya había partido a la guerra. Y Carmen comenzaba otro viaje. Mejor alejarse que ser abandonada.
El chico cogió el equipaje como pudo. Le dio un beso en los labios que a Carmen le supo raro y dio media vuelta saliendo de la casa. Cuando estaba en el primer escalón ella lo llamó. Él se volvió a mirarla y Carmen no supo muy bien qué decir:
-Have a nice trip.-musitó.
-I love you.-dijo él-Talk to you when i arrive.
Ella dijo sí. Y cerró la puerta. Aunque en realidad sabía que no. A través de la mirilla lo vio bajar el primer tramo de escaleras, hasta que desapareció en la vuelta que conducía hacia el primer piso. De repente se sintió seis horas más triste.

  Se sentó en el suelo apoyada contra la puerta, mirando el mural de fotos tomadas por Fréderic que habían instalado en la pared del salón que tenía frente a ella. Pensaba en el viaje que tenía por delante, olvidar a Fréderic y evitar que el par amor-distancia la desgarrase por dentro. Sintió lástima de sí misma, obligada a desenamorarse por miedo a ser abandonada. Volvió a llorar. No habrían transcurrido más de cinco minutos desde que Fréderic se marchara cuando escuchó el ruido proveniente de la calle. Imponente. Pesado. Como todo el océano Atlántico. 

El Ruido V: Segundo A

  Paqui pasaba las noches en vela. La última tregua que le daba el sueño no alcanzaba nunca más allá de las 5 de la madrugada. Pensaba entonces en el peso del silencio. El silencio corrompía todo en su vida, se adentraba en sus entrañas, carcomiendo, devorando sus sentimientos y sembrando culpa y temores a su paso. Aquella mañana, como todas, yacía tumbada en la cama, con los ojos abiertos mientras Mateo dormía a su lado. Su esposo, tranquilo y sosegado, ponía todo su empeño en normalizar el silencio: “todo va bien”, le decía a veces, “al niño no le pasa nada”, insistía, pero la sensación de que algo marchaba mal hacía largo tiempo que se había instalado de forma inamovible en el corazón de Paqui.
  Al principio fue sólo una sensación vaga durante los primeros meses de embarazo, una incertidumbre, un malestar, algunos sueños extraños; pero poco a poco había ido creciendo traicionera y ponzoñosa, contaminándolo todo en su interior, la angustia. Ahora, dos años después de que naciera su hijo, Aarón, aún se despertaba alarmada mucho tiempo antes de que sonase el reloj que había de poner en marcha a su marido. Ella acostumbraba a quedarse quieta en su lado de la cama, esperando a que el día comenzara su ajetreo, pensando en angustias y silencios. Luego él se despertaba, la besaba y, algunas veces, hasta hacían el amor. Y después se marchaba a trabajar. Y entonces Paqui se quedaba sola con el niño. Y poco a poco el silencio inundaba su casa, a pesar de todos los esfuerzos que ella hacía por combatirlo, encendiendo la televisión, la radio o cualquier otro electrodoméstico cuyo sonido se alzara por encima del cruel manto tejido a partir del mutismo de su hijo. Pero Paqui perdía siempre todas las batallas e, impotente, la vida se le deslucía, pudriéndose lentamente bajo la pátina desoladora de los silencios.

