Desencuentros (3) – Linaje

Las motas de polvo bailaron en el haz de luz que iluminó la estancia al subir la persiana. La habitación, la casa entera, olía a cerrado, a pesar de que se había pasado los últimos cuatro días limpiando. Como única descendiente de su abuela, fallecida a los ciento un años, la tarea le correspondía enteramente a ella. Abrió la ventana, intentando que el aire barriera aquel olor que había empezado a detestar y que no hacía más que recordarle, a cada inspiración, que ahora se encontraba completamente sola en el mundo. Era la única de toda su familia que quedaba. Un accidente de tráfico se había llevado a sus padres cuando tenía quince años y un cáncer a su abuelo unos años después. A sus abuelos paternos no había llegado a conocerlos y tanto su madre como su padre habían sido hijos únicos. Así que, aunque la muerte de su abuela María no la había tomado por sorpresa, la había dejado sumida en un desasosiego que no había experimentado antes.

Habría querido prepararse un café, pero temía volver a pasar otra noche sin dormir y se encontraba agotada. La sensación de soledad se había multiplicado desde que había vuelto al pueblo. Miró en derredor y le sorprendió que aún quedaran tantas cosas pendientes de recoger. La casa de su abuela siempre había sido así, llena. Las distintas estancias se habían ido llenando de muebles y objetos de distintas épocas, sin que lo nuevo desalojara en ningún momento a lo anterior, de modo que podía seguirse, aunque fuera de manera zigzagueante, la línea de la historia de la familia. Recorrer esa historia, a través de los objetos que iba metiendo en cajas, le dolía. Se había pasado los últimos cuatro días con una sensación de angustia, una opresión en el pecho que se incrementaba por las noches, impidiéndole conciliar el sueño. Así que no, mejor olvidarse del café.

Cogió su teléfono y puso música, solo para dispersar los pensamientos que se arremolinaban en su cabeza. Estaba harta de luchar contra su propia mente. Se repetía a sí misma, tratando de ser racional, que no era cierto que estuviera completamente sola: tenía muchos amigos, compañeras del trabajo, gente que la quería. Al fin y al cabo, la familia no es solo la sangre, se decía. Pero daba igual, siempre perdía la batalla y la invadía la sensación implacable de la soledad. Era una persona sola en el mundo, la última semilla de un linaje ahora extinto.

Suspiró mientras ponía varias cajas de cartón al pie de la librería. Cualquier sitio es bueno para empezar, pensó. Los libros desbordaban las estanterías, de modo que no estaban perfectamente alineados, sino que formaban pequeñas pilas en algunas partes, estaban colocados en dos filas en otras, se alternaban a veces con otros objetos…Ay, abuela, qué manía con no tirar nada. Comenzó a sacar libros, sin mirarlos apenas, dejándolos caer en las cajas con desgana. El polvo le irritó los ojos. La tarea le llevó más tiempo del que esperaba, a pesar de que ni siquiera se paró a mirar con detenimiento lo que estaba haciendo. Sin embargo, al retirar una pequeña pila de libros en el fondo de la estantería de arriba, una caja llamó su atención. Tuvo que subirse a una silla y estirar el brazo para poder alcanzarla. Notó el tacto rugoso de la madera en sus dedos. ¿En qué momento habría puesto su abuela aquello allí y en qué momento lo habría olvidado? La abrió y se sorprendió al encontrar, llena de dobleces, una carta. El papel estaba amarillento y el trazo del lápiz apenas era legible por los estragos del paso del tiempo. Se acercó a la ventana y, amparada por la luz del sol, la leyó.

4 de marzo de 1951.

Mi querida María.

Sé que me pediste que no volviera a escribirte, y he querido respetar tus deseos, pero no he podido. He hecho que mi hermano me jure que te entregará esta carta, a pesar de sus reticencias, para asegurarme de que te llegará y podrás leerla.

Todas las noches pienso en ti y en todas las cosas que querría decirte, pero luego por la mañana, cuando me pongo a escribir, se me han borrado las palabras y lo único que me sale decirte es que te quiero. Que te quiero con locura. Que eres la única razón por la que me merece la pena seguir en este mundo cruel que nos ha tocado vivir y la única por la que sería capaz de volver a España. Volvería aunque fuera solo para ver una vez más tu cara; aunque me mataran y me dieran sepultura incluso antes de poder hablar contigo o de tocar tus manos o besarte. Hasta ese punto te quiero.

