El Ruido II: Bajo B

  Se hallaba en el otoño de su vida. El paso del tiempo había corrompido la inocencia de su juventud, dejando tras de sí sólo una sombra, una mujer marchita y distímica. Se llamaba Alondra. Su padre escogió aquel nombre porque le resultó divertido que una niña madrugara tanto para llegar al mundo. Para hacer honor a su nombre ella fue un ave diurna y de carácter alegre. A cambio, ambos tuvieron una relación privilegiada que su madre siempre respetó. Aún ahora, siete años después de su muerte, Alondra se ponía triste los días como ése, en que cocinaba las “papas a lo pobre” que él le enseñara a preparar cuando ella contaba 8 años.
  De su padre, perfumero de profesión, Alondra había heredado, además de aquella receta de cocina, un exquisito sentido del olfato. Mientras cargaba el cajetín de la lavadora con el detergente barato de Mercadona, pensó en qué habría dicho su padre de la estúpida costumbre de poner jabón de Marsella en todos los limpiadores actuales. Él, que odiaba el olor neutro del jabón, hubiera preferido los aromas florales ya pasados moda. Sus perfumes a base de jazmín causaron furor en más de una dama de la alta sociedad sevillana. Ese día tocaba colada de ropa blanca, compuesta principalmente por calzoncillos de su marido, fiel a los clásicos slips de Abanderado. Dieciocho años de convivencia reducen el matrimonio a tareas como aquella en la que se hallaba envuelta cuando escuchó cerrarse la puerta de casa.
  Ernesto entró desanudándose la corbata. Ella se incorporó para recibir a su marido, alto y trajeado, que había llegado hasta la cocina. Traía gesto alegre, por lo que la mujer adivinó que, a pesar de la tardanza, no habría tenido un mal día en el bufete. Él se acercó murmurando un hola manido y le dio un beso rápido en la mejilla. Y entonces Alondra lo olió. Ahí estaba, sigiloso y mezquino, escondido entre la mezcla de after shave barato, colonia de baño y algo de sudor, el perfume de una mujer. Antes de que su marido se retirase, Alondra se percató de que el olor de la traición era más fuerte en el cuello. Fue sólo un segundo, pero no había duda, el delicado aroma había helado su sangre. Era una fragancia fresca y elegante, del estilo de perfumes que gustan a las mujeres algo más jóvenes que ella. Enseguida imaginó a la otra delgada y estilizada, los labios tocados de carmín, el cabello liso…Ernesto le tocó el culo de forma mecánica, despojando de aprecio un gesto que se hizo estereotipia. Y ella se quedó quieta, sin saber qué hacer, mirando su imagen en el espejo situado en la pared frente a la puerta de la cocina. De repente se sintió mayor. Mayor y gorda, adivinó la celulitis en sus muslos bajo la falda y observó su pecho que comenzaba a verse vencido por la gravedad y los menesteres propios de su condición de ama de casa. Se sintió desolada, extraña, y tonta, contemplando su propia expresión de sorpresa.
-Anda, termina eso y comemos ya-dijo él mientras se dirigía al salón. Ella se volvió a mirar la ropa sucia que aún quedaba por meter en la lavadora. Echó a andar hasta el cuarto de baño y sacó del cesto de la colada unos calcetines rojos de su hija. De vuelta en la cocina terminó de cargar la lavadora, procurando introducir los calcetines entre la ropa interior blanca. Puso un programa de lavado largo. Así de sutiles son las venganzas de las mujeres como Alondra. Así de tenues.

  Sirvió tres raciones de patatas y las llevó a la mesa del comedor, donde esperaban su marido y su hija. Los dos charlaban animadamente, Miriam contándole a su padre no sé qué historia de algunas chicas del Instituto mientras él miraba el Telediario. Alondra se sentó junto a ellos, notando cómo el color retornaba poco a poco a sus mejillas, con el olor del perfume traicionero persistiendo en su nariz. Sin siquiera coger la cuchara miró a su marido y no pudo más que sentir incredulidad al ver su fingida naturalidad. La tristeza y la ira borboteaban en su interior, como el magma que se agita en el interior de un volcán.
  A sus amigas nunca les gustó Ernesto. Ella siempre lo defendió a capa y espada contra los ataques de éstas, que advertían a Alondra del peligro de los hombres como él.
-Es muy bueno conmigo.-decía ella.
-Es muy frío, Alondra, ¿no te das cuenta? Siempre haces lo que él quiere.
Y luego llegó Miriam. Alondra se quedó embarazada cuando sólo hacía dos meses que se veía con Ernesto. Fue una estupidez de juventud, pero cuando se percató de la primera falta, en lugar de miedo, sintió felicidad por compartir algo así con aquel hombre. Aunque nunca se atrevió a confesarlo, lo que más la atraía de su marido era la implacable masculinidad que derrochaba. Esa virilidad que impregnaba todos sus movimientos y llenaba cada resquicio de su relación, haciendo que ella se sintiera terriblemente mujer. Nunca, nunca había conocido a un hombre así. Y a pesar de todas las advertencias, Alondra se casó con él. Y sellaron su amor con una hija. Él siempre cuidó de la niña con premura, mimándola, queriéndola…de la misma manera en que su padre la quiso a ella.
  Cuando la niña cumplió cuatro años, estando ya instalados en el piso de Triana que les regalaran sus suegros y en el que aún vivían, su hija empezó a quejarse de dolor en las rodillas algunas noches. Al principio, Alondra pensó que era cosa del crecimiento, hasta que los dolores se hicieron tan persistentes que la llevó al Pediatra. El médico dijo que padecía el mal de Perthes, una enfermedad que afectaba a su cadera, destruyendo el hueso de la articulación. La niña se asustó mucho cuando le hicieron todas aquellas radiografías. Y a pesar de todos los analgésicos y los tratamientos de fisioterapia, Miriam no fue bien. Aunque se recuperó, el hueso no regeneró como debiera y la cabeza de su fémur nunca encajó a la perfección en la cavidad de la pelvis, resultando en una leve cojera. Alondra lloró muchas noches y muchos días. Y fue Ernesto quién cuidó de las dos. Él se aseguró de ser un buen padre y se encargó de que nunca hubiera traspiés en el mundo de su hija, que creció fuerte y dichosa. Y todas las advertencias previas de sus amigas parecieron un atrevimiento a los ojos de Alondra.