  Mateo se despertó con el sonido del despertador y a tientas buscó el botón de apagado. Se desperezó lentamente y se volvió a abrazar a Paqui.
-Buenos días -dijo entre bostezos. -Felicidades mamá -añadió mientras le besaba el cuello a su esposa. Ella respondió quedamente, tratando de no mostrar el desasosiego que la invadía. Ese día Aaron cumplía dos años. Y lo único en lo que pensaba Paqui era en la primera vez en que sintió deseos de abortar.
  Cuando Mateo se metió en la ducha, ella se levantó y se encaminó a la habitación del niño. Lo encontró de pie en la cuna, callado como siempre, con sus preciosos ojos oscuros mirando hacia la puerta pero sin reaccionar ante la presencia de su madre. Paqui se acercó, y en su interior se materializó la misma mezcla de culpa, ternura y desesperación que siempre la invadía cuando observaba a su hijo.
  El niño había sido buscado, Mateo quería que su hijo tuviera un padre mucho más joven del que él tuvo y ella se desvivía por complacer a su marido. Así, a sus veintiocho años, pocos meses después de casarse , Paqui se quedó embarazada. Fue el día que cumplía el tercer mes cuando se despertó sobresaltada por primera vez. Había tenido un sueño extraño, una pesadilla, donde se veía a sí misma alumbrando a una extravagante criatura de cartón, modelada al estilo de las tradicionales marionetas de silueta japonesas, necesitando de Mateo para maniobrar los hilos responsables de su movimiento. Al despertar, tuvo la certeza de que algo no iría bien con su hijo. Trató de hacérselo entender a su marido, pero él, ingeniero de profesión y racional por convicción, no atendía a intuiciones. Los médicos y sus ecografías no hicieron más que darle la razón a Mateo. Lo más que pudo conseguir Paqui fue que le practicaran una amniocentesis, una vez descartado el aborto tras una fuerte discusión con su esposo. Todas las pruebas auguraban buena salud al futuro recién nacido, pero ninguna pudo apaciguar sus dudas. Poco a poco, aquella sensación funesta se fue apoderando de su ánimo, creciendo en su interior como una plaga. Aunque nunca hizo nada en su contra, los últimos meses de embarazo despertaba todos los días deseando que el hijo que albergaba en su interior hubiera muerto. Y ya nunca volvió a dormir tranquila. Pasaba las noches rezando en secreto. Ella, moderna a pesar del nombre y atea para disgustar a su padre, le pedía a Dios, unas veces rogando que le diera un niño sano, las otras solicitando que secara su útero como la tierra yerma.

  -¿Ya estás despierto, bebé?- preguntó mientras cogía al niño. Envidiaba la naturalidad con la que su suegra lo sostenía en brazos cuando los visitaba. Ella se sentía torpe e incapaz de contener sus emociones cuando lo tocaba e, invadida por la angustia, acababa soltándolo y dándole algún juguete. Llevó al niño a la cocina y le dio el biberón y la papilla de frutas mientras Mateo terminaba de arreglarse.
  -¡Buenos días campeón! ¡Felicidades!- fue el sonoro saludo con el que su esposo saludó a su hijo aquel día. Pero campeón continuó absorto, con la boca medio abierta esperando a recibir la próxima cucharada. Advirtiendo la mueca de desagrado en la cara de su esposa, Mateo se apresuró a calmarla:
-Cariño, ya sabes que mi madre dice que yo también fui muy lento…
Paqui hubiera querido decir muchas cosas, hubiera querido decir que el niño no era lento, que al niño le pasaba algo, hubiera querido decir que estaba cansada de esperar… pero calló y no dijo nada, añadiendo otro silencio más a todos los que ya habitaban su casa.
-Adiós cariño- se despidió su marido.
-Que tengas un buen día. Le he dicho a tu madre que venga a las seis, para celebrarlo.- Y le dio un beso en la mejilla. Su suegra, viuda desde hacía más de diez años, era la única invitada a la fiesta de cumpleaños de su hijo. Paqui no tenía relación con sus padres y, aunque Mateo había querido invitar a algunos de sus amigos, ella se opuso. Le aterrorizaba ver a su hijo así, rodeado de otros niños, sabiendo que expuesto a tanta normalidad no habría manera de esconder lo que ella ya sabía y su marido y su suegra aún negaban. Y, sobre todo, le aterrorizaba verse a sí misma rodeada de otras madres, porque ante aquella multitud ella tampoco podría esconder sus carencias. ¿Cómo taparía sus miedos, sus recelos, sus culpas, una vez confrontados con la ternura y la dedicación de las otras madres?