Me parte el alma pensar que estás allí, embarazada, mientras que yo tengo que estar lejos de ti y de la criatura que llevas en tu vientre.

Ya sé que Paco es bueno contigo y que os queréis, pero también sé que no lo quieres de la misma manera que me quieres a mí. Porque si algo sé, es que tú a mí me quieres tan locamente como yo te quiero a ti. Por eso me corroe las entrañas pensar que no estamos juntos, como correspondería, tú y yo y el hijo que nazca de nosotros dos.

Por desgracia, ya lo sabes, yo no puedo volver al pueblo para estar contigo… estos son los tiempos que nos han tocado. Pero si te digo la verdad, ahora que he visto el mundo, no quisiera volver. Lo que yo quisiera es que tú te vinieras conmigo. Ya está, ya lo he dicho. Ese es el motivo de esta carta, pedirte que te vengas conmigo y que vivamos juntos la vida que estamos destinados a vivir. En Francia se puede tener una vida digna, pero a mí lo que me gustaría es que nos fuéramos a México. La gente que se fue para allá dice que es una tierra mucho mejor que esta, que allí el pueblo es más libre y que a los españoles no nos miran con desprecio como pasa aquí en Francia. Estaríamos más lejos de España y de nuestras familias, pero tal y como están las cosas, creo que eso sería hasta bueno.

Estoy seguro de que ahora mismo estás pensando que me he vuelto loco y quizá sea así. Pero piénsalo. Piénsalo con detenimiento y dime, honestamente, que esto no es lo que tú también quieres. Si por una vez, solo por una vez, como aquella noche, escucharas a tu corazón en vez de a tu cabeza, tú sabes igual que yo que esto es lo que tú quieres.

María, yo ya tengo decidido marcharme a México. Me iré el primero de abril, ya tengo pasajes para un barco. Por favor, piensa en esto que te digo, habla con mi hermano y s…

Notó cómo su corazón se aceleraba, la boca seca, la respiración agitada. Una rasgadura en el papel había dejado el final inconcluso. Con las manos temblorosas, le dio vuelta a la carta, tratando de ver si por el otro lado había algo más escrito. Nada, solo el papel mudo. Inquieta, volvió a mirar dentro de la caja y entre los libros buscando desesperadamente el trozo de papel faltante. Buscó también dentro de las cajas, por si milagrosamente hubiera caído dentro sin que se diera cuenta. Incluso retiró la librería y miró detrás, en el hueco entre el mueble y la pared. No había nada. Nada. Miró a su alrededor nerviosa. Las preguntas comenzaron a agolparse en su cabeza. ¿Acaso…?

¿De qué se mueren los amores?

Todos los amores comienzan felices, jóvenes, como una noche de verano llena de estrellas. Deseantes, deseosos, todo bocados de fruta madura y salitre. ¿Pero qué es lo que los mata? ¿De qué se mueren los amores? ¿Qué empuja a que aquellos que una vez se juraron la eternidad violen su juramento?

Hay algunos que fallecen de muerte violenta: una infidelidad, un engaño imperdonable —tragedia inesperada. Otros acaban padeciendo de enfermedades crónicas y se emponzoñan en el veneno del desapasionamiento: ¿en qué momento dejaron de gustarle a uno los chistes del otro? ¿Cuándo empezó a disgustarle el ruido que hace al masticar? ¿Cuándo a pensar en su cuerpo como la insoportable realidad en lugar del ideal soñado?

¡Ay, los amores, qué misterio!

¿De qué están hechas las palabras?