  Ernesto seguía comiendo, dando alguna mirada a la tele de a cada tanto. Ella, por su parte, había tomado algunas cucharadas del plato, más por aparentar normalidad que por otra cosa. Miró las manos de su marido, su cabello moreno ondulado, su barba recia. Y sintió como su amor, que otrora lo invistiera, abandonaba lentamente el cuerpo del hombre. Sus manos, antes fuertes y protectoras, se le hacían ahora torpes. Sus ojos habían cobrado una expresión mentirosa, su piel se le antojó un campo de minas, con el perfume de la otra mujer agazapado esperando a estallar ante la más leve caricia. Alondra se sintió desdichada. Recordó el gesto fraudulento de su marido al tocarle el culo, y se sintió la otra. Pensó que debía hacer algo de inmediato. Coger sus cosas y marcharse, abandonar a su marido.
-Qué ricas te salen las papas, mamá.-dijo Miriam.-¿Queréis algo de fruta?
-Tráeme un melocotón.-respondió su padre.
  Alondra miró a su hija mientras se alejaba hacia la cocina. A sus dieciocho años aún conservaba más de la adolescente que fue que de la mujer en la que habría de convertirse. Regresó portando dos melocotones, caminando con una casi imperceptible cojera que rasgaba el corazón de Alondra a cada paso. Entregó una de las frutas a su padre, que seguía mirando pasmado la tele, y le dio un beso inocente en la mejilla. Él sonrió levemente, sin darle apenas importancia a aquel gesto, como sonríen los padres que ya han recibido muchos besos de sus hijas y que saben de seguro que recibirán muchos más. Pero para Alondra aquel beso fue como un río, un maravilloso regalo que su hija hacía a su padre. Y no pudo menos que acordarse de su propio padre. Del último beso que le diera a su cuerpo moribundo en su lecho de muerte. Su padre había fallecido dos años después de que muriera su madre. Los médicos hablaron de un cáncer de pulmón, pero ella estaba segura de que había muerto de pena, extrañando a su esposa. Ella estuvo junto a él en el Hospital, cuidándolo y acompañándolo en la sombría intimidad del tránsito a la muerte. Sí, el beso que su hija acababa de dar a Ernesto fue como un río capaz de sofocar todos los volcanes. Y el fuego en el interior de Alondra se apaciguó. Se sintió egoísta por pensar siquiera en romper su matrimonio. ¿Cómo iba a hacerle eso a su hija?¿Con qué derecho iba ella a privar a Miriam de una felicidad que ella ya disfrutara? Y además, ¿qué haría? ¿adónde iría? En realidad, ella ya había tenido al hombre de su vida y sentía que le debía a su hija el suyo. Pensó en cuántas mujeres habrían pasado antes que ella por una situación similar, y en cuántas quedarían aún por pasar y, de repente, se sintió algo aliviada. Entre la muchedumbre que imaginó ya no estuvo sola. La resignación no es cosa de una sola mujer. Miró a su hija que ahora ayudaba a su padre a limpiar la mesa. Y en ese momento decidió que aguantaría por ella, sólo por ella, y entendió lo inexplicable del sacrificio inherente a la maternidad. ¿Cuántos sacrificios no habría hecho su madre por ella?
  Se recostó en el sofá, bajando el volumen de la televisión. Cayó en un sueño agitado, en el que se veía a sí misma caminando con una pata de palo. Mientras, en la lavadora su amor seguía desangrándose lentamente, tiñendo de rojo las vergüenzas de su marido. Habría transcurrido una media hora desde que se quedara dormida cuando la despertó un ruido que se le antojó metálico, algo así como un golpe que sonó como un clac. Su marido entreabrió los ojos pero siguió durmiendo en el sillón, mientras su hija hacía los deberes sentada a la mesa del salón escuchando música con los auriculares. Se levantó a revisar la lavadora y encontró que aún estaba centrifugando. Entonces el bullicio en la calle la sobresaltó. Se asomó a la ventana del salón, no acertaba a ver entre el corro de personas.
-¿Pero qué…?

El Ruido I: Bajo A

  En cuanto cerró la puerta de casa Rosalía pudo sentir sobre sus hombros todo el peso del silencio. De entre todos los olores que había, el primero que detectó su nariz fue, como siempre, el olor a vacío. Caminó despacio hasta la cocina, sigilosamente, con ese andar menudo y callado de las mujeres de su edad, sobre todo de las que van de luto. Dejó en el suelo las bolsas de la compra,  Supermercados Spar, y se dispuso a guardarlo todo en la despensa. Esa despensa que era lo único que estaba lleno en su casa vacía. Cuando terminó fue al dormitorio y se cambió de ropa. Escogió un camisón de un negro inmaculado. El luto pesaba, pero no tanto como aquel aire denso que inundaba su casa desde hacía dos años y cuatro días. Aquel aire que se le antojaba tan duro como el cemento y en el que ella percibía, tan claro como el color negro que la vestía, los restos de la tragedia que había detenido el tiempo. Hoy es lo mismo que ayer. Y será lo mismo que mañana, porque ya ayer fue lo mismo que hoy. ¿Estaré muerta?- pensó Rosalía- pero un dolor en la espalda se apresuró a recordarle que no. Se preparó un café con leche que se tomó sin prisas sentada en la mesa de la cocina, mirando al frente sin ver, perdida entre tantos recuerdos.
El reloj de pared del salón marcaba el pasar continuo del tiempo, aunque el sonido del vaivén del péndulo se propagaba atenuado en la espesura del aire. La mujer se levantó y sacó una cacerola grande. Vertió en ella los restos del cocido del día anterior y lo puso a calentar en el viejo hornillo. Se sintió triste al pensar que nunca aprendería a cocinar para una sola persona. Su marido, José, siempre había alabado su destreza en la cocina. Tienes unas manos de oro, solía decir, y luego las cogía entre las suyas y las besaba.

  Había conocido a José un domingo en la verbena del pueblo. Ella estaba sentada con otras muchachas, tomando un poco de Casera y sonriendo a los chicos que estaban en el otro extremo de la plaza. José no tardó mucho en acercarse, le preguntó si quería dar un paseo y ella asintió mientras sus amigas reían divertidas. El sol de aquella mañana de domingo brillaba generoso sobre su rostro, acariciando sus lozanas facciones ya de por sí suaves. Según le contó José años después, fue al mirarla así, con el sol de frente, cuando decidió que quería pasar el resto de su vida junto a ella. Se casaron un año después y fueron de viaje de novios a Ceuta y Melilla. Aunque las ciudades no eran gran cosa, a Rosalía la cautivó el encanto de viajar con su marido por primera vez, los dos en el coche que les había regalado su padre, cruzando el estrecho en Ferry y recorriendo después las tierras del norte del continente africano juntos, como si fueran dos aventureros de las películas americanas.  Poco tiempo después a José le salió un trabajo en Sevilla, como técnico de Telefónica, y fue así como los dos dejaron Extremadura y se trasladaron a vivir a la ciudad en la que aún residía Rosalía.
Compraron un pequeño piso, un bajo, en el barrio de Triana y lo pagaron durante años con algún que otro esfuerzo económico. No habían transcurrido muchos meses desde que se mudaran cuando el embarazo colmó de dicha la casa. Su hijo Jesús llegó con las primeras flores de la primavera y el joven matrimonio no pudo pedir más felicidad.

