La Señora

 Había sido endemoniadamente bella. Innegablemente bella. Cuando nació, su cabello fue tan dorado que su padre estuvo tentado de llamarla Candela. Pero su madre lo descartó, aduciendo que aquel era un nombre vulgar, más propio de una gitana o una verdulera que de la dama que habría de ser. La llamaron Carmen, algo mucho más adecuado para un familia de su clase. Y en la alta sociedad su angelical encanto fue siempre motivo de comentario. Incontestablemente bella. Pasó de Carmelita a Carmela con el suspiro teñido de azahar de las primaveras sevillanas. Y fue entonces cuando se hizo consciente de lo traicionero de su condición.  Maldecida por el don de la belleza, nunca tuvo amigos o amigas. Los unos, consumidos por el deseo, las otras devoradas por la envidia. Hasta su propia hermana le dio de lado tras enterarse de los coqueteos de su marido para con ella. Poco importó que ella se defendiera diciendo que nunca había hecho nada inapropiado. En el mundo de Carmela, las mujeres siempre son culpables de algo, si no lo son de obra, ya lo serán de pensamiento o de palabra o de omisión. Y así de sorprendente le pareció siempre la potencialidad del hombre al pecado y, mucho más, de la mujer, que ya desde su nacimiento ha de cargar con la culpa de la más antigua de las faltas: el pecado original.

  La menor de las dos hijas de un militar bien posicionado del ejército franquista, fue siempre la niña de los ojos de su padre. Recordaba con especial dilección los veranos en la casa de Tetúan. Aquella casa destartalada que tanto ella como su hermana adoraban y que su padre había tenido que vender una vez que fue degradado en su rango tras la muerte del Generalísimo.
Carmela llegó a odiar y a amar sus facciones al mismo tiempo, sabiendo que su aspecto era un regalo divino pero envenenado, ya que venía irremediablemente apareado con una pesada pena. No se le permitió nunca un escarceo, ninguna mirada mal dirigida, ninguna sonrisa gratuita. Rígida y severa como sólo sabían serlo las mujeres de antaño, su madre le proporcionó siempre una guía firme de cómo convertirse en una auténtica Señora. Y condenada a ser la mujer perfecta por su hermosa condición, su desdicha fue la de no encontrar nunca un hombre perfecto.
Ahora, en la decadencia de su vida, el último de los castigos que le había deparado la belleza había sido abandonarla, precisamente aquello que tanto anhelara en sus años de juventud.

  Desde hacía tiempo vivía confinada en el piso de la calle Pajaritos, la última propiedad que conservaba del legado de su padre. Sólo salía un día a la semana para comprar la edición dominical del ABC. Esa mañana de domingo se miró en el espejo como cualquier otra, sobrecogida por la desolación de su rostro.  Su pelo, otrora rubio como el trigo, lucía ahora apagado y cenizo. Su cara surcada por multitud de arrugas, la piel del cuello colgando vencida por la implacable gravedad, sus ojos, tristes. Aún conservaba el porte digno y elegante de su familia, pero el galope del tiempo había arrasado con toda la frescura que derrochara en otra época. Se miró largo rato, hasta que del espejo emanó un recuerdo de su juventud, un recuerdo que guardaba grabado a fuego en su memoria. Para su puesta de largo, su madre organizó una gran fiesta en la casa de Tetúan. Carmelita pasó la tarde probándose todos los vestidos que tenía, decidiendo cuál de ellos resaltaría aún más sus encantos. Por aquel entonces, las cosas marchaban bien para su familia y la casa estaba llena de sirvientes. Fue al quitarse el tercer vestido cuando se percató de que había alguien detrás de la puerta entreabierta. Lo vio a través del espejo. El muchacho no tendría más de 20 años. Carmelita admiró su tez morena y sus facciones rudas, pero lo que la fascinó fue su mirada. Pudo ver en los ojos del criado cómo era presa del hechizo que siempre generaba su presencia. Se abandonó a aquel embrujo, exhibió su cuerpo desnudo ante el espejo, ahora recogiendo su cabello, ahora acariciando sus senos, ahora dibujando su ombligo… La escena no duraría más de cinco minutos, pero fue más que suficiente para Carmelita que, por una vez, se permitió el disfrute. Y gozó de la mirada impúdica del otro. Vio al muchacho masturbarse apresuradamente ante su imagen y cuando terminó, ella se vistió y cerró la puerta. Y el final de la pantomima le trajo la culpa que, de simple duda sobre qué opinaría su madre fue creciendo hasta convertirse en una carga que la acompañaría por siempre. La única mancha en una vida por lo demás impecable.
Volvió del ensueño sin poder evitar sentir nostalgia por aquella época y, sobre todo, por todo lo que había perdido. Echó de menos, ese domingo más que nunca, sentirse guapa. Y deseó con todas sus fuerzas volver a sentirlo de nuevo.

  Regresó de su paseo con el ABC bajo el brazo y se sentó a leerlo junto a la ventana del salón. La chica de la limpieza cumplía sigilosamente con sus quehaceres. Carmela pensó en cómo habían cambiado los tiempos y cómo ya las criadas no se llamaban criadas aunque vivieran internas y cómo las señoras eran cada vez menos Señoras. Hojeó distraídamente el periódico, sin prestar atención más que a los titulares, hasta que tropezó con la sección de clasificados. Nunca había mostrado el más mínimo interés por aquel apartado, pero de repente una idea loca comenzó a cobrar forma en su cabeza. Se quedó paralizada, sorprendida por su propia ocurrencia, abatida por las dudas pero empujada por un fuerte deseo…sentirse bella una vez más. Sólo una vez más. Y el deseo se le hizo movimiento.
-María, ven aquí.-la chica acudió al momento.
-Sí señora, ¿Qué desea?
-Quiero que te vayas. Tómate el resto del día libre y no regreses hasta la noche.- La muchacha contrarió el gesto, sorprendida por aquel inusual mandato, pero no se atrevió a preguntar.
-Sí señora, ahorita mismo señora.
Cuando se quedó sola, Carmela se sintió como en trance. Volvió al periódico y comenzó a leer: Diego, 21 años, rubio, fibrado, discreto… Hizo la llamada sin saber muy bien ni qué decía, pero estaba segura de haber dado su dirección con claridad. La voz al otro lado del teléfono dijo que tardaría aproximadamente una hora.
La espera fue agotadora. El sonido del antiguo reloj de pie rompía estruendoso el silencio de la casa vacía, en un contar incansable que no hacía más que acrecentar la agonía de sus dudas. Pensó en qué diría su madre. Y pensó que siempre podía echarse atrás, que podía no abrir la puerta, pero quería, quería…Se sintió nerviosa, un leve temblor recorría su cuerpo, así que sacó un Lexatín del cajón de la mesilla de noche de su habitación y lo ingirió sin agua, como había hecho tantas otras veces. Sabía que eso la calmaría, no podía presentarse ante el muchacho hecha un flan.

