
¿Te has preguntado alguna vez de qué están hechas las palabras? ¿Cuál es el material que las compone y hace que algunas nos embelesen y que otras nos parezcan detestables? ¿O qué es eso que hace que un idioma sea bello, de forma que cualquier esfuerzo poético resulte conmovedor, mientras que en otros idiomas es necesario un arduo afán para conseguir el mismo efecto? No hay ningún gran misterio. La respuesta a estas preguntas es, simplemente, el sonido. Porque las palabras, al menos para todos aquellos que gozamos del privilegio de escuchar, están hechas para ser habladas. Incluso ahora, que estás leyendo, seguro que en tu mente suenan, rugientes, los sonidos de las letras y sílabas que capturan tus ojos. Quizá incluso seas de los que musitan mientras leen, incapaces de dejar las palabras huérfanas de su decir sonoro. En lo que probablemente sea el logro más destacable de nuestra especie, el ser humano inventó el lenguaje, y les dio nombre a todos los objetos del mundo (por infinitos que parezcan) y se lo dará a todos los que aún están por existir. Y así nacieron las palabras, poniendo a los sonidos por vestiduras que abrazaron las ideas que habían de transmitir, el significado que debían representar, la imagen que debían evocar. Sin que sepamos muy bien cómo, en algún momento de la historia alguien comenzó a llamar mesa a esa forma que ahora se dibuja en tu cabeza, y por un acuerdo tácito que todos los que hablamos español mantenemos, la imagen de ese objeto ya nunca será desligada del sonido que producen las cuatro letras que componen la palabra cuando las pronunciamos juntas. Un francés, sin embargo, o un japonés o un sueco, se quedaría impertérrito, ajeno a la evocación que esa huella sonora produce en los hispanohablantes, porque, en cada lengua, los sonidos elegidos para conformar las palabras son distintos. Y precisamente por eso hay palabras que son bellísimas en un idioma y terriblemente anodinas en otro.
Así sucede, por ejemplo, con la palabra wound [wuːnd], que en inglés designa lo que nosotros conocemos como herida. Wound se siente en el cuerpo, es un amenazante cuchillo afilado siempre al borde de la afrenta; mientras que en nuestra herida, los sonidos resbalan por la piel, cosquillean, como los guijarros que caen ladera abajo arrastrados por la gravedad, pero sin la fuerza suficiente para arañar siquiera la superficie de la montaña.
Y qué decir de bloom [bluːm], ante la cual nuestra cursi florecer palidece. Bloom es una bomba que estalla para abrir todas las flores en un éxtasis primaveral al que solo le faltaría que los sonidos pudieran también transmitir el olor. Lástima que no.
Por último, una no monosilábica y de traducción casi imposible: heartbreaking [hɑːtbɹeɪkɪŋ]. Si nos ciñéramos a la literalidad, diríamos que se traduce como rompecorazonador. ¿Acaso no es maravilloso que exista una palabra, una sola, para designar esto? La cualidad de un objeto, una situación o cualquier cosa para partirnos el corazón. Aunque la española desgarrador deja sentir amargamente la rasgadura de lo que se rompe, no llega a recoger de la misma manera el quebranto del órgano, que se nota, prístino, en la forma inglesa.
Pero quizá todo esto, todo lo que acabo de contarte, no sea más que una estupidez y tú nunca te hayas preguntado de qué están hechas las palabras. O tal vez, si has llegado hasta aquí, te estés cuestionando ahora si acabo de contarte una historia acerca de tres palabras inglesas. Pues sí, pero ¿acaso no te ha gustado?