Desencuentros

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Cogió su copa de la barra y, tras pagar al camarero, se dirigió a una de las mesas del fondo. Se sentó de cara a la multitud que habitaba el local ―le pareció que era mejor así―, en lugar de sentarse en el sentido opuesto, donde solo hubiera podido mirar a la gente de la última mesa y, en último término, a la pared. Había pedido una copa de vino blanco y ahora se arrepentía. “¿Quién se pide una copa de vino blanco en un bar como este, un sábado por la noche, en España? Ni que fuera americana”, pensó.

La idea de salir le había parecido mejor en su cabeza, cuando estaba en casa, que en ese momento en que de repente la situación se había materializado. La música alta, la gente de las mesas y los que estaban de pie formando corrillos que charlaban animadamente, las risas, la luz tenue… Se sintió sola, tan sola como puede sentirse una mujer de treinta años en un bar de una ciudad desconocida un sábado por la noche. No supo qué hacer; le pareció que se había equivocado. Llevaba solo una semana viviendo en esa ciudad, a donde se había mudado por una propuesta de trabajo que había aceptado sin pensar y, sobre todo, sin avisar a nadie. Tenía treinta años y no sentía ninguna atadura especial a nada, ni a su familia, ni a sus amigas (las pocas con las que contaba), ni a sus propios orígenes; aunque anhelaba fervientemente encontrar esas ataduras, poder anudarse a algo, a alguien, que la conectara con el mundo y sintiera, por una vez al menos, que pisaba la tierra. Pero quizá, quizá, salir de repente a un bar en la noche de un sábado no era la mejor opción para conocer a gente. “¿Hubiera sido mejor apuntarse a yoga, a clases de cerámica?” Se sintió ridícula, más bien llena de ridículo, como si fuera un globo que pudiera inflarse de vergüenza hasta el punto de estallar. Era una sensación tan conocida para ella. Pensó en salir corriendo y dejar su copa allí, con el vino como único testigo de su presencia esa noche, pero, entonces, miró hacia el fondo del bar y lo vio. Lo vio. Era alto, rubio y tranquilo, o al menos parecía tranquilo, apoyado en la barra, bebiendo a ratos sorbos de su bebida ―que, por supuesto no era vino― de la misma manera que podría haber estado haciéndolo en el salón de su propia casa, sin un ápice de ridículo a pesar de que él también estaba solo. Estaba cómodo, esa era la palabra, cómodo en medio de aquella multitud que trataba de articular mil conversaciones por encima del ruido de la música. Era guapo y vestía bien, pero ambas cosas de forma discreta, como sin darse cuenta, sin estridencias, de modo que solo era notable para quien se fijara detenidamente. Tan detenidamente como ella, que no podía apartar los ojos de él. Ni siquiera cuando él giró la cara y la miró frente a frente, ni siquiera entonces pudo parar de mirarlo. De lejos y en la penumbra del bar sólo interrumpida por las lamparitas de las mesas que emitían una ligera incandescencia amarilla, le pareció que tenía los ojos pardos, aunque en realidad los tenía verdes, pero eso ella no podía saberlo a esa distancia. Daba igual, lo que importaba era que se quedó atrapada en su mirada. Le pareció adivinar en ella el sabor de su boca e imaginó los miles ―¿sólo miles?― de besos que le daría a lo largo de los años de su vida, empezando por el primero, que ocurriría esa misma noche, sólo unos minutos después de conocerse. Unos minutos que, por pocos que fueran, a ella se le harían eternos, nerviosa como estaría, con las piernas temblorosas y ese tremor que recorre el cuerpo cuando se desea que esa, esa, sea la persona que acabe sintiendo lo mismo que siente una, justo en ese momento. Allí con sus miradas trabadas, le pareció también sentir el escalofrío de todas las caricias que habrían de venir, las risas y las bromas entre ambos…¿Qué nombres se pondrían? ¿Cómo se llamarían el uno al otro al abrigo del secreto que todas las parejas guardan cuando se cierran las puertas de casa? Por una vez imaginó lo que sería pasar la vida junto a otra persona, sin querer renunciar nunca a su compañía y poder compartir con él todos los amaneceres, los atardeceres y hasta todos esos momentos del día que ni siquiera tienen la importancia suficiente como para gozar de un nombre. Todo eso vio en su mirada en los breves segundos en que sus ojos se encontraron en medio de aquel bar atestado de gente un sábado por la noche. De pronto, él levantó la mano y la agitó con suavidad, con un saludo tan leve como afectuoso, en un gesto que parecía resumir todo lo que él era. Guapo, leve y afectuoso. Ella se sintió aterrada. Notó primero en su cara cómo la abandonaba el candor, palideciendo ―otra vez la vergüenza― para ruborizarse inmediatamente después. No podía creerlo. “¿Es a mí? ¿Me está saludando a mí?” Instintivamente miró hacia los lados, buscando a cualquier otra mujer que pudiera ser merecedora de aquel saludo mucho más de lo que podía ser ella. No encontró a nadie, a un lado solo estaba la pared y, al otro, todo el mundo se movía ajeno al tipo. “¿Cómo se llamaría?”.

Volvió a mirarlo. Él sonrió, los dientes blancos y la cara iluminada entera por aquella sonrisa. Sonreía como sonríe una buena persona, pensó ella, sin poder creer aún su buena suerte, la belleza infinita de las casualidades con la que la fortuna teje a veces los hilos de la vida. Ella que había estado a punto de irse, después de haber salido sola a un bar impulsivamente y, de repente, encuentra al amor de su vida. Cogió su copa de vino ―“ay Dios mío, por qué habré pedido vino― bebió un trago largo y saludó. Fue un gesto pequeño, casi invisible, tan casi invisible como era ella. Él no se inmutó, siguió sonriendo con la cara iluminada. Ella se extrañó, pensó en volver a saludar, esta vez con más firmeza, quizá acompañándolo de una sonrisa…Y entonces, por encima del ruido, le alcanzó el diálogo de las dos mujeres que había sentadas en la mesa de atrás:

―Anda, mira, ¡allí está! ―la voz de la mujer estaba llena de ilusión.

―Tía, ¿es ese? Me muero. ¡Está buenísimo!

La mujer cuya voz estaba llena de ilusión se levantó de la mesa y caminó deprisa hacia el hombre cómodo. Se saludaron cariñosamente. Se besaron en los labios.

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