  Rosalía retornó de los recuerdos alertada por el borboteo de los garbanzos en la cacerola. Se levantó y apagó el fuego, sirviéndose después una ración abundante en un antiguo plato de Arcopal con flores azules pintadas sobre un fondo blanco. Comió despacio, ajena al tiempo y a la vida que transcurrían fuera de aquellas cuatro paredes. En su casa, la vida era una mentira. Un ir y venir de días inciertos, con las horas solapándose en su paso inadvertido; el tiempo, no existía en casa de Rosalía que, desde la muerte de su marido y su hijo se hallaba detenida en el purgatorio. Fregó los cacharros con delicadeza, dejando que el agua le refrescara las manos. Cuando terminó se dirigió a la que fuera la habitación de su hijo. Parada frente a la puerta se dijo que no debía, que el médico ya le había dicho muchas veces que eso no le venía bien, pero no pudo resistir el deseo de abrir la puerta. En aquel espacio todo se conservaba como el día que José y Jesús se marcharon de pesca.
Ella recordaba lo contentos que se fueron. Tened cuidado -había dicho, fiel a su papel de madre, justo antes de que sus dos hombres cerraran la puerta-. Aún guardaba fresca en su memoria la huella del beso que su hijo le dio en la mejilla. No te preocupes.-le dijo el chico, esbozando una sonrisa veinteañera antes de cruzar el umbral. Vamos, vamos, que luego nos pilla la caravana.-apremió José. Y esa fue la última vez que hablaron. A pesar de la recomendación de su hijo, Rosalía, mujer de principios, se preocupó. Y su inquietud fue en aumento a medida que pasaba el tiempo y no recibía la llamada para anunciarle que habían llegado bien. En su lugar se presentó un coche de Policía, a las 11 de la noche, para acompañarla cortésmente a un Hospital de Sevilla. La mujer se sintió abrumada y sola en el corto viaje, a pesar de que los dos policías fueron muy amables intentando consolarla. José murió esa misma noche, Jesús tuvo que soportar un calvario que duró tres días. Rosalía permaneció todo el tiempo junto a su hijo. Se lavaba con las esponjas jabonosas que le daban las enfermeras, en el baño de la habitación. Rezó mucho, a San Camilo, a San Martín de Porres y San Judas y aún así su hijo continuó en coma. Para ella, lo más duro fue verlo extinguirse poco a poco, sin poder hablar con él por más que ella le suplicara que se despertara. Y no despertó. Los médicos dijeron no se qué de una hemorragia interna. Rosalía enterró los dos cadáveres, pero lloró sólo a uno. A José lo odió por haber tenido aquel despiste con el coche. Se habían salido de la carretera y habían caído por un barranco. Ahora, lo echaba de menos y lo detestaba a partes iguales. Suponía que algún día podría perdonarlo pero, ¿cómo? ¿cómo podría? ¿Por qué no había estado atento? Su corazón roto latía dividido cuando pensaba en su pobre José, el culpable del accidente de tráfico que la había dejado sola en el mundo. Su hermana Trini, mayor que ella, la acompañó en todos los horribles trámites del entierro y pasó con ella unos días. Ahora era su única familia, a excepción de algunos primos que residían en Barcelona, y hablaban por teléfono de vez en cuando. Rosalía no había vuelto a ir jamás al pueblo, a pesar de lo mucho que se lo pedía su hermana. Su vida (o su muerte) estaban en aquel Bajo de Triana.

  Entró en la habitación de su hijo muerto y sintió cómo el aire era aún más sofocante allí, cargado como estaba de recuerdos y de amor sin objeto. Se quedó parada de pie, enlutada, respirando y añorando, comenzó a llorar y se sentó en la cama. Acarició la colcha azul que cubría las sábanas y se tumbó tan escuetamente que casi no se formaron arrugas en la tela. Se volvió hacia un lado, aferrándose a la almohada con mucha fuerza, por si así conseguía convertirla en su añorado hijo. En momentos así era cuando odiaba a José. No había vuelto a dormir en la cama que compartieran. Pasaba sus días como un fantasma, dedicada a las labores del hogar con esmero, viendo algún programa en Canal Sur y, por supuesto, entregada al sufrimiento de su pérdida como en aquel mismo momento. Ella, que había sido tan feliz con su hijo, que lo había alimentado, lo había bañado, lo había enseñado a andar y a decir sus primeras palabras, ella que lo había visto crecer fuerte y espigado. Ella, madre, ya no era nada. ¿Qué es una madre sin un hijo?-se preguntó entre lágrimas. Se hundió en la profundidad insondable de su pérdida y en lo inexplicable del vacío que sentía. Vacío que ni el tiempo ni el llanto habían podido llenar. Se despertó desorientada, hasta que el camisón negro la devolvió al presente. No sabía cuánto tiempo había transcurrido y no le importaba. Se secó las lágrimas con la mano y se incorporó para sentarse de nuevo. El calor de la siesta sevillana se dejaba notar en la casa. Entornó las persianas de toda la casa y se sentó en el sofá. Fue entonces cuando escucho el ruido. Lo escuchó sordo y apagado, amortiguado por aquella espesura dramática que inundaba su casa. Aún así se abrió paso rasgando por un momento el aire pesado. ¿Qué ha sido…?-balbuceó, pero rápidamente el velo de la tragedia volvió a caer sobre ella, sigiloso, certero.

Las luces sobre el Tajo

  El bar había sido una antigua Casa de Citas. Conservaba el encanto decadente de su anterior uso envolviendo cada detalle de la renovada modernidad actual. Mariela estaba en la pequeña terraza junto a la puerta de la primera planta. Fumaba un cigarrillo fingiendo estar atenta a la conversación de las chicas que acababa de conocer esa misma mañana en el Congreso. Aunque no le gustaba asistir sola a aquel tipo de eventos, Lisboa siempre le había parecido un lugar al que no se le podía decir no. Miraba distraída cómo el portero negaba el acceso a todos los que intentaban la entrada, dirigiéndolos a la puerta de la planta baja, en la calle que discurría en el nivel más bajo. Tres chicos se acercaron mientras el empleado estaba ausente de su puesto. Intentaron abrir la puerta sin éxito hasta que Mariela les sonrió y les indicó el camino. Uno de ellos, recio y moreno, le devolvió la sonrisa y la saludó con la mano, manteniendo la mirada hasta el punto de hacer enrojecer a la chica. Sus nuevas amigas seguían conversando animadamente sobre las virtudes del fármaco presentado en el Congreso. Habrían transcurrido unos quince minutos cuando el chico se acercó a Mariela, ofreciéndole en inglés una cerveza en pago por sus indicaciones:
-Sin ti no podríamos haber entrado, gracias.
La chica contestó en español, avergonzada por su torpeza con los idiomas y turbada por la mirada sólida del joven. Era moreno en toda su extensión, de facciones duras y aspecto fuerte. Comenzó a hablar en castellano con un suave acento portugués, presentándose como Nuno. Le siguieron dos besos de perfume amaderado, masculino, y la clásica conversación sobre el origen patrio. Algunos chistes sobre españoles y portugueses y una invitación a continuar la conversación dentro, sentados en la barra. Nuno le cedió el taburete y ella aceptó, mientras admiraba su cuerpo bronceado y adivinaba el tatuaje que asomaba por la manga bajando desde su hombro. Ahora que lo miraba de cerca, estaba segura de que era mayor de lo que había pensado en un primer momento. Él afirmó tener 41 años y ella contestó cortésmente:
-Los llevas muy bien.
-Gracias- respondió mostrando una sonrisa nacarada.-¿Qué viniste a hacer a Lisboa?
-Me han invitado a un congreso…nunca vengo sola a estas cosas, pero Lisboa es una ciudad fantástica.
-¿Un congreso de qué? ¿Eres médico?
-Psiquiatra
-Wow…¡Qué miedo!-dijo él.
-Bah, tampoco es para tanto. Además no tienes de qué preocuparte, en mi tiempo libre no trabajo.
El portugués se rió con franqueza.
– Yo trabajo para un laboratorio farmacéutico.
-¿En serio? Qué coincidencia…
Y la conversación continúo en la superficialidad propia del momento, mientras que los ojos recorrían los unos las zonas prohibidas del otro, trazando en el mapa corporal la ruta serpenteante del deseo. Ella sonreía y parpadeaba mientras observaba al detalle los ademanes firmes del hombre. Reparó en sus manos fuertes, en la tersura de su piel, en la melodía de su acento…A mitad de la copa la distancia se había acortado considerablemente y la atmósfera del bar se había reducido al microcosmos del espacio intermedio entre los dos. Y en un silencio complaciente Portugal besó a España en los labios, con una dulzura y un vigor que hicieron a Iberia prender en llamas.