  El portero automático sonó dos veces antes de que se levantara a abrir. Recibió al chico sentada en su viejo sillón colonial. Diego no era demasiado alto, pero tenía buen porte. Carmela imaginó que sería de uno de esos barrios infames de la periferia de Sevilla. Lo miró con detenimiento y quedó claro que debajo de sus ropas chabacanas atesoraba la lozanía de la juventud. Pudo intuir los músculos firmes y la piel tersa.
-Buenas tardes.-dijo el muchacho-Menuda choza.
-Esto no es una choza, es una casa. Y no seas descarado.
-¿Qué es lo que quieres hacer, vieja?¿Quieres que te folle?-le espetó el chico. Carmela se levantó inmediatamente como impulsada por un resorte. El contraste se hizo más que evidente entre los dos. Ella alta y elegante, vestida de negro, sobria pero femenina. Él, chapero.
-No vuelvas nunca a hablarme de ese modo. Yo soy una Señora, trátame como tal.- Bajó la cabeza momentáneamente, sopesando lo que iba a decir a continuación.- Desnúdate. Sólo quiero que te masturbes para mí. Y quiero que me mires mientras lo haces.
El chico sonrió socarronamente y anunció su tarifa: Cuarenta euros…Señora. Se quitó la ropa despacio y Carmela admiró su desnudez. Envidió su juventud y su fortaleza. Vio como comenzó a acariciar su pene y su pecho.
-Quiero que me mires como si fuera la mujer más bella que hayas visto en tu vida.
El chico continuó, su miembro se tensó y Carmela se ruborizó.
-¿Te gusta esto?¿Es lo que querías?-preguntó el muchacho.
-Cállate-ordenó ella, sabedora de que aquella farsa habría de funcionar sólo si había trampa y cartón, si los dos no eran más que dos personajes sin más vida que la de su propia imagen.
Diego siguió tocándose ante la mirada insaciable de la Señora, que disfrutó de cada gesto y sobre todo disfrutó del recuerdo y del retrato de sí que le devolvía el otro.
La intensidad creció y el muchacho comenzó a retorcerse en movimientos espasmódicos:
-¿Quieres tocarla?¿Quieres que me corra en tu mano?- Carmela se vio tentada, por un momento lo deseó, pero no, cómo iba ella a prestarse a algo así. Permaneció sentada y el chico eyaculó impunemente sobre la alfombra.
Ella se levantó mientras él se vestía apresuradamente. Le dejó el dinero sobre la mesa, rehusando el contacto físico. Él lo recogió. Llama cuando quieras-dijo y se marcho cerrando la puerta tras de sí.

  Y al igual que aquella tarde en Tetúan, el portazo le trajo la culpa. Miró la mancha en la alfombra y se sintió vieja y ordinaria. Pensó que no era más que una furcia y una desgraciada, fea y putera. Rezó tres aves marías y no encontró consuelo. Si me viera mi madre. Dios mío, si me viera mi madre. Furcia, desgraciada, fea y putera. Fue a su dormitorio y nuevamente se contempló ante el espejo. La imagen que vio fue incluso peor de lo que esperaba. La misma desolación, las mismas arrugas, las mismas cenizas, la misma tristeza, los mismos colgajos, pero ahora ya ni siquiera pudo encontrar la dignidad de la que hacía gala. Furcia, desgraciada, fea y putera. Y sobre todo indigna, sintió que ya no le quedaba nada, nada más que culpas y manchas. Y tomó una determinación. Sacó del joyero el camafeo de plata y se lo colgó al cuello. Se puso los pendientes de perlas y el anillo de rubí de su madre. Volvió al salón, abrió la ventana y se subió al alféizar. Y vestida de negro, sobria pero femenina y enjoyada, saltó. En su camino al suelo aún tuvo tiempo para pensar, una vez más, en qué diría su madre si la viera.

El Retorno de Saturno (Esperanza y las mentiras)

  El planeta Saturno gira alrededor del Sol a una distancia media de 1 418 millones de kilómetros. Su período de traslación, es decir, el tiempo que tarda en dar una vuelta completa es de 29 años y 167 días. En la cultura astrológica, se conoce como “El retorno de Saturno” a la crisis vital que a menudo experimentan las personas entre los 28 y los 32 años.

Esperanza se despertó temprano y sobresaltada, como todos los días desde hacía una semana. El vestido de novia colgando de la puerta del armario se le antojó una burla cruel, sin embargo, aún no había podido siquiera acercarse, atemorizada por el blanco de aquel tótem, aquel símbolo que cada mañana de las últimas siete se empeñaba en recordarle la marcha de David. Si le preocupase lo más mínimo la astrología sabría que ese 14 de marzo cumplía 29 años y 166 días, pero ese era el menor de sus intereses en ese momento. David, sólo hacía diez segundos que estaba despierta y ya estaba pensando en él. Odiaba la sensación de verse invadida hasta en su propia cabeza. Sentía el silencio de la soledad de su casa como un manto pesado y envolvente, que la atenazaba y aletargaba sus movimientos. Estaba triste y cansada y se sentía un poco ridícula al pensar que llevaba cinco días soñando con lavadoras, aquella máquina que tenía el mismo agujero en las entrañas que ella.
Fumó un poco de marihuana sentada en el sofá, aún con la luz apagada, sin encender la tele ni el ordenador, solas ella y el fantasma de su exnovio, aquel chico que la había dejado plantada tres semanas antes de la boda. Aunque ya habían pasado siete días, Esperanza aún no se lo había contado a nadie, ni familiares ni amigos, había fingido que todo iba bien y que estaba muy ocupada con los preparativos. Habría llegado incluso a creérselo, de no ser por aquel maldito vestido que parecía haberse convertido en el ser más vivo de esa casa. Sabía que tendría que contarlo pronto, había tantas cosas que anular…Ahora estaba arrepentida de haberle pedido a David ser ella quien se lo explicara a los invitados y pensaba que era profundamente estúpida por haber cargado, una vez más, con una responsabilidad que no le correspondía.

