Cuando esa palabra hasta entonces inerte, como un cuchillo se abre camino desgarrando todo el hilo de sentido de tu vida, depositando en ella la desoladora crueldad de todas sus significaciones semánticas

Lo peor viene cuando cierras la puerta, cuando todos se han ido y ya sólo queda de ellos el eco de todos sus losiento y teacompañoenelsentimiento. Lo peor es cuando cierras la puerta y la soledad cae como un manto de plomo sobre tus hombros, cuando se han terminado los abrazos y los apretones de manos, los besos y los llantos compungidos de tanatorio, las palabras de aliento. Lo peor, lo peor es cuando la vida sigue. Y, ¿cómo sigue?

Lo peor es cuando después de cerrar la puerta te das la vuelta y ves la casa vacía. Vacía. Con ese silencio sepulcral ―¿no es irónico?― que ya nunca llenarán sus risas ni sus palabras. Con ese silencio sepulcral, sepulcral, que no se irá nunca por más que pongas la tele o la radio, por más que canturrees o que suene el teléfono cuando tu hermana al otro lado de la línea llame para preguntar que cómo estás. Ese silencio es un silencio distinto, un silencio huérfano de su voz extinta. Un silencio de calma tensa, de pena abrumadora, de llanto contenido. Es un silencio mortuorio. Un silencio de faldas negras por debajo de la rodilla, de camisolas negras, de ojeras negras de noches negras sin sueño. Un silencio de crucifijo y velas encendidas frente a la foto del muerto. Muerto, sí, porque cuando cierras la puerta ya no hay forma de no darse cuenta de que se ha muerto. Se te ha muerto, porque los muertos siempre se le mueren a alguien y, ese día, cuando te das la vuelta y ves la casa vacía ese alguien eres tú.

Lo peor es cuando, por más que quieras, nunca te vas a acostumbrar a cocinar para una, y entonces el hábito de echar otro puñado de arroz se convierte en el recuerdo mortificante de la falta del muerto que se te ha muerto. Lo peor es cuando llegas a la habitación y encuentras la cama aún desecha. La misma cama donde ayer por la mañana te encontraste que el vivo se había transmutado en muerto y donde ahora, a solas, tienes que decidir si vas a volver a acostarte ahí o si te mudas definitivamente al sofá, huyendo del dolor insoportable que te despiertan el hueco vacío, el olor conocido, los cabellos sobre la almohada y las huellas de los abrazos nocturnos de todos los años de matrimonio. Lo peor viene cuando te levantas al día siguiente y el muerto sigue muerto. Y la casa vacía. Y el silencio sigue pesando como un manto de plomo sobre tus hombros. Y la cama…

Y aún peor será cuando se les ocurra venir y te insistan en que tienes que salir, cuando quieran ayudarte a sacar su ropa de los armarios, cuando quieran que te apuntes a yoga o a un viaje a la playa. Vendrán, vendrán y dirán que tienes que seguir adelante, que la vida no se acaba, y lo más que acertarás a decir será que sí, que ya mañana si eso, y torcerás el gesto mientras cierras otra vez la puerta, pensando en lo fácil que se ve todo cuando el muerto no es tuyo. Porque el muerto, de quien es, es tuyo y de nadie más. Y eso es justo lo que piensas al cerrar la puerta, cuando te quedas a solas con el silencio sepulcral que lo embarra todo con una pátina de tristeza de casa de tragedia. Y entonces caes en la cuenta de que te ha tocado lo peor. Porque lo peor, sin ninguna duda, es cuando esa palabra hasta entonces inerte, como un cuchillo se abre camino desgarrando todo el hilo de sentido de tu vida, depositando en ella la desoladora crueldad de todas sus significaciones semánticas: viuda.

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