  Cuando tres copas después se decidieron a abandonar el local, los dos ya sentían como si se conocieran desde hacía mucho tiempo. Subieron al coche de Nuno y, con la puerta aún cerrándose, se volvieron a besar. Y el beso le supo a Mariela a reencuentro, como si probara de nuevo unos labios que llevara largo tiempo sin besar. Bajó la ventanilla mientras el portugués arrancaba el vehículo. La noche lisboeta le regaló una suave brisa, que acariciaba su cara y alborotaba un poco su cabello. Nuno la miraba de a cada tanto, mientras ella vagaba por la belleza decadente de la ciudad. Se dirigían a la casa del hombre. La última colina de Lisboa, el último edificio, el último piso, había dicho él. Y fue como anunció.
La casa era amplia y diáfana, con una terraza con vistas privilegiadas al Tajo, que discurría paralelo al salón. En la negrura de la noche, las luces de las ciudades en la margen opuesta del río y las de los barcos que navegaban por él formaban un hermoso mosaico que se ofrecía ante la mirada de la chica. Se sentaron a fumar un cigarrillo, disfrutando de las bondades de la noche.
-¿Hace cuánto que no tienes novio?-preguntó Nuno.
-¿Cómo sabes que no tengo novio?-respondió ella y él le devolvió una sonrisa.
-Lo sé.-dijo-No habrías venido aquí si lo tuvieras, tú no eres así.
-Ocho meses. ¿Y tú?
-Dos años.
-¿Pero qué le pasa a las portuguesas?-preguntó Mariela sin pensar.
-Que no me gustan-rió él.
Y en ese punto dieron por concluida la conversación. Los agravios previos, las historias, los pasados, los dolores no importaban, nada ni nadie más importaba ni existía, solo la noche y la brisa, Lisboa y las luces sobre el Tajo. Estuvieron un rato en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos, atesorando y mimando el precioso tiempo que estaban compartiendo. Mariela pensaba en lo poco frecuentes que eran ese tipo de encuentros, en lo excepcional que resulta conocer a alguien y sentir que nada hace falta decir, que el otro ama lo que ve y respeta lo que no ve, sin misterios, sin sorpresas, sin prisas, sin culpas, sin pesares…
Nuno la agarró de la mano y la condujo hasta la habitación, tan desordenada como estaría la de la chica si pudieran verla. La tumbó en la cama y desenfundó sus vaqueros sin esfuerzo. Sus manos acariciaron sus muslos con suavidad, mientras él besaba sus piernas en su recorrido hasta la cintura. La despojó de la camisa con delicadeza y volvió a agacharse a besar su ombligo, desde donde su lengua trazó un reguero en el viaje hasta sus senos, ahora liberados de toda contención, una vez que la propia Mariela se había quitado el sostén. Se estremeció cuando el portugués acarició sus pechos y los besó. Ella se incorporó un poco y le quitó la camiseta, dejando al descubierto su cuerpo fornido. Lo colmó de caricias y besos, en el esfuerzo tan puramente humano de intentar que el otro forme parte de uno mismo. Y al desnudo los dos se tocaron y se besaron, se lamieron, se miraron, se fundieron y se confundieron.
Él la penetró mientras agarraba con firmeza sus muslos y ella se dejó hacer en aquella conjunción. Sintió su miembro adentrándose en su cuerpo que lo recibió agradecido, mientras ellos en silencio se miraban cara a cara. Encontró en Nuno un amante impetuoso y delicado y apreció lo exquisito de tal combinación. Disfrutó cada empuje, cada beso, cada mirada y cada caricia y disfrutó del placer del orgasmo, mientras el hombre la cogía de las manos y eyaculaba perdido en la profundidad de sus ojos.

  Mariela dejó que el agua de la ducha corriera por su cuerpo, limpiando los restos del placer que aún quedaban sobre su piel, pero sin eliminar la sensación de plenitud del momento. Volvió a la cama y se recostó junto a Nuno, aún sudoroso. Se tumbó buscando el calor de su pecho y el abrigo de sus brazos. El hombre había puesto música en el iPhone, así son los amores contemporáneos. Una aterciopelada balada portuguesa moldeaba un ambiente cálido y los dos amantes hablaron y callaron, se rieron, se contaron la vida, se amaron. Fueron dos viajeros en tránsito en una estación de paso, dos amantes pasajeros que encontraron un amor infinito en lo finito. Se quedaron dormidos.
El despertador sonó a las 10:30, anunciando el triste momento de la separación, aunque aún hubo tiempo para más arrumacos.
-Ven aquí-dijo Nuno, que abrazó a Mariela por la espalda, apretándola contra sí, besando la parte posterior de su cuello. Ella se estremeció y sintió pena por tener que regresar a casa ese mismo día.
-Vuelve cuando quieras-invitó él.
-¿Me hospedarás?
-Claro…Vamos a desayunar.
Se vistieron y fueron al salón. Ella se quedó sentada en la terraza, fumando un cigarrillo mientras él preparaba tostadas y zumo de naranja. Admiró nuevamente la belleza del Tajo, esta vez a la luz del día, y comprobó cómo el portugués le gustaba más aún bajo el radiante sol de la mañana. Comieron sin hablar, mirándose a ratos, devorándose, pensando en lo bonito que podría ser.
De vuelta en el coche, Nuno le contó curiosidades de Lisboa y ella le habló de Sevilla en primavera…Cuando divisaron el hotel, Mariela no pudo evitar sentirse apenada, previendo lo caduco de aquella relación, por más que los dos se empeñaran en soñar con amores cargados de pasajes de tren y avión, de orgasmos telefónicos, de agendas sincronizadas. Los dos soñaron con un amor entre fronteras…y Mariela se lamentó por no ser más aventurera y porque ya incluso antes del final, su cabeza le advertía de que aquellas historias sólo eran hermosas porque eran tan efímeras como cualquier estrella fugaz.
Abrazó a Nuno y lo besó largamente en los labios. Hasta pronto, dijo él, Adios, dijo ella. Y al entrar en el hotel se preguntó si los empleados en el vestíbulo podrían adivinar cuán amada se sentía.

El Agujero

  ¿No te ha dolido?-preguntó el médico mientras examinaba con cuidado la zona afectada. A Inmaculada le molestaba aquella mirada minuciosa e inquisitiva, aquel paseo impío por los recovecos de su cuerpo, el escrutinio impúdico y, sobre todo, le molestaba la cualidad masculina de aquella mirada.  Hubiera preferido que la atendiera una mujer, pero no dijo nada. Desde que llegó al Hospital no había dicho nada. Su madre había explicado lo que “había hecho su hija” para sorpresa de todos los que la escucharon. Después las habían conducido a un box y les habían dicho que esperaran allí. Ahora ella se sentía incómoda, sola con el médico, que no paraba de preguntarle estupideces sobre el dolor o por qué no había dicho nada antes. La única pregunta que de verdad importaba, el por qué de su decisión, aún no se la había formulado nadie.
-Me ha dicho la Enfermera que tu madre se ha puesto mala, creo que le ha dado un ataque de ansiedad. No te preocupes, está bien, la están atendiendo en otra consulta.
Inmaculada sentía miedo de quedarse sola,  pero como siempre no dijo nada. Supuso que su madre estaría quejándose sobre ella, sobre lo mala hija que era y por qué no la habría bendecido Dios con un hijo. Una vez más, su madre la había abandonado a su suerte.

