Desencuentros (2)

La breve carrera le había dejado algunas gotas de sudor marcadas en la camisa. Había llegado justo cuando el autobús hacía entrada en la parada, momento en el que se dio cuenta de que se había olvidado la cartera en casa. Cuando ya empezaba a pensar que la suerte había vuelto a abandonarlo, se topó con el cartel que anunciaba que hacía dos semanas habían implantado el sistema de pago a través del móvil. Por fin un respiro, se dijo. Últimamente, la vida no había sido fácil, así que cualquier cosa, por pequeña que fuera, que le diera algo de alivio, era de agradecer. Casado desde hacía tres años, en pareja desde hacía diez, una tarde dos meses atrás, al llegar del trabajo, su marido ―ahora exmarido― se había sentado frente a él, muy serio. Lo siento ―empezó―, no hay forma agradable de decir lo que te voy a decir, pero esto no funciona. Yo ya no te quiero ―terminó. 

Y así, cinco palabras ―«Yo», «ya», «no», «te», «quiero»― habían cambiado por entero su vida. Lo cierto es que, para él, las cosas sí que funcionaban; él sí se sentía bien y sí que quería a su marido. Así que, cuando le dijo aquello, cuando las cinco palabras se quedaron flotando en el aire entre ambos, ensanchándolo, abriendo una grieta que habría de ser después abismo, no pudo siquiera reaccionar. No llegó ni a preguntar qué era eso que no iba bien. No preguntó en qué momento había dejado su marido ―exmarido― de quererlo; en qué momento había pasado a fingir el amor, a que sus besos y caricias fueran mentirosos, mientras dejaba correr los días con disimulo, tratando de no levantar sospechas hasta que llegara el momento oportuno de emitir aquella sentencia: Yo ya no te quiero. Y así, inesperadamente, se había encontrado de repente soltero. Ahora ya divorciado, se sentía raro; le habían cambiado la vida por una que no había elegido. En público mantenía la compostura y siempre respondía que estaba bien cuando alguien se interesaba por él; pero no estaba bien. Detestaba la sensación de encontrarse fuera de lugar que lo acompañaba todo el día. Fuera de lugar cuando se levantaba por las mañanas, cuando se lavaba los dientes, cuando comía, cuando tomaba algo con algún amigo ―ahí más que nunca― o cuando después de una breve carrera cogía el autobús para ir a trabajar un viernes cualquiera de finales del mes de junio. 

Así que ahí estaba, divorciado, raro, fuera de lugar, un señor de cuarenta y tantos años pagando con el móvil el billete de autobús. Se dirigió al fondo y encontró dos asientos libres. Eligió el del pasillo, intentando dificultar así que alguien se sentara junto a él y, a ser posible, hacer los veinte minutos de trayecto a solas, tranquilo, pudiendo sentir su desdicha a pleno pulmón, sin tener que disfrazarla para evitar que cualquier desconocido que estuviera a su lado pudiera notarla. Él, que en realidad disfrutaba de la compañía de la gente, se había vuelto ahora un tanto huraño y le apenaba sentirse así. A menudo se descubría a sí mismo preguntándose, incómodo, ¿Qué voy a hacer ahora? Esa pregunta, nunca formulada en voz alta, escondía otras aún más dolorosas: ¿qué será de mí?, ¿volveré a conocer a alguien alguna vez?, ¿cómo se liga ahora? Aunque pensaba que esta última cuestión podía parecer algo superficial, era la que más le atormentaba porque le hacía sentir desfasado con respecto al resto del mundo, como si fuera un viejo que de repente se cuela en una fiesta universitaria.

