La adultez

Es un gesto simple, mirarse al espejo. Seguro que lo haces bastantes veces al día, muchas más de las que crees ―si te paras a contarlas.

Pero alguna vez, en ese breve gesto, por un instante, ¿te has sostenido la mirada para sorprenderte de quién te la devuelve? Alguna vez, aunque sea fugazmente, ¿has sentido el asombro al ver en quién te has convertido? Allí donde tú esperabas al niño que siempre has sido, encuentras, en su lugar, un adulto. Y ves en su cara las huellas del paso de un tiempo que no sabes cuándo ha pasado tan rápido. Porque mira que se ha ido rápido, si parece que fue ayer cuando…

Pero, si te fijas, en ese lapso, la vida se te ha acumulado en el contorno de los ojos, en las líneas de la frente, en lo cano del cabello, en los surcos de la cara. Y a pesar de que por dentro tú sigues sintiendo los mismos miedos, las mismas vergüenzas y ―Dios quiera― hasta los mismos sueños, de repente, quien te devuelve la mirada en el espejo es un poco un desconocido. Sí, ya lo sé, más o menos tú te reconoces; a lo largo de los días y las noches has ido viendo cómo cambiaba tu aspecto. Pero, aun así, hay momentos en que algo falla y entonces te sorprendes de encontrar a ese otro que nunca jamás creíste que serías, tú que pensabas que la adultez no llegaría nunca. Y si observas a ese otro con detenimiento, más allá de las arrugas y las marcas, podrías ver cómo finge tenerlo todo más o menos controlado: la casa, la familia, el trabajo y las vacaciones de verano… Ah, finge tan bien.

Y si miras aún con más cuidado, podrías ver cómo él (o ella) también está un poco asombrado por este encuentro. En lo más profundo de su ser, en secreto, se pregunta si los demás se dan cuenta de cómo se siente y de que, en realidad, todo esto de la adultez solo es puro fingimiento. Se pregunta si todos pueden adivinar que debajo de toda esa fachada se pasa las horas esperando que sus amigos llamen a la puerta para hacer la pregunta de todas las tardes, la pregunta más importante de la vida: ¿Te vas a salir a jugar?

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