  Mientras yacía postrada en la camilla, Ana pensaba en cuánto detestaba a su hija. Desde que naciera no había hecho más que darle disgustos. Ya el parto fue complicado y ella estuvo al borde la muerte. Por si este fuera poco agravio, Inmaculada tenía la ingrata virtud de recordarle a su exmarido que la había dejado cuando la niña contaba con sólo un año. Tentada estuvo entonces de deshacerse de su hija dándola en adopción, pero aquello hubiera dado al traste con su imagen de mujer devota, por lo que, tomando la decisión de la que más se arrepentiría en su vida, se quedó con ella. Más de una noche había rezado Ana para que Dios sembrara en ella el amor que debía profesarle a su hija, pero sus plegarias nunca fueron escuchadas. Su hija se le antojaba extraña y callada, siempre alelada y perdida en sus propios ensueños, recelosa del contacto con los otros. La muy estúpida ni siquiera hablaba para quejarse cuando Ana le regañaba. Pero, ante todo, lo que más detestaba de su hija era que fuese una mujer. Nunca te fíes de los hombres, pero fíate mucho menos de las mujeres.-repetía cada vez que la ocasión se prestaba. El sueño de toda su vida había sido tener un hijo, pero Dios la había puesto a prueba enviándole una hija, una mujer. Una mujer que primero intentó matarla y después había dado al traste con su matrimonio. Porque para Ana, de la marcha de su exmarido la culpable era Inmaculada, su maldita hija. Y así cuando se fue, en lugar de una madre y su buen hijo, fueron dos mujeres solas en el mundo. ¿Qué iban a hacer dos mujeres solas en el mundo?
Y a pesar de todas sus oraciones Ana nunca superó aquella prueba, lo más que pudo hacer fue no darla en adopción, nada más. Nunca encontró la manera de querer a su hija, nunca pudo perdonarle el borde de la muerte, nunca pudo perdonarle el abandono del marido y, ante todo, nunca pudo perdonarle que le recordara que, ella misma, era también una mujer.
Pero esta vez, la tontería que había hecho esta vez era demasiado…

  -¿Cómo te lo has hecho?- preguntó el médico.-¿Te lo has hecho tú sola?-Inmaculada siguió callada. El médico le recordó a la Señorita Maite, la psicóloga del colegio, a la que veía desde que tenía 6 años. Inmaculada recordaba como aquella mujer se acercó un día en el recreo y se agachó para hablar con ella mientras jugaba con la arena. Le hizo muchas preguntas, ella respondió a algunas e hizo caso omiso a otras, pero hubo una que la desconcertó. ¿Por qué te vistes como un niño?- había dicho la Señorita. Y ella se quedó mirándola fijamente sin lograr comprender la pregunta y sin lograr comprender la diferencia entre ser un niño y ser una niña. Después le dio una nota para que su madre fuese al día siguiente al Colegio para hablar con sus maestras. Ella no estuvo presente en la conversación, pero recordaba que su madre había salido llorando y que, desde entonces, nunca más la vistieron como a un chico. A pesar de los desesperados intentos por que fuera un niño, desde los seis años su madre volvió a tratarla como a una mujer, si es que alguna vez volvió a tratarla.
-Lo que vamos a hacer es cortarte las costuras que te has hecho, porque si sigue así mucho tiempo se te va a infectar, además esto tiene que estar abierto…¿por qué te lo has hecho?- Inmaculada sintió que se mareaba. El médico había hecho la pregunta que de verdad importaba, pero ella sólo podía pensar en lo aterrador que era que eso quedara abierto. No quería tener el agujero abierto. El agujero, aquella violenta brecha que se hundía en su carne hasta llegar a lo más profundo de sus entrañas. Aquel agujero, por el que sentía que podía escaparse su alma. Aquel agujero era el horror. Aunque a sus quince años apenas tenía amigas, escuchaba como las otras niñas del Colegio hablaban de hacerlo y, aún sin tener muy claro el significado, sólo sabía que no quería hacerlo. Lo llamaban sexo, peligro, decía su madre. Para Inmaculada, la idea de alguien entrando por el agujero, penetrando e invadiendo su ser, poseyéndola, devorándola, era inconcebible… el agujero era un error, una terrible falla en su ser.
Sintió sus piernas temblar cuando vio al médico preparar el instrumental con las manos enfundadas en los guantes blancos.

  A Carmen le encantaban las Urgencias, le gustaba el ritmo y la necesidad de pensar y diagnosticar rápido. Prefería los casos más médicos y le dejaba los casos más quirúrgicos a Miguel, su compañero de Guardias. Acababa de atender a un hombre con un infarto y, siendo las nueve de la noche, pensó que estaría bien que fueran a comer algo, pero su amigo estaba ocupado. Se acercó a una de las Auxiliares que se encargaban de repartir las analíticas y la saludó:
-¿Qué está viendo Miguel?
-Uff, ni te lo vas a creer.-se rió-Una loca, que se ha cosido el chocho.

Niño Feo

  Niño feo se despierta una mañana de Domingo. Como siempre, encuentra a su madre recostada junto a él. Se vuelve hacia ella y con su pequeña mano rechoncha acaricia su pelo, lo admira, lo huele… ese largo cabello oscuro que tanto le gusta. Su madre es su persona preferida en el mundo y con la que pasa la mayor parte del tiempo. Ella se acuesta todas las noches a su lado, justo después de contarle un cuento, y le hace caricias en la espalda para que se duerma. Aunque él ya tiene cinco años y es mayor, aún hay veces que su madre le da el pecho, como cuando era un bebé y solo comía leche de la teta. Me dabas unos bocados muy grandes y me dolía mucho porque eres un glotón- le dice su madre de forma pícara algunos días, mientras le pellizca la nariz para hacerlo rabiar-.
A sus cinco años, Niño feo nada sabe de su fealdad. Nada sabe de sus orejas bajas ni de sus ojos hipertelóricos. Nada sabe de su carácter huraño y bizarro, desconoce completamente lo repulsivo de su aspecto y la repugnancia que genera en los otros, incómodo como resulta, sólo por su mera presencia. Pero él nada sabe aún de todo eso. Él es un príncipe, como tantas veces le repite su madre.
Las noches de invierno, ella le pone vicks vaporub en el pecho, mientras él admira su belleza delicada y siente ese cosquilleo que recorre su cuerpo y al que aún no sabe dar nombre. Sólo una noche ella no quiso darle caricias porque él se había portado mal. Fue un sábado hace ya un par de meses. Él había pasado la tarde en la explanada detrás de casa, jugando a ser un gran príncipe que protegía a su reina de todos las desgracias y los monstruos que asediaban sus dominios. Este pequeño príncipe cazaba en los bosques y era tan fuerte y poderoso que todos le temían. Y como prueba de su extraordinario poder, había torturado a un gato hasta la muerte y luego se lo había llevado triunfal a su madre como recompensa. Cuando apareció en la cocina con aquel obsequio funesto, María miró a su hijo afligida:

-Mi príncipe no, no puedes hacer daño a los animales, eso no está bien-dijo ella- y después lo obligó a enterrar el cadáver. Pero al día siguiente todo volvió a la normalidad y Niño feo nunca acabó de entender qué era aquello tan malo que había hecho, él, que sólo trataba de ser el príncipe de su madre.

