El Ruido III: Primero A

  Rosario se calzó el tacón aún dolorida. Al apoyar los dos pies sobre el suelo sintió una punzada que atravesó su cuerpo desde el bajovientre hasta una zona ilocalizable del interior de su pecho. Guardó los cuarenta euros con desprecio en el bolso de imitación de Chanel que dos días antes había comprado en el chino de la esquina de su calle.  Cerró la puerta de la habitación y caminó por el pasillo enmoquetado cojeando. Notaba cómo el labio le palpitaba y lo imaginó hinchado. Se percató de que no veía bien por un ojo. Lo bueno de los hostales baratos es que los empleados nunca hacen preguntas. Ella salió intentado mantenerse digna y erguida a pesar de su aspecto. En cuanto atravesó la puerta del establecimiento se halló en plena Alameda de Hércules, desierta a esas horas de la madrugada. Pensó en tomar un taxi, pero sabía que ninguno pararía ante su llamada, así que se dispuso a hacer el camino andando, rezando para llegar a tiempo de que ningún vecino se hubiera despertado aún y nadie la encontrara en ese estado ni en esas vestiduras. Y Rosario, sus dolores, sus tacones y su bolso del chino pusieron rumbo a Triana.
  Decidió dar un ligero rodeo, evitando el centro en busca de calles menos transitadas. Agradeció la brisa nocturna que la devolvía a la realidad y la sacaba del torbellino de sus pensamientos. De entre todos los golpes que había recibido esa noche, el que se le hacía más mezquino era que aquel desgraciado hubiera pensado que era puta. Claro que había cogido el dinero sin dudarlo, pero la paliza que había recibido bien valían los cuarenta euros que el caballero había tirado sobre la cama junto a su cuerpo malherido. Se sentía sucia y vacía, el dolor físico iba en aumento a cada paso que daba, y aún así no alcanzaba a ser tan intenso como para anestesiar la tristeza. Aquel hombre, que al principio le había parecido tan cortés, había terminado golpeándola brutalmente. Cojeando como iba, tardó mucho más de lo habitual en recorrer el camino. Se paró en mitad del puente de Triana, apoyada en la barandilla, a recuperar un poco el aliento. Miró al río y se sintió pequeña y desdichada ante la magnitud de las aguas negras que se desplegaban bajo su mirada. Se lamentó de sí misma y de su mala suerte, contuvo las lágrimas y continúo su renqueante camino. Aunque no se cruzó con nadie, hubiera dado la vida por ser invisible.

  Encaró la puerta del edificio en el que vivía cuando los primeros rayos de sol comenzaban a bañar la ciudad. Como pudo subió las escaleras hasta su piso, el primero A, sintiéndose afortunada por no haberse cruzado con ningún vecino. En los más de quince años que llevaba viviendo allí, nunca había regresado a casa en esas condiciones. Era una comunidad tranquila, de buena gente, donde una noticia así habría resultado un pequeño escándalo. Así que, por encima de todas las cosas, temía pavorosamente que su vida diurna pudiera llegar a conocer de su vida nocturna. Ya en la intimidad de su hogar se sintió levemente reconfortada, se descalzó y caminó hasta el baño arrastrando un poco los pies, luchando por evitar el dolor que sentía. Se miró en el espejo y ya no pudo contener las lágrimas. Tenía el labio y un ojo hinchados, el rimmel corrido y el carmín de los labios desgastado. Lloró amargamente y pensó en lo duro que es ser mujer. Eso ella lo sabía mejor que nadie.
  Se quitó la peluca y la dejó caer pesadamente al suelo. Contempló la expresión extraña que quedaba entonces en su cara, el hombre maquillado y vestido de mujer. Y se preguntó si sería ése su verdadero rostro, el auténtico, el único que no guardaba secretos, que no ocultaba vidas, el único rostro completo en una existencia repleta de medias verdades. Por las mañanas era Paco, un tranquilo empleado de una oficina del Banco Santander, con sus gafas y sus pantalones de pinzas, educado, responsable y solterón. Tres noches en semana era Rosario, una travesti que actuaba en un conocido local del ambiente sevillano. Un sitio tan oscuro como los secretos que guardaba Paco, lleno de gente nocturna y tenebrosa, pero donde todas las Rosarios del mundo eran aceptadas sin reservas ni inquisiciones. Sólo en lugares como ése se le permitía a ella ser mujer.
  Aún recordaba con viveza la primera vez que vio un espectáculo de travestis, a sus veinte años, en un local tan sórdido como el que ahora acogía a Rosario y ubicado en un Torremolinos que se resistía tenaz a las ataduras del franquismo. El joven Paco quedó absolutamente fascinado por la ilusión que generaba el travestismo. Aquellas mujeronas frívolas y sufridas a partes iguales, hechas a sí mismas, irreverentes, sobreactuadas y descaradas creaban un ambiente de mágico ensueño que se le antojó entonces propio del circo. Y encontró que su otro ser, verdaderamente, podía ser. No fue hasta varios años después cuando comenzó a frecuentar los pocos lugares de Sevilla donde acudían travestis. Conoció a una de ellas, su amiga Pepa, que en paz descanse la pobre, que falleció de SIDA hacía ya ocho años. Ella le enseñó a coser, a maquillarse y a construir esa mujer que él podía ser. Y él aprendió y, desde entonces, Rosario salía de las sombras de Paco de jueves a sábado, para sumirse en la oscuridad del único mundo que le permitía existir.

