Niño Feo

  Niño feo se despierta una mañana de Domingo. Como siempre, encuentra a su madre recostada junto a él. Se vuelve hacia ella y con su pequeña mano rechoncha acaricia su pelo, lo admira, lo huele ese largo cabello oscuro que tanto le gusta. Su madre es su persona preferida en el mundo y con la que pasa la mayor parte del tiempo. Ella se acuesta todas las noches a su lado, justo después de contarle un cuento, y le hace caricias en la espalda para que se duerma. Aunque él ya tiene cinco años y es mayor, aún hay veces que su madre le da el pecho, como cuando era un bebé y solo comía leche de la teta. Me dabas unos bocados muy grandes y me dolía mucho porque eres un glotón- le dice su madre de forma pícara algunos días, mientras le pellizca la nariz para hacerlo rabiar-.
A sus cinco años, Niño feo nada sabe de su fealdad. Nada sabe de sus orejas bajas ni de sus ojos hipertelóricos. Nada sabe de su carácter huraño y bizarro, desconoce completamente lo repulsivo de su aspecto y la repugnancia que genera en los otros, incómodo como resulta, sólo por su mera presencia. Pero él nada sabe aún de todo eso. Él es un príncipe, como tantas veces le repite su madre.
Las noches de invierno, ella le pone vicks vaporub en el pecho, mientras él admira su belleza delicada y siente ese cosquilleo que recorre su cuerpo y al que aún no sabe dar nombre. Sólo una noche ella no quiso darle caricias porque él se había portado mal. Fue un sábado hace ya un par de meses. Él había pasado la tarde en la explanada detrás de casa, jugando a ser un gran príncipe que protegía a su reina de todos las desgracias y los monstruos que asediaban sus dominios. Este pequeño príncipe cazaba en los bosques y era tan fuerte y poderoso que todos le temían. Y como prueba de su extraordinario poder, había torturado a un gato hasta la muerte y luego se lo había llevado triunfal a su madre como recompensa. Cuando apareció en la cocina con aquel obsequio funesto, María miró a su hijo afligida:

-Mi príncipe no, no puedes hacer daño a los animales, eso no está bien-dijo ella- y después lo obligó a enterrar el cadáver. Pero al día siguiente todo volvió a la normalidad y Niño feo nunca acabó de entender qué era aquello tan malo que había hecho, él, que sólo trataba de ser el príncipe de su madre.

  María regresa del sueño desvelada por las caricias de su hijo. Abre los ojos lentamente y el rostro del niño cobra forma en su retina. Lo contempla como otras tantas veces y siente como un puñal el sufrimiento que se cierne sobre su pequeño. Los otros chicos aún no han comenzado a excluirlo, ese mismo día está invitado a una fiesta de cumpleaños, pero ella sabe que ocurrirá tarde o temprano. Ella sabe de lo cruel del mundo, sabe que su hijo, su príncipe, será objeto de muchas burlas, muchas silenciosas y muchas clamorosas, será objeto de risas y murmullos, la gente no verá jamás más allá de su infame figura. Su fealdad será siempre una condena.
Lo mira y se pregunta por qué los demás no podrán nunca ver lo que ella ve. María lo ama por encima de todas las cosas. Lo ama como la parte que fue de su ser. Su hijo, su hijo, que salió de sus entrañas, su carne, su sangre…a veces incluso olvida que una vez hubo un padre y piensa que es sólo suyo, todo suyo. Y otras veces se siente culpable y se pregunta qué podría haber hecho para que él hubiera heredado unos rasgos más amables, que de seguro le habrían dispensado una vida mejor. Y lo vuelve a mirar y se enrabieta, es tan precioso y tan tierno, su príncipe, aunque sólo ella pueda verlo.
-Hola mi príncipe, ¿ya estás en marcha?- y lo besa largamente en los labios, lo que más quiere en el mundo…