Miró por la ventanilla, un poco deslumbrado por la luz del sol que, incluso en esa hora temprana de la mañana, ya brillaba con fuerza; pero aun así le gustó sentirlo en la cara, como una caricia, antes de que el calor se volviera asfixiante a mediodía. Se quedó ensimismado, con la mano apoyada en el mentón, viendo los destellos que la luz formaba al filtrarse entre las hojas de los árboles que se sucedían mientras el autobús recorría la avenida, disfrutando, por primera vez en muchos días, de un leve momento de paz. Suspiró. Absorto en sus propios pensamientos, no se percató de que el autobús se había detenido en otra parada y habían comenzado a subir otros pasajeros. 

―Perdona, ¿me dejas pasar? ―La pregunta lo sacó de su ensueño.

Se volvió a mirar y se encontró de frente con un… ¿un chico? ¿un hombre? Le calculó unos diez años menos que él, o sea, entre los treinta y los treinta y cinco, en esa edad en la que no sabía muy bien si referirse a él como un chico o como un hombre. Chicombre. Era moreno, el pelo ondulado, caracoleante, los ojos oscuros penetrantes. Tenía una ligera asimetría en la cara que, lejos de afearlo, lo hacía parecer aún más masculino, como si la biología hubiera querido, por medio del defecto, corregir unas facciones que, de otro modo, le habrían hecho parecer un querubín. 

―¿Me puedo sentar? ―insistió esbozando una sonrisa. Tenía acento de otra región. 

―¿Sentarte? ―respondió él torpemente―. Claro.

Lo dejó pasar, avergonzado por haber tardado en responder más segundos de los necesarios. Percibió su olor cuando se deslizó para ocupar el asiento y, sorprendido por la fuerza de sus propias emociones, notó en su cuerpo el repentino deseo de abrazarlo. El autobús reanudó su camino. 

Se tomó un tiempo antes de atreverse a mirar de nuevo al chicombre, que a su vez se encontraba observando el paisaje urbano a través de la ventanilla. Lo contempló con detenimiento y pensó que le gustaba todo de él: los brazos fuertes cubiertos de una fina capa lanosa de vello negro; los labios carnosos; el pelo mojado cayendo sobre su cuello, cuya línea hubiera querido acariciar. Había algo en él que le daba ese aire desenfadado de estar de paso. ¿De dónde sería? Llevaba unos auriculares colgados y le pareció reconocer algunas notas de lo que estaba sonando. Era una canción de amor (¿acaso no lo son todas?, pensó). Le hubiera gustado preguntarle su nombre y oír de nuevo el sonido de su voz, pero no supo cómo iniciar la conversación; le dio vergüenza. 

El vehículo dio un salto al atravesar un bache y el movimiento hizo que sus brazos se tocaran. Él sintió inmediatamente su piel encenderse y, aunque pensó en retirarse, se percató de que al otro no pareció importarle el contacto; así que se quedó quieto, expectante, ansiando que el momento se prolongara. Pasaron lentamente los segundos, dos, tres, cinco, nueve, diez… Poco a poco fue destensando su cuerpo, se relajó y comenzó, entonces, a disfrutar de la sensación de cercanía con el otro. Deseó, de hecho, ávido, poder acercarse un poco más, ganando milímetro a milímetro tanto terreno como le fuera posible, tratando de que sus cuerpos se fundieran en un beso aún más profundo, aunque solo fuera a través de una parte tan insignificante como los antebrazos. Se concentró en ese roce: imaginó su epidermis empujando la del otro, al abordaje, queriendo invadirla para poseerla por entero. E imaginó sus átomos ―sí, sus átomos―, los elementos últimos que componían su cuerpo, chocando, bailando, revoloteando alrededor de los átomos que conformaban el cuerpo del otro. Eran, pensó, sus pieles haciendo el amor.