  María regresa del sueño desvelada por las caricias de su hijo. Abre los ojos lentamente y el rostro del niño cobra forma en su retina. Lo contempla como otras tantas veces y siente como un puñal el sufrimiento que se cierne sobre su pequeño. Los otros chicos aún no han comenzado a excluirlo, ese mismo día está invitado a una fiesta de cumpleaños, pero ella sabe que ocurrirá tarde o temprano. Ella sabe de lo cruel del mundo, sabe que su hijo, su príncipe, será objeto de muchas burlas, muchas silenciosas y muchas clamorosas, será objeto de risas y murmullos, la gente no verá jamás más allá de su infame figura. Su fealdad será siempre una condena.
Lo mira y se pregunta por qué los demás no podrán nunca ver lo que ella ve. María lo ama por encima de todas las cosas. Lo ama como la parte que fue de su ser. Su hijo, su hijo, que salió de sus entrañas, su carne, su sangre…a veces incluso olvida que una vez hubo un padre y piensa que es sólo suyo, todo suyo. Y otras veces se siente culpable y se pregunta qué podría haber hecho para que él hubiera heredado unos rasgos más amables, que de seguro le habrían dispensado una vida mejor. Y lo vuelve a mirar y se enrabieta, es tan precioso y tan tierno, su príncipe, aunque sólo ella pueda verlo.
-Hola mi príncipe, ¿ya estás en marcha?- y lo besa largamente en los labios, lo que más quiere en el mundo…

  A las 5 de la tarde, María comienza a preparar a su hijo para asistir a la fiesta de cumpleaños de un compañero del Colegio. Niño feo apenas habla de los otros chicos, así que ella está contenta de que lo hayan invitado. Saca del armario la ropa de domingo, una camisa de cuadros azules y un pantalón corto marrón, pero el niño se empeña en ir vestido con su disfraz de Superman. María duda por un momento, pero nunca es capaz de negarse a las peticiones de su hijo. Treinta minutos después salen por la puerta, ella vestida de madre, él ataviado con la indumentaria de superhéroe. Su aspecto es francamente ridículo: bajito, medio gordo y desgarbado, Superman tullido. Son los últimos en llegar a la celebración. Al abrir la puerta, la dueña de la casa la saluda y en seguida se la lleva a conversar con otras madres. María puede ver cómo su hijo se acerca a los otros niños, pero sólo los observa y no se arrima a jugar con ellos.

  Niño feo busca con la mirada al único chico que le interesa de la fiesta, el anfitrión, Niño guapo. Lo ve al fondo del salón comedor sentado en el suelo, rodeado de otros tantos compañeros del colegio, rubio y sonriente, jugando con un coche teledirigido. Se acerca corriendo y se suma al corrillo, pero no dice nada. Se queda mirando taciturno y enjuto, como una presencia inquietante, hasta que el juguete choca contra sus pies. ¡Has venido! -exclama Niño guapo-. ¡Ven! -ordena mientras se levanta. Lo toma de la mano y sale corriendo escaleras arriba.
Niño feo sigue al otro chico hasta su habitación. Le gustan las paredes pintadas de azul y el avión que cuelga del techo.
Yo también tengo un disfraz -anuncia el otro-, pero él sigue extasiado, girando sobre sí mismo apreciando cada detalle del dormitorio, pensando que el suyo es mucho más pobre. Cuando se vuelve a mirar a su amigo lo encuentra desnudo, calzándose un traje de Batman.
-¿Te gusta?- le pregunta.
-Sí -responde tímidamente Niño feo. Contempla al otro chico y siente extrañeza en su cuerpo. Mira nuevamente su habitación y lo mira a él. De repente siente que quiere tener lo que él tiene, quiere ser como él, lo quiere a él.
-¿Quieres tarta? Vamos abajo.-Y los dos superhéroes caminan de nuevo hacia la escalera.
-Espera, te he hecho una cosa…por tu cumple.
Niño guapo recibe una hoja de papel que desdobla y encuentra un dibujo de trazo torpe: dos figuras alargadas, sin rostro, junto a una casa achatada y sin ventanas.
-Gracias- responde el homenajeado.
Niño Feo lo mira y sin pensarlo lo besa en los labios, como suele hacer con su madre.
-¿Qué haces?¡Qué asco! -dice el otro mientras se retira- ¡Y el dibujo es muy feo!
Y el príncipe se siente destronado. Y siente el calor de la ira creciendo en su pequeño y vil cuerpo. Se acuerda del gato y, como un resorte, alarga la mano. Y
 Superman empuja a Batman. Y Niño guapo cae rodando estrepitosamente por la escalera hasta que, con un golpe seco, queda tendido en el suelo de la planta baja con su cabeza en una posición anatómicamente imposible y sus ojos azules desprovistos de vida. Niño feo observa triunfal la escena mientras guarda su dibujo. Se siente poderoso y piensa que su madre estaría orgullosa de él.

  Alertados por el ruido los otros chicos y los padres llegan corriendo. Es sólo entonces cuando Niño feo comienza a llorar.
María escucha los gritos y en su interior se forma una oscura sombra, ella sabe de lo cruel del mundo…

La Señora

 Había sido endemoniadamente bella. Innegablemente bella. Cuando nació, su cabello fue tan dorado que su padre estuvo tentado de llamarla Candela. Pero su madre lo descartó, aduciendo que aquel era un nombre vulgar, más propio de una gitana o una verdulera que de la dama que habría de ser. La llamaron Carmen, algo mucho más adecuado para un familia de su clase. Y en la alta sociedad su angelical encanto fue siempre motivo de comentario. Incontestablemente bella. Pasó de Carmelita a Carmela con el suspiro teñido de azahar de las primaveras sevillanas. Y fue entonces cuando se hizo consciente de lo traicionero de su condición.  Maldecida por el don de la belleza, nunca tuvo amigos o amigas. Los unos, consumidos por el deseo, las otras devoradas por la envidia. Hasta su propia hermana le dio de lado tras enterarse de los coqueteos de su marido para con ella. Poco importó que ella se defendiera diciendo que nunca había hecho nada inapropiado. En el mundo de Carmela, las mujeres siempre son culpables de algo, si no lo son de obra, ya lo serán de pensamiento o de palabra o de omisión. Y así de sorprendente le pareció siempre la potencialidad del hombre al pecado y, mucho más, de la mujer, que ya desde su nacimiento ha de cargar con la culpa de la más antigua de las faltas: el pecado original.

  La menor de las dos hijas de un militar bien posicionado del ejército franquista, fue siempre la niña de los ojos de su padre. Recordaba con especial dilección los veranos en la casa de Tetúan. Aquella casa destartalada que tanto ella como su hermana adoraban y que su padre había tenido que vender una vez que fue degradado en su rango tras la muerte del Generalísimo.
Carmela llegó a odiar y a amar sus facciones al mismo tiempo, sabiendo que su aspecto era un regalo divino pero envenenado, ya que venía irremediablemente apareado con una pesada pena. No se le permitió nunca un escarceo, ninguna mirada mal dirigida, ninguna sonrisa gratuita. Rígida y severa como sólo sabían serlo las mujeres de antaño, su madre le proporcionó siempre una guía firme de cómo convertirse en una auténtica Señora. Y condenada a ser la mujer perfecta por su hermosa condición, su desdicha fue la de no encontrar nunca un hombre perfecto.
Ahora, en la decadencia de su vida, el último de los castigos que le había deparado la belleza había sido abandonarla, precisamente aquello que tanto anhelara en sus años de juventud.

  Desde hacía tiempo vivía confinada en el piso de la calle Pajaritos, la última propiedad que conservaba del legado de su padre. Sólo salía un día a la semana para comprar la edición dominical del ABC. Esa mañana de domingo se miró en el espejo como cualquier otra, sobrecogida por la desolación de su rostro.  Su pelo, otrora rubio como el trigo, lucía ahora apagado y cenizo. Su cara surcada por multitud de arrugas, la piel del cuello colgando vencida por la implacable gravedad, sus ojos, tristes. Aún conservaba el porte digno y elegante de su familia, pero el galope del tiempo había arrasado con toda la frescura que derrochara en otra época. Se miró largo rato, hasta que del espejo emanó un recuerdo de su juventud, un recuerdo que guardaba grabado a fuego en su memoria. Para su puesta de largo, su madre organizó una gran fiesta en la casa de Tetúan. Carmelita pasó la tarde probándose todos los vestidos que tenía, decidiendo cuál de ellos resaltaría aún más sus encantos. Por aquel entonces, las cosas marchaban bien para su familia y la casa estaba llena de sirvientes. Fue al quitarse el tercer vestido cuando se percató de que había alguien detrás de la puerta entreabierta. Lo vio a través del espejo. El muchacho no tendría más de 20 años. Carmelita admiró su tez morena y sus facciones rudas, pero lo que la fascinó fue su mirada. Pudo ver en los ojos del criado cómo era presa del hechizo que siempre generaba su presencia. Se abandonó a aquel embrujo, exhibió su cuerpo desnudo ante el espejo, ahora recogiendo su cabello, ahora acariciando sus senos, ahora dibujando su ombligo… La escena no duraría más de cinco minutos, pero fue más que suficiente para Carmelita que, por una vez, se permitió el disfrute. Y gozó de la mirada impúdica del otro. Vio al muchacho masturbarse apresuradamente ante su imagen y cuando terminó, ella se vistió y cerró la puerta. Y el final de la pantomima le trajo la culpa que, de simple duda sobre qué opinaría su madre fue creciendo hasta convertirse en una carga que la acompañaría por siempre. La única mancha en una vida por lo demás impecable.
Volvió del ensueño sin poder evitar sentir nostalgia por aquella época y, sobre todo, por todo lo que había perdido. Echó de menos, ese domingo más que nunca, sentirse guapa. Y deseó con todas sus fuerzas volver a sentirlo de nuevo.