¿Te has preguntado alguna vez de qué están hechas las palabras? ¿Cuál es el material que las compone y hace que algunas nos embelesen y que otras nos parezcan detestables? ¿O qué es eso que hace que un idioma sea bello, de forma que cualquier esfuerzo poético resulte conmovedor, mientras que en otros idiomas es necesario un arduo afán para conseguir el mismo efecto? No hay ningún gran misterio. La respuesta a estas preguntas es, simplemente, el sonido. Porque las palabras, al menos para todos aquellos que gozamos del privilegio de escuchar, están hechas para ser habladas. Incluso ahora, que estás leyendo, seguro que en tu mente suenan, rugientes, los sonidos de las letras y sílabas que capturan tus ojos. Quizá incluso seas de los que musitan mientras leen, incapaces de dejar las palabras huérfanas de su decir sonoro. En lo que probablemente sea el logro más destacable de nuestra especie, el ser humano inventó el lenguaje, y les dio nombre a todos los objetos del mundo (por infinitos que parezcan) y se lo dará a todos los que aún están por existir. Y así nacieron las palabras, poniendo a los sonidos por vestiduras que abrazaron las ideas que habían de transmitir, el significado que debían representar, la imagen que debían evocar. Sin que sepamos muy bien cómo, en algún momento de la historia alguien comenzó a llamar mesa a esa forma que ahora se dibuja en tu cabeza, y por un acuerdo tácito que todos los que hablamos español mantenemos, la imagen de ese objeto ya nunca será desligada del sonido que producen las cuatro letras que componen la palabra cuando las pronunciamos juntas. Un francés, sin embargo, o un japonés o un sueco, se quedaría impertérrito, ajeno a la evocación que esa huella sonora produce en los hispanohablantes, porque, en cada lengua, los sonidos elegidos para conformar las palabras son distintos. Y precisamente por eso hay palabras que son bellísimas en un idioma y terriblemente anodinas en otro.

​Así sucede, por ejemplo, con la palabra wound [wuːnd], que en inglés designa lo que nosotros conocemos como heridaWound se siente en el cuerpo, es un amenazante cuchillo afilado siempre al borde de la afrenta; mientras que en nuestra herida, los sonidos resbalan por la piel, cosquillean, como los guijarros que caen ladera abajo arrastrados por la gravedad, pero sin la fuerza suficiente para arañar siquiera la superficie de la montaña.

​Y qué decir de bloom [bluːm], ante la cual nuestra cursi florecer palidece. Bloom es una bomba que estalla para abrir todas las flores en un éxtasis primaveral al que solo le faltaría que los sonidos pudieran también transmitir el olor. Lástima que no.

​Por último, una no monosilábica y de traducción casi imposible: heartbreaking [hɑːtbɹeɪkɪŋ]. Si nos ciñéramos a la literalidad, diríamos que se traduce como rompecorazonador. ¿Acaso no es maravilloso que exista una palabra, una sola, para designar esto? La cualidad de un objeto, una situación o cualquier cosa para partirnos el corazón. Aunque la española desgarrador deja sentir amargamente la rasgadura de lo que se rompe, no llega a recoger de la misma manera el quebranto del órgano, que se nota, prístino, en la forma inglesa.

​Pero quizá todo esto, todo lo que acabo de contarte, no sea más que una estupidez y tú nunca te hayas preguntado de qué están hechas las palabras. O tal vez, si has llegado hasta aquí, te estés cuestionando ahora si acabo de contarte una historia acerca de tres palabras inglesas. Pues sí, pero ¿acaso no te ha gustado?

Lo efímero

Un baúl lleno de cartas, lleno de cartas. Un montón de papeles llenos de historias, llenos de letras. Un montón de letras formando palabras, palabras. Un montón de palabras contando la historia de una vida, un montón de vidas. Las cartas, los diarios, los cuadernos, las agendas. Todo eso era la vida, llenando carpetas y cajones, librerías y arcones. Eran los rastros, las huellas, las huellas que superaban la propia existencia del escriba. Quedaban detrás mucho tiempo después como vestigios, vestigios de su paso por el mundo, para recordar que Nomen Nescio un día estuvo aquí.

¿Qué será entonces de nosotros cuando no haya papeles, papeles? Cuando olvidemos el movimiento de la mano sobre la hoja en blanco marcando el trazo de las letras, las letras. Cuando mueran las cartas, los diarios y cuadernos y todo sean mailsmailsjournalsjournalsappsapps. Cuando todo sean datos, datos. Cuando, después de que nuestra carne se pudra, se seque y se descomponga, ya no queden escritos que glosen nuestro recuerdo. Lloraremos entonces lágrimas digitales y dejaremos emojis en posts tan fugaces que no durarán ni siquiera el tiempo que tarde en pronunciarse nuestro propio nombre, nombre. Y ese nombre será solo unos y ceros, unos y ceros que nadie se molestará en conservar en ninguna nube, nube. Seremos lo efímero, efímero.