  El tiempo transcurría de un modo confuso para ella, probablemente ayudado por la marihuana. A veces con paso tedioso y a veces con un discurrir acelerado, el caso era que en muchos momentos en los últimos días Esperanza no tenía ni la menor idea de la hora que era. Lo único de lo que tenía certeza era de la sensación de vacío. Aún no había sido capaz de llorar, embotada como estaba por lo inexplicable de la situación. Sentía en su interior la inexorable y agonizante muerte del amor. Y la pérdida se le hacía insoportable. Aquel día, aquella noche más bien, decidió que no podía pasar más tiempo tumbada en el sofá. De repente sintió que de algún modo tenía que llenar el vacío y librarse de todas las emociones que habitaban su interior como una marea negra.
Se vistió casi sin pensar y se echó a la calle; al momento se vio aliviada por el aire fresco y poco a poco, el deseo de calmar todo aquello que sentía se fue convirtiendo en necesidad; creciente, acuciante, imperiosa y apremiante. Actuaba como si hubiera un motor interno que la pusiera en marcha. Entró en un bar y comenzó a beber y los fantasmas se fueron lentamente dispersando. Nunca había estado sola en un bar, pero se sentía inexplicablemente poderosa, movida por esa emoción nueva que le recordaba al hambre, pero que no se restringía únicamente a la comida.

   En algún momento después de la cuarta cerveza se le acercó un chico, se presentó y empezaron a hablar. Esperanza lo miró casi sin verlo y, desde luego no atendió a la mitad de las cosas que dijo, más preocupada como estaba de colmar sus ganas que de otra cosa. ¿Había dicho que se llamaba Luis? Qué más daba…La quinta la dejaron a medias, camino como estaban de casa de Esperanza. Se desnudaron nerviosos, el desconocido impetuoso y ella algo dubitativa. Era su primera vez después de David. La vida está llena de primeras veces, pensó. Y el desconocido ya estaba encima de ella, besándola y agarrándola con firmeza. Fue aquella firmeza la que disipó sus dudas y la hizo continuar. En algún momento el desconocido mencionó algo de unos condones o la píldora, pero Esperanza ya estaba perdida. Se abandonó al sexo. Y las caricias anhelantes colmaron el cuerpo desnudo del chico. Y trémulos y vacilantes, los dedos de Esperanza recorrieron la piel del desconocido como si aquello fuera territorio conocido. Y así se mintió dos veces, una por la piel y otra por el hombre, ambos desnudos y desconocidos. Se aferró a él, como si su cuerpo fuera su último asidero a este mundo. El último asidero, no un destino, sino sólo un peldaño más en su camino hacia no sabía exactamente qué. Sintió extrañeza de sí misma y de ese deseo de entrega y muerte que invadía la cama como si fuera un invitado más en un insólito menage à trois. Sin embargo, a pesar de todos los besos y la firmeza del desconocido, a pesar de toda la intensidad e incluso a pesar de la penetración, en un momento Esperanza giró la cara y vio el vestido. Y las lavadoras volvieron a su mente. Y fue entonces que se sintió profundamente sola. Allí, en aquella cama, llena de deseo, de sexo y de muerte, se sintió sola. Y fue consciente de la aterradora verdad de que en el sexo siempre somos solos. Y fue allí que se percató de la tercera mentira, la del amor, que la había hecho creer que cada vez que se acostaba con David había algo más que dos cuerpos solos con su quehacer con el sexo.

  Cuando terminó, volvió la espalda al desconocido e hizo un esfuerzo por contener las lágrimas. Mientras se vestía, el chico le preguntó si se encontraba bien y sólo obtuvo como respuesta un tímido sí. Antes de marcharse, el desconocido la cubrió con las sábanas, le dio un beso en la mejilla y le deseó que todo le fuera bien. Aquella ternura la conmovió, pero también hizo que se sintiera terriblemente desnuda. Desquerida y desconocida, lloró mientras miraba el despertador en la mesilla de noche marcando las 3:52. Tenía 29 años y 167 días. Saturno seguía girando. Y en su interior aún guardaba los restos del encuentro con el desconocido. Y seguía estando profundamente vacía.

La Chica Rubia

  Ernesto se despierta todos los días a las 7:53 de la mañana. Ha calculado que levantándose a esa hora puede optimizar el tiempo, de tal manera que consigue el máximo descanso y puede asegurarse de asearse y llegar para tomar el autobús de las 8:27, el último que le permite comenzar con sus clases en la Universidad de Sevilla a las 9:00 horas. Ernesto se dedica al cálculo estadístico de probabilidades y está absolutamente obsesionado con los números. Cuando tenía 7 años le diagnosticaron Síndrome de Asperger, lo cual quiere decir, básicamente, que es muy inteligente, pero un desastre con las emociones. Lo que Ernesto no cuenta es que, además de optimizar el tiempo, el autobús de las 8:27 de la línea 6 de TUSSAM despierta su interés porque, desde hace tres años, coincide con la chica rubia. Ella siempre se sube en la misma parada que Ernesto y se sienta delante, sin hablar con nadie, escuchando música despreocupadamente. De ella no sabe ni su nombre, ni su edad, ni a qué se dedica. Sólo sabe que huele a flores, que es rubia y que tiene una sonrisa de las que alegran la mañana, o al menos, eso dijo una vez un hombre al verla. La chica rubia ha protagonizado miles de ecuaciones de Ernesto, que desde hace tres años intenta decidir cuál de entre todos es el mejor día para acercarse a ella y preguntarle su nombre. Por más modelos que diseña, siempre encuentra una mínima probabilidad de que las cosas no vayan bien. Ernesto no sabe que el riesgo forma parte de la vida. Ese día, a las 7:38 de la mañana, el chico ha tomado una determinación. No sabe qué le pasa, pero lleva dos horas despierto, sintiendo una extraña sensación de urgencia en su pecho. A pesar de que la mayoría de sus cálculos le muestran que ese Lunes no es un buen día, tras dos horas de insomnio ha decidido que hoy se acercará a la chica y hablará con ella.
Salta resuelto de la cama y se encamina al cuarto de baño. Tras darse una ducha se perfuma con una colonia de su padre que no ha usado nunca. Su madre lo mira sorprendida cuando lo ve aparecer por la puerta de la cocina quince minutos antes de lo habitual, pero aún así no dice nada. Hace mucho tiempo que renunció a la posibilidad de entender a su hijo, un personaje extravagante y huraño, que desde pequeño siempre mostró más interés por los números que por las personas. A veces se pregunta qué será de él cuando ella y su marido no estén, quién será el contacto de Ernesto con el resto del mundo, pero pensar en estas cosas le resulta tan doloroso que al final siempre las deja a un lado y se pone a limpiar…y los días van pasando. Y el tiempo los va envejeciendo a todos sin que se produzca ningún cambio.