  Regresó de su paseo con el ABC bajo el brazo y se sentó a leerlo junto a la ventana del salón. La chica de la limpieza cumplía sigilosamente con sus quehaceres. Carmela pensó en cómo habían cambiado los tiempos y cómo ya las criadas no se llamaban criadas aunque vivieran internas y cómo las señoras eran cada vez menos Señoras. Hojeó distraídamente el periódico, sin prestar atención más que a los titulares, hasta que tropezó con la sección de clasificados. Nunca había mostrado el más mínimo interés por aquel apartado, pero de repente una idea loca comenzó a cobrar forma en su cabeza. Se quedó paralizada, sorprendida por su propia ocurrencia, abatida por las dudas pero empujada por un fuerte deseo…sentirse bella una vez más. Sólo una vez más. Y el deseo se le hizo movimiento.
-María, ven aquí.-la chica acudió al momento.
-Sí señora, ¿Qué desea?
-Quiero que te vayas. Tómate el resto del día libre y no regreses hasta la noche.- La muchacha contrarió el gesto, sorprendida por aquel inusual mandato, pero no se atrevió a preguntar.
-Sí señora, ahorita mismo señora.
Cuando se quedó sola, Carmela se sintió como en trance. Volvió al periódico y comenzó a leer: Diego, 21 años, rubio, fibrado, discreto… Hizo la llamada sin saber muy bien ni qué decía, pero estaba segura de haber dado su dirección con claridad. La voz al otro lado del teléfono dijo que tardaría aproximadamente una hora.
La espera fue agotadora. El sonido del antiguo reloj de pie rompía estruendoso el silencio de la casa vacía, en un contar incansable que no hacía más que acrecentar la agonía de sus dudas. Pensó en qué diría su madre. Y pensó que siempre podía echarse atrás, que podía no abrir la puerta, pero quería, quería…Se sintió nerviosa, un leve temblor recorría su cuerpo, así que sacó un Lexatín del cajón de la mesilla de noche de su habitación y lo ingirió sin agua, como había hecho tantas otras veces. Sabía que eso la calmaría, no podía presentarse ante el muchacho hecha un flan.

  El portero automático sonó dos veces antes de que se levantara a abrir. Recibió al chico sentada en su viejo sillón colonial. Diego no era demasiado alto, pero tenía buen porte. Carmela imaginó que sería de uno de esos barrios infames de la periferia de Sevilla. Lo miró con detenimiento y quedó claro que debajo de sus ropas chabacanas atesoraba la lozanía de la juventud. Pudo intuir los músculos firmes y la piel tersa.
-Buenas tardes.-dijo el muchacho-Menuda choza.
-Esto no es una choza, es una casa. Y no seas descarado.
-¿Qué es lo que quieres hacer, vieja?¿Quieres que te folle?-le espetó el chico. Carmela se levantó inmediatamente como impulsada por un resorte. El contraste se hizo más que evidente entre los dos. Ella alta y elegante, vestida de negro, sobria pero femenina. Él, chapero.
-No vuelvas nunca a hablarme de ese modo. Yo soy una Señora, trátame como tal.- Bajó la cabeza momentáneamente, sopesando lo que iba a decir a continuación.- Desnúdate. Sólo quiero que te masturbes para mí. Y quiero que me mires mientras lo haces.
El chico sonrió socarronamente y anunció su tarifa: Cuarenta euros…Señora. Se quitó la ropa despacio y Carmela admiró su desnudez. Envidió su juventud y su fortaleza. Vio como comenzó a acariciar su pene y su pecho.
-Quiero que me mires como si fuera la mujer más bella que hayas visto en tu vida.
El chico continuó, su miembro se tensó y Carmela se ruborizó.
-¿Te gusta esto?¿Es lo que querías?-preguntó el muchacho.
-Cállate-ordenó ella, sabedora de que aquella farsa habría de funcionar sólo si había trampa y cartón, si los dos no eran más que dos personajes sin más vida que la de su propia imagen.
Diego siguió tocándose ante la mirada insaciable de la Señora, que disfrutó de cada gesto y sobre todo disfrutó del recuerdo y del retrato de sí que le devolvía el otro.
La intensidad creció y el muchacho comenzó a retorcerse en movimientos espasmódicos:
-¿Quieres tocarla?¿Quieres que me corra en tu mano?- Carmela se vio tentada, por un momento lo deseó, pero no, cómo iba ella a prestarse a algo así. Permaneció sentada y el chico eyaculó impunemente sobre la alfombra.
Ella se levantó mientras él se vestía apresuradamente. Le dejó el dinero sobre la mesa, rehusando el contacto físico. Él lo recogió. Llama cuando quieras-dijo y se marcho cerrando la puerta tras de sí.

  Y al igual que aquella tarde en Tetúan, el portazo le trajo la culpa. Miró la mancha en la alfombra y se sintió vieja y ordinaria. Pensó que no era más que una furcia y una desgraciada, fea y putera. Rezó tres aves marías y no encontró consuelo. Si me viera mi madre. Dios mío, si me viera mi madre. Furcia, desgraciada, fea y putera. Fue a su dormitorio y nuevamente se contempló ante el espejo. La imagen que vio fue incluso peor de lo que esperaba. La misma desolación, las mismas arrugas, las mismas cenizas, la misma tristeza, los mismos colgajos, pero ahora ya ni siquiera pudo encontrar la dignidad de la que hacía gala. Furcia, desgraciada, fea y putera. Y sobre todo indigna, sintió que ya no le quedaba nada, nada más que culpas y manchas. Y tomó una determinación. Sacó del joyero el camafeo de plata y se lo colgó al cuello. Se puso los pendientes de perlas y el anillo de rubí de su madre. Volvió al salón, abrió la ventana y se subió al alféizar. Y vestida de negro, sobria pero femenina y enjoyada, saltó. En su camino al suelo aún tuvo tiempo para pensar, una vez más, en qué diría su madre si la viera.

El Retorno de Saturno (Esperanza y las mentiras)

  El planeta Saturno gira alrededor del Sol a una distancia media de 1 418 millones de kilómetros. Su período de traslación, es decir, el tiempo que tarda en dar una vuelta completa es de 29 años y 167 días. En la cultura astrológica, se conoce como “El retorno de Saturno” a la crisis vital que a menudo experimentan las personas entre los 28 y los 32 años.