  A las 5 de la tarde, María comienza a preparar a su hijo para asistir a la fiesta de cumpleaños de un compañero del Colegio. Niño feo apenas habla de los otros chicos, así que ella está contenta de que lo hayan invitado. Saca del armario la ropa de domingo, una camisa de cuadros azules y un pantalón corto marrón, pero el niño se empeña en ir vestido con su disfraz de Superman. María duda por un momento, pero nunca es capaz de negarse a las peticiones de su hijo. Treinta minutos después salen por la puerta, ella vestida de madre, él ataviado con la indumentaria de superhéroe. Su aspecto es francamente ridículo: bajito, medio gordo y desgarbado, Superman tullido. Son los últimos en llegar a la celebración. Al abrir la puerta, la dueña de la casa la saluda y en seguida se la lleva a conversar con otras madres. María puede ver cómo su hijo se acerca a los otros niños, pero sólo los observa y no se arrima a jugar con ellos.

  Niño feo busca con la mirada al único chico que le interesa de la fiesta, el anfitrión, Niño guapo. Lo ve al fondo del salón comedor sentado en el suelo, rodeado de otros tantos compañeros del colegio, rubio y sonriente, jugando con un coche teledirigido. Se acerca corriendo y se suma al corrillo, pero no dice nada. Se queda mirando taciturno y enjuto, como una presencia inquietante, hasta que el juguete choca contra sus pies. ¡Has venido! -exclama Niño guapo-. ¡Ven! -ordena mientras se levanta. Lo toma de la mano y sale corriendo escaleras arriba.
Niño feo sigue al otro chico hasta su habitación. Le gustan las paredes pintadas de azul y el avión que cuelga del techo.
Yo también tengo un disfraz -anuncia el otro-, pero él sigue extasiado, girando sobre sí mismo apreciando cada detalle del dormitorio, pensando que el suyo es mucho más pobre. Cuando se vuelve a mirar a su amigo lo encuentra desnudo, calzándose un traje de Batman.
-¿Te gusta?- le pregunta.
-Sí -responde tímidamente Niño feo. Contempla al otro chico y siente extrañeza en su cuerpo. Mira nuevamente su habitación y lo mira a él. De repente siente que quiere tener lo que él tiene, quiere ser como él, lo quiere a él.
-¿Quieres tarta? Vamos abajo.-Y los dos superhéroes caminan de nuevo hacia la escalera.
-Espera, te he hecho una cosa…por tu cumple.
Niño guapo recibe una hoja de papel que desdobla y encuentra un dibujo de trazo torpe: dos figuras alargadas, sin rostro, junto a una casa achatada y sin ventanas.
-Gracias- responde el homenajeado.
Niño Feo lo mira y sin pensarlo lo besa en los labios, como suele hacer con su madre.
-¿Qué haces?¡Qué asco! -dice el otro mientras se retira- ¡Y el dibujo es muy feo!
Y el príncipe se siente destronado. Y siente el calor de la ira creciendo en su pequeño y vil cuerpo. Se acuerda del gato y, como un resorte, alarga la mano. Y
 Superman empuja a Batman. Y Niño guapo cae rodando estrepitosamente por la escalera hasta que, con un golpe seco, queda tendido en el suelo de la planta baja con su cabeza en una posición anatómicamente imposible y sus ojos azules desprovistos de vida. Niño feo observa triunfal la escena mientras guarda su dibujo. Se siente poderoso y piensa que su madre estaría orgullosa de él.

  Alertados por el ruido los otros chicos y los padres llegan corriendo. Es sólo entonces cuando Niño feo comienza a llorar.
María escucha los gritos y en su interior se forma una oscura sombra, ella sabe de lo cruel del mundo…
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2 comentarios en “Niño Feo

  1. Este relato Antonio la verdad es que ne ha gustado menos, pero no por ello deja de ser bueno, sólo es en comparativa con el resto.
    Me lo imagino en película como en la 2, todo imágenes y sólo habían casi al final en la fiesta jeje!
    De todas formas tu lado creador e imaginativo sigue en auge.
    Enhorabuena una vez más.
    Un abrazo!

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