  A las 8:26 Ernesto llega a la parada de autobús más cercana a su casa. Mira nervioso a ambos lados de la calle cuando se da cuenta de que la chica rubia aún no está allí. No puede ser– piensa- tiene que estar, precisamente hoy tiene que estar. Cuando llega el autobús, la chica aún no ha aparecido y la gente comienza a entrar apresuradamente. Él se queda a medio camino y el chófer le llama la atención:
-¿Subes o no?
-Tenemos que esperar señor, tenemos que esperar-dice Ernesto con su voz robótica.
-Oye, tío, o te subes o te bajas pero yo ya no espero a nadie…
-Pero todo está mal, tenemos que esperar señor, tenemos que esperar- Ernesto ha comenzado a mover inquieto los dedos, contando en su mente los decimales del número pi. Cuando llega al octavo decimal pasa al interior del vehículo, justo un segundo antes de que el conductor cierre las puertas, aunque continúa repitiendo sin parar que todo está mal. La gente lo mira con incredulidad. Para ellos sólo es un chico raro que los está retrasando, algunos incluso se burlan de él. Pobre Ernesto, si tan sólo supiera cómo optimizar la angustia, la pena y el desasosiego que siente en ese momento, lo haría. Pero él no entiende de emociones, así que saca su rotulador indeleble y comienza a hacer cálculos en una de las ventanillas del autobús. Todo está mal, todo está mal-balbucea. Y la escena continúa hasta que alguien avisa al chófer que se apresura a echarlo a la calle. Ernesto se siente perdido, nunca ha estado en ese lugar y no comprende qué ha pasado con la chica rubia. Ella siempre se sube después de mí-piensa. Está preocupado, pero él sólo acierta a sentir un cosquilleo en el pecho.

  A las 10 de la mañana, cuando suena el teléfono, Adela está limpiando los cristales de la cocina. La voz al otro lado se identifica como la Secretaria del Departamento de Estadística de la Universidad de Sevilla; sólo quiere interesarse por Ernesto, ya que a todos les ha llamado la atención que hoy no haya ido a trabajar…Adela deja de escuchar y un sentimiento sombrío se cierne sobre ella, que sabe que su hijo no es capaz de valerse por sí mismo más allá del territorio conocido.  Avisa a su marido y en menos de quince minutos los dos salen por la puerta de casa henchidos de preocupación. Adela recuerda la última vez que Ernesto se perdió: tenía 12 años y se entretuvo con un videojuego en el Corte Inglés. Recuerda la angustia que sintió durante las horas de búsqueda. Recuerda cómo recorrió una y otra vez las calles del Supermercado hasta que dio con su hijo. Cuando lo encontró, el chico se quedó callado mirando al horizonte mientras ella le reñía y después sólo se limitó a decir que le gustaba aquel juego. Adela habría dado su vida porque hubiera tenido una rabieta como cualquier otro niño de su edad. Y hoy, cuando Ernesto tiene 32 años, ya se ha cansado de desear que sea normal, pero sigue sintiendo la misma angustia ahora que se ha perdido.
Está nerviosa, su marido no para de quejarse, él nunca ha sabido muy bien cómo tratar a Ernesto. En los hospitales no saben nada de él y en la Universidad tampoco. Es a las 7 de la tarde cuando reciben la llamada de la Policía. Ha pasado el día entrando y saliendo de autobuses de la línea 6, escribiendo complejos cálculos en las ventanillas con un rotulador indeleble. Cuando llegan a la Comisaría, Adela y su marido encuentran a su hijo sentado en una silla, balanceándose hacia adelante y repitiendo números ininteligibles en una secuencia que parece no tener fin.

A las 22:00 horas, Paloma se recoge el pelo rubio y se dispone a acostarse, ajena a la tragedia que su primer día de gripe ha provocado.