Se sobresaltó cuando el otro movió el brazo levemente, pero finalmente no solo no se apartó, sino que terminaron de unirse, también, por el dorso de las manos. Temió arrebolarse. Dudó por un instante si no estaría alucinando toda la situación y se sintió estúpido por soñar que su piel copulaba con la del otro en aquel contacto, pero aun así se dejó llevar, con el corazón desbocado, y empujó un poco más su mano contra la del otro. No se atrevió, sin embargo, a estirar sus dedos por temor a romper el hechizo del momento, pero hubiera querido hacerlo; tanto que, de haber podido, los habría extendido hasta conseguir doblarlos en sentido antinatural para entrelazarlos con los del otro. Maldijo en silencio a la anatomía que, cruel, se empeña generación tras generación en dotarnos de falanges que solo nos permiten flexionar la mano hacia dentro y no hacia fuera. No podría decir cuánto tiempo pasó así, sumido en esa intimidad con el otro mientras el resto de pasajeros ―sentados o de pie agarrados a una barra― permanecían ajenos al amor de sus brazos. Algo dentro de sí le dijo que debería reunir el valor para hablar, hacer cualquier pregunta, por nimia que fuera, que diera lugar a una posibilidad de conversación.

―Te voy a molestar otra vez ―dijo de pronto el chicombre―, pero creo que esta es mi parada.

El golpe de realidad le dolió.

―Claro ―respondió él, tratando de esconder la tristeza que se filtraba en su voz.

Le dejó paso. Sus pieles se separaron. Aspiró una última bocanada de su aroma cuando cruzó frente a él dejando el asiento solitario. Lo miró a través de la ventanilla mientras se alejaba a paso relajado en dirección a la estación de tren. El autobús reemprendió la marcha.

Desencuentros

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Cogió su copa de la barra y, tras pagar al camarero, se dirigió a una de las mesas del fondo. Se sentó de cara a la multitud que habitaba el local ―le pareció que era mejor así―, en lugar de sentarse en el sentido opuesto, donde solo hubiera podido mirar a la gente de la última mesa y, en último término, a la pared. Había pedido una copa de vino blanco y ahora se arrepentía. “¿Quién se pide una copa de vino blanco en un bar como este, un sábado por la noche, en España? Ni que fuera americana”, pensó.

