El Cochino

  Hacía mucho tiempo que Teresa no iba al pueblo. Algunos días lo echaba de menos, pero ella hacía porque se le pasara rápido la morriña, con esa costumbre que tienen las mujeres de cierta edad de evitar llorar porque no es práctico. En realidad, lo que Teresa echaba de menos eran sus años de infancia, corretear por las calles empedradas y ayudar a su madre los días de matanza. Sin embargo, estaba segura de que ya no quedarían calles empedradas y que apenas se harían matanzas.
Salió del pueblo con 20 años, fugándose de su casa con aquel muchacho que le había dicho que algún día le bajaría la luna y se la pondría de lámpara en la alcoba. Aún recordaba cuánto se había enfadado su padre por el escándalo que supuso que la niña del alcalde se escapara con un mozo. Con los años, no había quedado nada de aquel muchacho romántico ni de aquella chica enamorada. Nada como toda una vida de matrimonio, alcohol, penurias y paños de ganchillo para acabar con la ilusión de la juventud. Ahora Teresa y Paco eran dos extraños que se odiaban bajo el mismo techo. Al menos, Teresa lo odiaba, de él ya no sabía lo que pensaba, ni siquiera si aún pensaba.

  Soltó las agujas del punto y apagó la tele justo cuando terminó el programa de la Copla. El cochino, apodo con el que ahora conocía a su marido, todavía no había vuelto, pero eran solo las dos de la madrugada. Ya en la habitación se desvistió y se puso el camisón. Se sentó en la cama, Rosario en mano y rezó un par de misterios. Después apagó la luz y se tumbó. El aire de la noche entraba tórrido por la ventana, pero aún le aliviaba un poco el calor veraniego. Serían las tres cuando llegó el cochino.

  Paco recorrió el pasillo hasta el dormitorio a trompicones. Cuando se metió en la cama, ella se hizo la dormida. Al momento la inundó el olor a tabaco y a cerveza, a juegos de azar y camisas sudadas, a mala vida…a hombre. Él la agarró con fuerza y se le puso encima. Teresa se quedó muy quieta, como siempre, gorda y abnegada toda ella, mirando al techo, mientras el cochino buscaba su vagina por debajo del camisón. Algunas veces estaba tan borracho que ni siquiera atinaba a penetrarla, pero a ella le producía el mismo asco. Aquella noche el acto duró más de lo habitual, pero ella aguantó sus embestidas como de costumbre, echando en falta la luna que él le prometiera en otro tiempo. Aunque apenas se fijaba en él, a Teresa le extrañó el vigor renovado que su marido mostraba y que continuamente dirigiera la mirada al suelo junto a la mesilla de noche. Cuando por fin eyaculó, se limpió impunemente en las sábanas y se quedó dormido. Ella se levantó, empapada en sudor y semen, y fue a lavarse. Antes lloraba largo rato en la ducha, pero ahora ya no, no era práctico. Lo hacía rápido, sin lágrimas y sin preocuparse de ella misma, y se volvía pronto a dormir.

  Al regresar a la habitación, encontró en el suelo el objeto que había causado el deseo de su marido. Allí estaba, el destino de su mirada, una fotografía de su hija. Y aquello fue demasiado. Sin decir nada, la mujer guardó la foto y se dirigió a la cocina caminando descalza. Cogió el cuchillo del jamón y volvió al dormitorio. Paco seguía allí, tumbado boca arriba, roncando estruendosamente. Teresa se acercó y sin pensarlo un segundo le rebanó la yugular tal y como había visto hacer a su madre en tantas matanzas.  Lo dejó allí, mirando al techo, gordo y depravado todo él, la sangre manándole del cuerpo moribundo, afanándose por arrancarle un grito a una garganta que ya no respondía. Ella volvió a la cocina y se sentó a la mesa. Se tomó una tila doble, como cualquier otra mujer de su edad, mientras el cochino seguía desangrándose.

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