Puta y Vieja

  Alma cerró la puerta de la habitación 104. Una habitación modesta de un hotel tan barato como los servicios que ofrecía la propia Alma. 20 euros el completo. Atrás quedaron los años en que recibía a los hombres en su casa, hombres elegantes, adinerados, que durante un tiempo le proporcionaron una vida acomodada. Todo eso pasó. Y si poco quedaba ya de aquella Alma, la prostituta más famosa de toda la Alameda de Hércules, mucho menos quedaba de Juana, nombre con el que en realidad fue bautizada. Se lo cambió cuando comenzó a ejercer la prostitución, pensando que si algún día llegaba a ser una gran artista no podía llamarse Juana Sánchez. Así que, para recordarse lo único que no quería perder en su camino al estrellato, se lo tatuó en el nombre…Alma. Todo lo demás lo fue perdiendo: la virginidad, la inocencia, la dignidad, amistades y familia. Puestos a perder incluso había perdido algunos kilos y algunos dientes, pero eso se lo debía, claramente, a la heroína. De hecho, la heroína era lo único que le quedaba. Eso y el alma. Y el viejo escapulario de su madre que en paz descanse. Odiaba y amaba aquella sustancia a partes desiguales, dependiendo del mono con el que se levantara ese día. Traficaba y fumaba, esto sí a partes iguales. Algunas veces, cuando pensaba que estaba harta de todo, también se pinchaba. Y así, alrededor de la heroína se consumía, lenta y lamentablemente, la vida de Alma.
  Siempre había considerado que para ejercer bien la profesión había que cumplir a rajatabla tres reglas: Deja claro lo que no haces, no te quedes a dormir y nunca, nunca te mires al espejo después de un servicio. Pulsó el botón para llamar al ascensor, no es que una planta fuera mucho, pero el vestido rojo era tan ceñido que bajar andando era una tarea imposible. Escuchó chirriar la máquina, que sería tan vieja y cochambrosa como el resto del hotel y tentada estuvo de encenderse un cigarrillo mientras esperaba, aunque al final no lo hizo. Unos minutos después entraba en el cubículo, que era justo como ella se esperaba: gris, feo y antiguo. Para esto he quedado maricón– pensó. Y entonces se vió. Fue sólo un segundo, pero ya no pudo parar de mirar. En aquel ascensor inmundo, en un hotel barato de la Sevilla profunda, Alma acababa de saltarse, de la forma más tonta y más inesperada posible, una de sus tres reglas. Se había mirado en el espejo. Y se había visto. 
Bajo la luz lúgubre y fluorescente, se vio, puta y vieja, arrugada, barata, indigna, sola, devastada. Se acercó al cristal y se palpó la cara instintivamente, buscando comprobar que la imagen que miraba incrédula era, efectivamente, su propio rostro. Abominó de sí misma: el rimmel formando pegotes en las pestañas, el carmín desgastado, las tetas escapando por el escote. Sintió naúseas. Y lo que más le horrorizó fue constatar que, con el paso de los años, la heroína y  los hombres,  de su alma ya sólo quedaba el nombre. Y lloró, amargamente. Lloró por su inocencia, por su dignidad, por su virginidad, por su madre que en paz descanse, por los amigos perdidos. Lloró por Alma y lloró por Juana. Y siguió llorando durante todo el camino de vuelta a casa, a pesar de que en más de una ocasión sintió vergüenza cuando pensó en la imagen que daría, prostituta y toxicómana, vestida de rojo, tacones en mano, llorando mientras recorría el Puente de Triana.
  Cuando cerró la puerta de casa se moría por un pico. Dejó caer el bolso y los zapatos al suelo y se sentó en el sofá. Miró en derredor y se percató de que, por encima de todo el desorden, los trastos viejos y la suciedad, estaba sola. Nada quedaba ya de su sueño de ser artista. Y, tristemente, nada quedaba ya de su alma. Estaban solas, ella y la heroína. Cogió una cuchara y puso un poco de polvo gris. Un poco más, hoy necesito un poco más-musitó en voz baja. Lo mezcló con agua y unas gotas de limón y lo calentó con el mechero. Cargó la jeringuilla apresuradamente, sólo quería olvidar, borrar la imagen que había visto en el espejo. Colocó la cinta elástica alrededor de su brazo y la retiró tras pinchar, una vez más, sus castigadas venas. Se dejó caer en el sofá y poco a poco sus pesares se disolvieron, dejando paso a una paz tan placentera como tóxica. Y se quedó dormida. 
La encontró un vecino tres días después, puta y vieja, consumida, devastada, sola y sin alma.

Sólo Una Mirada

  Ahí está Manuel, un señor de mediana edad, paseando por las calles de Granada. Como cada día vuelve caminando del trabajo, así contenta a su médico que siempre anda preocupado por su colesterol. Son las 8 de la tarde y ya es noche cerrada, el frío le entumece la cara así que se ajusta un poco el abrigo. Lleva un tiempo pensando en que debería solicitar un cambio al turno de mañana. Su trabajo de Auxiliar Administrativo no le disgusta, pero ya está cansado de aguantar tantas tonterías. Estos últimos días está algo nervioso, de hecho, ahora mismo va pensando en la copa de vino que se tomará cuando llegue a casa. Se dispone a pasar una tranquila noche de jueves, ya ha llamado a su madre desde el teléfono del trabajo, por lo que no habrá interrupciones. Va caminando distraídamente por Calle Elvira, sin prestar apenas atención al resto de transeúntes que se cruzan con él. Hasta que, a lo lejos, ve venir a tres chicos marroquís. Se quita las gafas en un impulso y deja al descubierto sus ojos saltones, azules pero saltones. Al pasar junto a ellos Manuel los mira, en toda la extensión de la palabra, los admira, los disfruta, los convoca. Está seguro de que uno de ellos le ha devuelto la mirada. Y ahí está Manuel, un señor de mediana edad, de estatura mediana y vida mediana, que lo deja todo por una mirada furtiva. Algo ha despertado en su interior y comienza a crecer incontrolable. Se queda parado en mitad de la calle, la cabeza comienza a darle vueltas. No debería hacerlo, es lo único que atina a pensar, pero lo hace. Y se gira a mirar otra vez. El chico hace lo mismo. Y ahí está el otro Manuel, el cazador, imparable, implacable. En su cabeza se libra una lucha, piensa en su trabajo, en su madre, en su vida mediana, en qué pasaría si alguien lo viera. Y el que ya no ve es él, sólo mira, poseído por un deseo del que casi no se siente dueño, sino presa.

  Echa a andar detrás de los chicos, le parece que alguna vez ha visto a alguno de ellos aparcando coches en su calle. Sí, es posible, quizá de eso le suenen. Sólo quiere mirarlos una vez más. El que le interesa no es el más guapo, pero qué más da. El chico ha vuelto a girarse. Y cada mirada alimenta a la bestia. Esta vez incluso ha sonreído levemente. Y Manuel, el de la vida mediana, sabe que ya no podrá parar. Lleva un rato siguiendo a los chicos, en varias ocasiones piensa que sería mejor regresar a casa, que él ya no está para estas cosas, pero se dice a sí mismo que es sólo una mirada. La mirada… Manuel está enfermo de la mirada. Ya de chico todo el mundo se fijaba en sus ojos, a algunos le parecían de un azul precioso, pero otros, los más, le decían que los tenía muy saltones y que parecía un sapo. Así, desde pequeño, la mirada ya le daba placer y disgustos casi a partes iguales. Se acuerda ahora de todas las veces que contemplaba a su madre mientras se maquillaba frente al espejo y se siente igual que ese niño, fascinado y atrapado por el poder de esa imagen…