La idea de salir le había parecido mejor en su cabeza, cuando estaba en casa, que en ese momento en que de repente la situación se había materializado. La música alta, la gente de las mesas y los que estaban de pie formando corrillos que charlaban animadamente, las risas, la luz tenue… Se sintió sola, tan sola como puede sentirse una mujer de treinta años en un bar de una ciudad desconocida un sábado por la noche. No supo qué hacer; le pareció que se había equivocado. Llevaba solo una semana viviendo en esa ciudad, a donde se había mudado por una propuesta de trabajo que había aceptado sin pensar y, sobre todo, sin avisar a nadie. Tenía treinta años y no sentía ninguna atadura especial a nada, ni a su familia, ni a sus amigas (las pocas con las que contaba), ni a sus propios orígenes; aunque anhelaba fervientemente encontrar esas ataduras, poder anudarse a algo, a alguien, que la conectara con el mundo y sintiera, por una vez al menos, que pisaba la tierra. Pero quizá, quizá, salir de repente a un bar en la noche de un sábado no era la mejor opción para conocer a gente. “¿Hubiera sido mejor apuntarse a yoga, a clases de cerámica?” Se sintió ridícula, más bien llena de ridículo, como si fuera un globo que pudiera inflarse de vergüenza hasta el punto de estallar. Era una sensación tan conocida para ella. Pensó en salir corriendo y dejar su copa allí, con el vino como único testigo de su presencia esa noche, pero, entonces, miró hacia el fondo del bar y lo vio. Lo vio. Era alto, rubio y tranquilo, o al menos parecía tranquilo, apoyado en la barra, bebiendo a ratos sorbos de su bebida ―que, por supuesto no era vino― de la misma manera que podría haber estado haciéndolo en el salón de su propia casa, sin un ápice de ridículo a pesar de que él también estaba solo. Estaba cómodo, esa era la palabra, cómodo en medio de aquella multitud que trataba de articular mil conversaciones por encima del ruido de la música. Era guapo y vestía bien, pero ambas cosas de forma discreta, como sin darse cuenta, sin estridencias, de modo que solo era notable para quien se fijara detenidamente. Tan detenidamente como ella, que no podía apartar los ojos de él. Ni siquiera cuando él giró la cara y la miró frente a frente, ni siquiera entonces pudo parar de mirarlo. De lejos y en la penumbra del bar sólo interrumpida por las lamparitas de las mesas que emitían una ligera incandescencia amarilla, le pareció que tenía los ojos pardos, aunque en realidad los tenía verdes, pero eso ella no podía saberlo a esa distancia. Daba igual, lo que importaba era que se quedó atrapada en su mirada. Le pareció adivinar en ella el sabor de su boca e imaginó los miles ―¿sólo miles?― de besos que le daría a lo largo de los años de su vida, empezando por el primero, que ocurriría esa misma noche, sólo unos minutos después de conocerse. Unos minutos que, por pocos que fueran, a ella se le harían eternos, nerviosa como estaría, con las piernas temblorosas y ese tremor que recorre el cuerpo cuando se desea que esa, esa, sea la persona que acabe sintiendo lo mismo que siente una, justo en ese momento. Allí con sus miradas trabadas, le pareció también sentir el escalofrío de todas las caricias que habrían de venir, las risas y las bromas entre ambos…¿Qué nombres se pondrían? ¿Cómo se llamarían el uno al otro al abrigo del secreto que todas las parejas guardan cuando se cierran las puertas de casa? Por una vez imaginó lo que sería pasar la vida junto a otra persona, sin querer renunciar nunca a su compañía y poder compartir con él todos los amaneceres, los atardeceres y hasta todos esos momentos del día que ni siquiera tienen la importancia suficiente como para gozar de un nombre. Todo eso vio en su mirada en los breves segundos en que sus ojos se encontraron en medio de aquel bar atestado de gente un sábado por la noche. De pronto, él levantó la mano y la agitó con suavidad, con un saludo tan leve como afectuoso, en un gesto que parecía resumir todo lo que él era. Guapo, leve y afectuoso. Ella se sintió aterrada. Notó primero en su cara cómo la abandonaba el candor, palideciendo ―otra vez la vergüenza― para ruborizarse inmediatamente después. No podía creerlo. “¿Es a mí? ¿Me está saludando a mí?” Instintivamente miró hacia los lados, buscando a cualquier otra mujer que pudiera ser merecedora de aquel saludo mucho más de lo que podía ser ella. No encontró a nadie, a un lado solo estaba la pared y, al otro, todo el mundo se movía ajeno al tipo. “¿Cómo se llamaría?”.

Volvió a mirarlo. Él sonrió, los dientes blancos y la cara iluminada entera por aquella sonrisa. Sonreía como sonríe una buena persona, pensó ella, sin poder creer aún su buena suerte, la belleza infinita de las casualidades con la que la fortuna teje a veces los hilos de la vida. Ella que había estado a punto de irse, después de haber salido sola a un bar impulsivamente y, de repente, encuentra al amor de su vida. Cogió su copa de vino ―“ay Dios mío, por qué habré pedido vino― bebió un trago largo y saludó. Fue un gesto pequeño, casi invisible, tan casi invisible como era ella. Él no se inmutó, siguió sonriendo con la cara iluminada. Ella se extrañó, pensó en volver a saludar, esta vez con más firmeza, quizá acompañándolo de una sonrisa…Y entonces, por encima del ruido, le alcanzó el diálogo de las dos mujeres que había sentadas en la mesa de atrás:

―Anda, mira, ¡allí está! ―la voz de la mujer estaba llena de ilusión.

―Tía, ¿es ese? Me muero. ¡Está buenísimo!

La mujer cuya voz estaba llena de ilusión se levantó de la mesa y caminó deprisa hacia el hombre cómodo. Se saludaron cariñosamente. Se besaron en los labios.