  Una vez que Mateo cerró la puerta notó como el ambiente se hacía más espeso, enrarecido, ahora que los dos estaban solos y no había nadie que hablara. Paqui volvió a coger la cuchara y el tintineo del instrumento contra el cristal del envase de la papilla le pareció excesivo, amplificado por el silencio que comenzaba a tomar posesión de la casa. Se apresuró a poner la tele y terminó de dar de comer al niño evitando en parte su mirada inquietante. Lo metió en el parque infantil y le dio sus figuritas de dinosaurios.
Ella pasó la mañana con la aspiradora, la radio y la lavadora y, aunque no hubo ruido suficiente para cubrir el turbador ambiente que creaba el silencio, esto le bastó para contener sus nervios. De a cada tanto se acercaba a mirar al niño y sobre la una le dio de comer tras cambiarle los pañales. Trató de hablarle animadamente: “Ya eres un niño muy mayor, tienes dos años…y tú mamá y tu papá están muy orgullosos de ti…y te queremos mucho…” pero se sintió extraña e interrumpió el monólogo. Recordó una antigua canción que le cantaba su madre cuando era niña, pero se sintió incapaz de recitársela a su hijo, sin saber dónde habrían de anidar sus palabras y si acaso no harían más que eco contra las paredes. Las pruebas médicas habían confirmado que el niño oía y ella estaba segura de que ese no era el problema. El problema era que su hijo no estaba allí. En el interior de aquel cuerpo menudo sólo se hallaba la nada insondable. Por eso ella se sentía tan terriblemente sola cuando estaba con él. Porque su silencio era mucho más profundo que cualquier falta de audición.

  Después de comer cargó el lavavajillas y se afanó en preparar un bizcocho para esa tarde, agradeciendo el murmullo de la batidora al mezclar la masa. Mientras lo metía todo en el horno no pudo evitar acordarse de sus fiestas de cumpleaños infantiles. Se preguntó si alguna vez organizaría alguna fiesta así para su hijo, si alguna vez él traería amigos a casa…y se preguntó si alguna vez habría siquiera amigos. Se sentó en la mesa del salón a esperar que el calor y la levadura hicieran su trabajo con la masa del bizcocho. Se quedó mirando los juegos de su hijo. Cogía los juguetes con torpeza, no se reía, se limitaba a repetir algunos movimientos de un modo casi mecánico. La imagen de la marioneta de su sueño volvió a su mente y se le erizó el vello. Se preguntó cómo sería ser madre de un hijo normal. Cómo sería sentir eso que sentían todas las madres y ella nunca acababa de sentir. Se preguntó cómo sería sentir amor por un hijo. Y pensó que todo sería más fácil si el niño hablara. Lo vio allí, ingenuo, ajeno a todo, torpe y autista, con la mirada perdida mientras jugaba con dinosaurios. Y no pudo contener sus nervios. Agarró al niño en brazos y lo colocó ante sí, buscando sin éxito su mirada. Lo zarandeó y gritó: ¿Por qué no hablas? ¿Por qué no hablas? Hijo de puta ¿por qué no hablas? y rompió a llorar, incapaz de sostener a su propio hijo más tiempo en sus brazos.
  Le hubiera gustado llamar a su madre y compartir sus miedos con ella, pero no hablaban desde hacía tiempo. Paqui nunca pudo perdonarle que no asistiera a su boda. Probablemente su madre no compartía la opinión de su padre sobre el pecado que constituyen los matrimonios civiles, pero jamás se habría atrevido a oponerse a él pública o privadamente. Así que ninguno de los dos acudió al evento.

  Seguía llorando desconsolada y silenciosamente, sentada en una silla en mitad del salón cuando escuchó el ruido. Sonó seco pero fuerte, lo suficiente como para alzarse por encima del murmullo de la televisión. Se asomó a la ventana y le horrorizó lo que vio. Y frente al bullicio de la calle en su casa reinaba el silencio. El niño-marioneta seguía jugando con dinosaurios.