  El muchacho dice algo a sus compañeros y gira a la izquierda en una callejuela pequeña y poco transitada. Manuel entra también. Casi al final de la calle distingue la figura del chico, recortada en la sombra, alumbrada tan sólo por las ascuas del cigarrillo que fuma. Por un momento Manuel se lo piensa, durante un segundo es consciente del riesgo. ¿Qué hago yo aquí?, recapacita, pero entonces lo ve: oscuro, nocturno, peligroso, masculino. Ya no está muy seguro de quién caza a quién, pero entra en la calle y se acerca al chico. Qué pasa amigo- le dice con acento marroquí. Ahora que ha hablado Manuel lo desea aún más, aunque también se siente ridículo, no sabe qué decir y sólo sonríe. ¿Estás sólo?- pregunta el otro, mientras vuelve a dar una calada al cigarrillo. Sí, contesta tímidamente Manuel. El joven se agarra el paquete y espeta un ¿Te gustan los chicos?. El señor de mediana edad asiente pero da un paso atrás cuando escucha hablar de dinero. No,-balbucea-yo sólo quería… Pero no sabe muy bien qué quería. Lo que sabe es que en ese momento su vida mediana retorna rotunda. Y el deseo se le hace miedo y el placer angustia. Se da media vuelta para salir del callejón y entonces recibe el golpe en la cara. Percibe el sabor metálico de la sangre en la boca. Luego otro golpe y otro y otro. Y una punzada en la espalda. ¿Qué ha pasado? se pregunta. Ya desde el suelo acierta a ver los pies de tres chicos marroquís. Y ahí está Manuel, un señor de mediana edad, tirado en las calles de Granada. Él no sabe lo que es la arteria renal, pero nota la sangre. Se siente estúpido al pensar que esta vez sí que lo deja todo por sólo una mirada. Se acuerda del vino; y de su casa; y de su madre; y del trabajo. Cierra los ojos.

El Cochino

  Hacía mucho tiempo que Teresa no iba al pueblo. Algunos días lo echaba de menos, pero ella hacía porque se le pasara rápido la morriña, con esa costumbre que tienen las mujeres de cierta edad de evitar llorar porque no es práctico. En realidad, lo que Teresa echaba de menos eran sus años de infancia, corretear por las calles empedradas y ayudar a su madre los días de matanza. Sin embargo, estaba segura de que ya no quedarían calles empedradas y que apenas se harían matanzas.
Salió del pueblo con 20 años, fugándose de su casa con aquel muchacho que le había dicho que algún día le bajaría la luna y se la pondría de lámpara en la alcoba. Aún recordaba cuánto se había enfadado su padre por el escándalo que supuso que la niña del alcalde se escapara con un mozo. Con los años, no había quedado nada de aquel muchacho romántico ni de aquella chica enamorada. Nada como toda una vida de matrimonio, alcohol, penurias y paños de ganchillo para acabar con la ilusión de la juventud. Ahora Teresa y Paco eran dos extraños que se odiaban bajo el mismo techo. Al menos, Teresa lo odiaba, de él ya no sabía lo que pensaba, ni siquiera si aún pensaba.

  Soltó las agujas del punto y apagó la tele justo cuando terminó el programa de la Copla. El cochino, apodo con el que ahora conocía a su marido, todavía no había vuelto, pero eran solo las dos de la madrugada. Ya en la habitación se desvistió y se puso el camisón. Se sentó en la cama, Rosario en mano y rezó un par de misterios. Después apagó la luz y se tumbó. El aire de la noche entraba tórrido por la ventana, pero aún le aliviaba un poco el calor veraniego. Serían las tres cuando llegó el cochino.

  Paco recorrió el pasillo hasta el dormitorio a trompicones. Cuando se metió en la cama, ella se hizo la dormida. Al momento la inundó el olor a tabaco y a cerveza, a juegos de azar y camisas sudadas, a mala vida…a hombre. Él la agarró con fuerza y se le puso encima. Teresa se quedó muy quieta, como siempre, gorda y abnegada toda ella, mirando al techo, mientras el cochino buscaba su vagina por debajo del camisón. Algunas veces estaba tan borracho que ni siquiera atinaba a penetrarla, pero a ella le producía el mismo asco. Aquella noche el acto duró más de lo habitual, pero ella aguantó sus embestidas como de costumbre, echando en falta la luna que él le prometiera en otro tiempo. Aunque apenas se fijaba en él, a Teresa le extrañó el vigor renovado que su marido mostraba y que continuamente dirigiera la mirada al suelo junto a la mesilla de noche. Cuando por fin eyaculó, se limpió impunemente en las sábanas y se quedó dormido. Ella se levantó, empapada en sudor y semen, y fue a lavarse. Antes lloraba largo rato en la ducha, pero ahora ya no, no era práctico. Lo hacía rápido, sin lágrimas y sin preocuparse de ella misma, y se volvía pronto a dormir.

  Al regresar a la habitación, encontró en el suelo el objeto que había causado el deseo de su marido. Allí estaba, el destino de su mirada, una fotografía de su hija. Y aquello fue demasiado. Sin decir nada, la mujer guardó la foto y se dirigió a la cocina caminando descalza. Cogió el cuchillo del jamón y volvió al dormitorio. Paco seguía allí, tumbado boca arriba, roncando estruendosamente. Teresa se acercó y sin pensarlo un segundo le rebanó la yugular tal y como había visto hacer a su madre en tantas matanzas.  Lo dejó allí, mirando al techo, gordo y depravado todo él, la sangre manándole del cuerpo moribundo, afanándose por arrancarle un grito a una garganta que ya no respondía. Ella volvió a la cocina y se sentó a la mesa. Se tomó una tila doble, como cualquier otra mujer de su edad, mientras el cochino seguía desangrándose.