  Se bajó la cremallera y se sacó el vestido negro aflamencado que llevaba. Se quitó el sujetador y las tetas postizas, se liberó de la media que cubría la cabeza, se lavó la cara. Después se desmaquilló con cuidado para no hacerse daño en el ojo y el labio y, por último, se quitó la faja y las bragas. Miró hacia abajo y vio su pene allí colgando, real e impúdico, y fue entonces cuando volvió a sentirse Paco. Él también herido. También llorando.
  La noche había empezado bastante bien. Había interpretado dos canciones: A tu vera y Ne me quitte pas; ella sólo imitaba a las grandes de la copla y a las damas de la canción francesa, no como las travestis modernas, mamarrachas todas, que preferían a Madonna, a Lady Gaga o a cualquier otra estrella musical que confundía la feminidad con la vulgaridad. Se equivocaban, ella no encontraba nada del ser mujer en la chabacanería de aquellas coreografías simplonas. Para ella, la feminidad tenía que ver con la herida, la profunda herida que dividía su alma y la hacía tan diferente de un hombre. Y eso sólo lo encontraba en la copla y en la chanson francesa.
  Al bajarse del escenario después de su segunda actuación se le acercó aquel tipo. No era muy guapo pero parecía fuerte. Tendría unos cincuenta años bien llevados y era educado, envolvente, de esos hombres que la hacían sentirse irresistiblemente mujer. Él pagó dos copas, ella bebió whisky, como buena coplera, y sonrió y coqueteó tanto como las circunstancias merecían. Él la sedujo, le contó que no iba mucho por allí, que no le gustaban ese tipo de lugares, pero que ella era diferente, una señora caminando entre el barro. Ella vibró con su cercanía, su olor masculino, sus antebrazos fuertes. Se dejó hacer. Aceptó la invitación de él para acompañarlo a un hostal cercano. Las normas del establecimiento obligaban al pago por adelantado y él se encargó caballerosamente de los asuntos de dinero, como corresponde a los hombres. Ya en la habitación la besó impetuosamente, la desnudó hasta donde ella consintió, la tumbó en la cama y tras ponerse un condón lubricado la penetró haciendo a un lado las bragas. Ella yacía boca arriba, con las piernas en los hombros de él, que por su parte comenzó a incrementar el ritmo. Rosario pudo ver cómo a él le excitaba tocar el bulto donde se ocultaba el pene de Paco. Y tanto creció la excitación que se la folló con rabia, con violencia. Se lo folló, a él, al hombre que había tras la mujer travestida. Se lo folló furiosamente, con esa emoción animal que tan cerca se halla de la muerte. Ella pensó que nunca había desatado una pasión similar en ningún hombre. Pobre ilusa, no era ella, era Paco, o la conjunción que formaban ambos. Y cuando terminó al caballero la pasión se le tornó ira. La miró furibundo y le dio un puñetazo en la cara. Ella gritó y él le tapo la boca y descargó la fortaleza de sus antebrazos muchas veces.
-Para, para, por favor…-balbuceaba Rosario intentado liberarse de las manos del caballero. Aquel hombre le dio una buena paliza, a ella, a Paco, a los dos. Cuando se cansó de golpearla le escupió, se vistió y tiró cuarenta euros en la cama antes de marcharse.

  Paco sacó unos calzoncillos de la cómoda de su habitación y se los puso lentamente. Pensó en curarse las heridas o en ir a Urgencias, pero estaba tan cansado. Además le daba vergüenza. Siempre podía decir que unos chicos le habían atracado, sí, eso contaría. Pero necesitaba dormir un poco. Agradeció no tener que trabajar ese día. Fue al salón y sacó del cajón de las medicinas un Valium que se tomó sin agua. Se sentó un momento en el sofá, mirando con extrañeza a su alrededor, aún incapaz de creer la violencia de la que había sido objeto. ¿Por qué yo? ¿qué le he hecho? Si le estaba gustando-pensó amargamente, sin poder llegar a comprender que su única falta había sido precisamente esa, la de gustarle. Encendió la tele, aunque más que al aparato se quedó mirando a las figuras de la gitana y el toro que había encima y al pequeño retrato de la Duquesa de Alba que colgaba justo detrás. Se quedó dormido, en un sueño superficial que duró muchas horas y ayudó a reparar un poco su cuerpo dolorido pero no su alma torturada. En duermevela le pareció escuchar un ruido que venía lejano de la calle, aunque no acertó a desvelarse. Momentos después se despertó angustiado al oír las sirenas en la calle, pensando que quizá venían por él. Abrió los ojos. Y le costó discernir si había muerto.

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