El Mapa de los Estados Emocionales

  Mario, de 29 años de edad y natural de Lebrija era cartógrafo. La mayor parte de su ejercicio profesional la había desarrollado trabajando para una importante multinacional de sistemas de posicionamiento global. Sin embargo, los últimos dos años los había invertido en su proyecto más ambicioso: el mapa de los estados emocionales.  Aquel trabajo estaba consumiendo su vida, hacía dos años que no salía de casa y no hablaba apenas con nadie. Sólo cogía el teléfono cuando llamaba su madre, para fingir que todo estaba bien, que seguía tomando la medicación y acudiendo con regularidad a las citas con su Psiquiatra . Era imposible que tomara tratamiento en aquel momento, necesitaba claridad de mente para llevar a cabo una tarea tan compleja. Era crucial. Sólo el mapa de los estados emocionales podría salvar a la humanidad de la debacle en la que se hallaba inmersa.
Ya hacía algunos años, había creído ver un signo del fin del mundo en la creación de Facebook. Las relaciones con la máquina van a sustituir a las relaciones humanas- predijo entonces. Incluso salió a la calle a profetizar el fin de la civilización. Fue entonces cuando se marchó Marta. No puedo más con esto-había dicho ella. Y se fue, poniendo fin a un noviazgo que había durado más de lo que cualquiera podría haber esperado.
Mario era ahora consciente de su error, ya que poco después, en aquella red social instalaron el botón Me gusta. Y él pudo entender que el ser humano había conseguido burlar a la máquina, porque el Me gusta no era más que una forma sencilla de decir: Estoy aquí, te reconozco, existes para mí…El me gusta era la manera en que los humanos establecían relación, escapando así del poder de la máquina. Y es que Mario, de 29 años de edad y natural de Lebrija, estaba seguro de que el territorio en el que verdaderamente se pierden los humanos es en el de las relaciones. Sin embargo, a pesar de ser consciente de su error, ya era tarde y nunca hubo forma de recuperar a Marta.

  La gente dice que el mundo es un pañuelo, pero la gente está equivocada. De ser así, sería un pañuelo de 148 940 000 km2. ¿Cómo es posible, entonces, que siendo este planeta tan grande no paremos de encontrarnos una y otra vez con la misma gente? Esa era la pregunta que intentaba responder Mario. Obviamente, no era un problema geográfico. Algunos físicos querían modificar la teoría de la gravitación universal para poder aplicarla a las relaciones personales, mientras que otros investigaban sobre la sincronicidad. Su aporte a todo este esfuerzo científico por resolver este enigma sería el mapa de los estados emocionales. Estaba convencido de que bastaba con trazar este mapa para una sola persona, él mismo, y después los resultados serían extrapolables al resto de la humanidad simplemente sustituyendo los puntos de referencia básicos y las personas que formaban parte de él. La dificultad estribaba en que los espacios emocionales no se parecían en nada a los geográficos. Las personas iban y venían de nuestra vida, unas con más intensidad que otras y cada una con designios diferentes…aún tenía que resolver la forma de esquematizar todos estos datos. Hay que hacerlo básico- se repetía una y otra vez- el mapa nunca puede ser más complejo que el territorio.
Así que, en su caso, había decidido empezar por representar su relación con Marta. Sólo esto le había costado dos años pero, ¿cómo podría ser fácil llevar el amor a un mapa?. Había usado varias referencias: la entrada de la primera vez que fueron al cine, el papel en el que anotó el teléfono de la chica cuando se conocieron, una foto de las vacaciones en Portugal…por fin todo empezaba a encajar y a cobrar sentido. Sólo faltaba por integrar en aquel diagrama vectorial la taza que ella le trajo como regalo a su vuelta del viaje por Holanda. Aquella taza roja que Mario usaba todos los días para tomar el té después de malcomer cualquier cosa que encontrara en su maltrecho frigorífico. Ese era su objetivo para ese día, completar el mapa de su amor por Marta. A partir de ahí el resto del trabajo sería mucho más fluido y el proyecto se vería concluido en pocos meses.

  Sonó el teléfono, era otra vez su madre, la única relación real que aún conservaba. Contestó con evasivas: estoy bien, no sé cuándo iré…sí, sí, no te preocupes…y colgó. Volvió a sentarse y se dispuso a continuar con su trabajo, disfrutando de su té. Sincronicidades aparte, hay que reconocer que el destino es cruel. En un movimiento que Mario había repetido miles de veces en los últimos dos años, fue a coger la taza roja, pero justo ese día, precisamente ese día, la taza resbaló de su mano. Y ajustándose firmemente a la Ley de la gravitación universal cayó al suelo. Y se hizo añicos.

Solamente Lola

  La mayoría de las personas piensa en las palabras como cosas inertes, inocentes incluso. Sin embargo, ella no era de esta opinión. Ella sabía muy bien del peso de las palabras. Sabía que hay palabras neutras, sin importancia, vacías de afecto y vacías de peso. Luego estaban las otras, las que no sólo se oyen o se leen, las palabras que de alguna manera se sienten en el cuerpo, de un modo casi orgánico: las palabras pesadas. De esas tenía la antigua Dolores una colección enorme, llenando las cartas que había escrito en los últimos diez años, a razón de una cada día, para contarle a Marcelo cuánto lo seguía queriendo a pesar del tiempo.  Esa misma mañana había escrito la última. Había sido corta: ADIOS era lo único que versaba, aunque no por ello había sido menos difícil de escribir que todas las demás. Justo en ese momento decidió que ya no se llamaría nunca más Dolores, cansada como estaba de que la vida le doliera, a partir de ahora sería sólo Lola. Solamente Lola.

  Todas aquellas cartas, que ahora estaban esparcidas por el suelo de su habitación, nunca las había enviado. Y Lola comprendía que las palabras no dichas son siempre las más pesadas, las que consumen el alma. Diez años de amor no correspondido, diez años de tequieros, de ojalases, de teechodemenos…diez años de palabras que pesaban toneladas.
Sacó del armario la vieja maleta de cuero que le regaló su abuela el día que murió.-Guárdala para una ocasión especial-le había dicho al dársela. -Nada más especial que esto-pensó Lola. Así que poco a poco guardó todas esas palabras en la maleta y después la cargó en el coche. Estaba decidida.
No había ido a Cádiz desde que Marcelo la abandonó y, en varios momentos del viaje, se sintió mareada por el temor a que por alguna cruel casualidad se fueran a encontrar. Condujo sin prisa, dejando que fluyera la nueva fuerza que había encontrado en sí misma.

  Al llegar a la ciudad puso rumbo a la Caleta, sin querer volver la vista a los lados para que no la acosaran los recuerdos. Dejó el coche mal aparcado, pensando que un momento como aquel bien valía una multa. Cogió la maleta y echó andar por el Paseo Fernando Quiñones. Siempre le gustó ese puente, que discurría sobre el mar como un estrecho istmo que unía la playa de la Caleta con el castillo de San Sebastián. A mitad de trayecto, Lola se paró a contemplar el agua. Alzó su maleta y la arrojó con furia al mar. Y pesadas se hundieron las palabras…y el mar las devoró sin compasión. La antigua Dolores se dio media vuelta y la nueva Lola comenzó a caminar, dejando tras de sí la inmensidad azul de aquel mar de palabras pesadas.

Search For Extraterrestrial Intelligence

  El dos de marzo de 1972, la Agencia estadounidense del espacio y la aeronáutica, la NASA, lanzó al espacio la sonda Pioneer 10. Aunque el objetivo principal de la misión era proporcionar datos sobre Júpiter, la nave se hizo famosa por otro motivo. Contenía una placa de aluminio anodizado en oro, en la que los ingenieros de la agencia aerospacial habían inscrito información básica sobre el ser humano: quiénes somos y cómo encontrarnos. Así, en caso de que una civilización extraterrestre interceptara la sonda algún día, podría contactar con nosotros.
  Tras ésta y otras experiencias, en los años 80 se creó el Programa para la búsqueda de vida Extraterrestre, más conocido por sus siglas en inglés, SETI. Actualmente, dicho proyecto funciona como una organización no gubernamental que opera en modo abierto, con más de cinco millones de personas que trabajan voluntariamente desde sus casas en la búsqueda de vida inteligente en el espacio exterior. Ahora ya no enviamos placas con mensajes grabados, enviamos mensajes de radio y esperamos una respuesta que nunca llega.
  Cinco millones de soñadores, crédulos y fervorosos seres humanos, anhelan que al universo le interese nuestra existencia. Porque, para el ser humano, lo más intolerable es precisamente el ser, aún más el ser solo en el mundo. Quiénes somos y cómo encontrarnos sólo importa si hay un otro que nos busque, un otro que escuche nuestra llamada (y que responda) aunque sea desde los confines del espacio exterior. Cinco millones lo buscan a través del programa SETI. El resto de los 7.052.228.907 de seres humanos buscamos a ese otro, también en el espacio exterior, aunque esta vez no extraatmosférico, y también nos convertimos así en soñadores, crédulos y fervorosos.
  Tonto el ser humano, los 7.052.228.907 que no aceptamos que el otro no existe. No de la manera en que esperamos que exista, no para responder a nuestra llamada, ni siquiera aunque algún día hallaran la sonda Pioneer. Por más que deseemos encontrar un otro que nos signifique, que dote de sentido nuestra existencia, hay un algo del ser humano que es único e incompartible. Por más que queramos, hay una barrera última entre nosotros y el otro. La más obvia: la piel; la más ineludible: la propiedad íntima del ser, la individualidad. El otro nunca será yo. Ni seremos dos. Seremos uno y otro, uno y uno, cada uno solo, a pesar de nuestros engaños, nuestras esperanzas y nuestras vanas ilusiones. Siempre seremos solos. Y esta verdad es tan aterradora como toda la infinitud del Universo.
  La última señal de la Pioneer 10 fue recibida el 23 de enero de 2003, cuando estaba a 12 mil millones de kilómetros de la Tierra. Su viaje continúa.

A CINCUENTA SISTOLES POR MINUTO

  El corazón humano late a un promedio de 70 sístoles por minuto. En 60 segundos, el ventrículo izquierdo se contrae unas 70 veces, empujando a la sangre perezosa en su recorrido por los entresijos de un cuerpo lleno de avenidas y callejuelas.
En el año 2005 el consumo energético mundial fue de 138900 TeraWatios por hora, 2315 TW por minuto. El desfase es más que evidente.


  Amelia pensó que el ser humano es mucho más lento que el mundo. Ese mundo glotón que devora 2315 Terawatios cada minuto y nos obliga a correr mucho más allá de nuestros parsimoniosos 70 latidos por minuto. Claro que la frecuencia cardíaca no es constante, a veces se acelera hasta las 100 o 120 sístoles por minuto y a veces aminora hasta las 40 o 50, pero siempre lejos de los 2315 Terawatios que mantienen la Tierra encendida cada sesenta segundos. 
El corazón de Amelia no era distinto al de cualquier joven de 30 años. Sin embargo, aquel día, cuando Alberto se marchó de casa, su corazón se paró un poco. No del todo, pero sí lo suficiente para frenar su siempre acelerada marcha. “Estoy mal, lo quiero dejar” -había dicho él-. Y a aquella sístole le siguió una larga diástole…y Amelia escuchó incrédula todas las cosas que dijo Alberto sin llegar a entenderlas. Quizá no entendía nada porque él latía a una frecuencia mucho más alta que la suya. Él estaba enfadado. Ella, abatida. Él la insultó, dijo cosas terribles…y se marchó dejando la casa cargada de silencio. Ella se quedó allí sentada, a 50 sístoles por minuto, pensando en cómo era posible que un día se quisieran tanto y al siguiente ya no tuvieran ni futuro ni presente. Se quedó sentada mucho rato, mientras el mundo seguía girando ajeno a las tragedias de cada individuo que lo habita. No, el mundo no esperó a Amelia. Ni siquiera Alberto -que la había querido tanto- lo había hecho, mucho menos iba esperarla el mundo, siempre agitado y enloquecido, que seguía corriendo y comiendo en su debacle de watios, julios y terawatiosSí, se quedó allí sentada, pensando en sístoles y en diástoles y en lo misterioso y abrumador que es el proceso por el que se deja de querer a alguien.
  
  No pudo evitar preguntarse cuántas parejas estarían rompiendo su relación justo en aquel minuto, pensando que quizá podría calcularse una frecuencia mundial de pérdida del amor, como si al convertir la desgracia en una constante, ésta se hiciera menos dolorosa. Pero sabía que no. Sabía que aquel agujero que comenzaba a sentir en su cuerpo tenía que ver con la pérdida, con todo lo que se va con la persona que nos deja. Y sabía que no hay forma de diluir la tristeza en fórmulas matemáticas ni en estadísticas de consumo energético mundial. Así que siguió allí, tontamente sentada, a 50 sístoles por minuto, hasta que al mundo le dio por amanecer.