Esperanza se despertó temprano y sobresaltada, como todos los días desde hacía una semana. El vestido de novia colgando de la puerta del armario se le antojó una burla cruel, sin embargo, aún no había podido siquiera acercarse, atemorizada por el blanco de aquel tótem, aquel símbolo que cada mañana de las últimas siete se empeñaba en recordarle la marcha de David. Si le preocupase lo más mínimo la astrología sabría que ese 14 de marzo cumplía 29 años y 166 días, pero ese era el menor de sus intereses en ese momento. David, sólo hacía diez segundos que estaba despierta y ya estaba pensando en él. Odiaba la sensación de verse invadida hasta en su propia cabeza. Sentía el silencio de la soledad de su casa como un manto pesado y envolvente, que la atenazaba y aletargaba sus movimientos. Estaba triste y cansada y se sentía un poco ridícula al pensar que llevaba cinco días soñando con lavadoras, aquella máquina que tenía el mismo agujero en las entrañas que ella.
Fumó un poco de marihuana sentada en el sofá, aún con la luz apagada, sin encender la tele ni el ordenador, solas ella y el fantasma de su exnovio, aquel chico que la había dejado plantada tres semanas antes de la boda. Aunque ya habían pasado siete días, Esperanza aún no se lo había contado a nadie, ni familiares ni amigos, había fingido que todo iba bien y que estaba muy ocupada con los preparativos. Habría llegado incluso a creérselo, de no ser por aquel maldito vestido que parecía haberse convertido en el ser más vivo de esa casa. Sabía que tendría que contarlo pronto, había tantas cosas que anular…Ahora estaba arrepentida de haberle pedido a David ser ella quien se lo explicara a los invitados y pensaba que era profundamente estúpida por haber cargado, una vez más, con una responsabilidad que no le correspondía.

  El tiempo transcurría de un modo confuso para ella, probablemente ayudado por la marihuana. A veces con paso tedioso y a veces con un discurrir acelerado, el caso era que en muchos momentos en los últimos días Esperanza no tenía ni la menor idea de la hora que era. Lo único de lo que tenía certeza era de la sensación de vacío. Aún no había sido capaz de llorar, embotada como estaba por lo inexplicable de la situación. Sentía en su interior la inexorable y agonizante muerte del amor. Y la pérdida se le hacía insoportable. Aquel día, aquella noche más bien, decidió que no podía pasar más tiempo tumbada en el sofá. De repente sintió que de algún modo tenía que llenar el vacío y librarse de todas las emociones que habitaban su interior como una marea negra.
Se vistió casi sin pensar y se echó a la calle; al momento se vio aliviada por el aire fresco y poco a poco, el deseo de calmar todo aquello que sentía se fue convirtiendo en necesidad; creciente, acuciante, imperiosa y apremiante. Actuaba como si hubiera un motor interno que la pusiera en marcha. Entró en un bar y comenzó a beber y los fantasmas se fueron lentamente dispersando. Nunca había estado sola en un bar, pero se sentía inexplicablemente poderosa, movida por esa emoción nueva que le recordaba al hambre, pero que no se restringía únicamente a la comida.

   En algún momento después de la cuarta cerveza se le acercó un chico, se presentó y empezaron a hablar. Esperanza lo miró casi sin verlo y, desde luego no atendió a la mitad de las cosas que dijo, más preocupada como estaba de colmar sus ganas que de otra cosa. ¿Había dicho que se llamaba Luis? Qué más daba…La quinta la dejaron a medias, camino como estaban de casa de Esperanza. Se desnudaron nerviosos, el desconocido impetuoso y ella algo dubitativa. Era su primera vez después de David. La vida está llena de primeras veces, pensó. Y el desconocido ya estaba encima de ella, besándola y agarrándola con firmeza. Fue aquella firmeza la que disipó sus dudas y la hizo continuar. En algún momento el desconocido mencionó algo de unos condones o la píldora, pero Esperanza ya estaba perdida. Se abandonó al sexo. Y las caricias anhelantes colmaron el cuerpo desnudo del chico. Y trémulos y vacilantes, los dedos de Esperanza recorrieron la piel del desconocido como si aquello fuera territorio conocido. Y así se mintió dos veces, una por la piel y otra por el hombre, ambos desnudos y desconocidos. Se aferró a él, como si su cuerpo fuera su último asidero a este mundo. El último asidero, no un destino, sino sólo un peldaño más en su camino hacia no sabía exactamente qué. Sintió extrañeza de sí misma y de ese deseo de entrega y muerte que invadía la cama como si fuera un invitado más en un insólito menage à trois. Sin embargo, a pesar de todos los besos y la firmeza del desconocido, a pesar de toda la intensidad e incluso a pesar de la penetración, en un momento Esperanza giró la cara y vio el vestido. Y las lavadoras volvieron a su mente. Y fue entonces que se sintió profundamente sola. Allí, en aquella cama, llena de deseo, de sexo y de muerte, se sintió sola. Y fue consciente de la aterradora verdad de que en el sexo siempre somos solos. Y fue allí que se percató de la tercera mentira, la del amor, que la había hecho creer que cada vez que se acostaba con David había algo más que dos cuerpos solos con su quehacer con el sexo.

  Cuando terminó, volvió la espalda al desconocido e hizo un esfuerzo por contener las lágrimas. Mientras se vestía, el chico le preguntó si se encontraba bien y sólo obtuvo como respuesta un tímido sí. Antes de marcharse, el desconocido la cubrió con las sábanas, le dio un beso en la mejilla y le deseó que todo le fuera bien. Aquella ternura la conmovió, pero también hizo que se sintiera terriblemente desnuda. Desquerida y desconocida, lloró mientras miraba el despertador en la mesilla de noche marcando las 3:52. Tenía 29 años y 167 días. Saturno seguía girando. Y en su interior aún guardaba los restos del encuentro con el desconocido. Y seguía estando profundamente vacía.

La Chica Rubia

  Ernesto se despierta todos los días a las 7:53 de la mañana. Ha calculado que levantándose a esa hora puede optimizar el tiempo, de tal manera que consigue el máximo descanso y puede asegurarse de asearse y llegar para tomar el autobús de las 8:27, el último que le permite comenzar con sus clases en la Universidad de Sevilla a las 9:00 horas. Ernesto se dedica al cálculo estadístico de probabilidades y está absolutamente obsesionado con los números. Cuando tenía 7 años le diagnosticaron Síndrome de Asperger, lo cual quiere decir, básicamente, que es muy inteligente, pero un desastre con las emociones. Lo que Ernesto no cuenta es que, además de optimizar el tiempo, el autobús de las 8:27 de la línea 6 de TUSSAM despierta su interés porque, desde hace tres años, coincide con la chica rubia. Ella siempre se sube en la misma parada que Ernesto y se sienta delante, sin hablar con nadie, escuchando música despreocupadamente. De ella no sabe ni su nombre, ni su edad, ni a qué se dedica. Sólo sabe que huele a flores, que es rubia y que tiene una sonrisa de las que alegran la mañana, o al menos, eso dijo una vez un hombre al verla. La chica rubia ha protagonizado miles de ecuaciones de Ernesto, que desde hace tres años intenta decidir cuál de entre todos es el mejor día para acercarse a ella y preguntarle su nombre. Por más modelos que diseña, siempre encuentra una mínima probabilidad de que las cosas no vayan bien. Ernesto no sabe que el riesgo forma parte de la vida. Ese día, a las 7:38 de la mañana, el chico ha tomado una determinación. No sabe qué le pasa, pero lleva dos horas despierto, sintiendo una extraña sensación de urgencia en su pecho. A pesar de que la mayoría de sus cálculos le muestran que ese Lunes no es un buen día, tras dos horas de insomnio ha decidido que hoy se acercará a la chica y hablará con ella.
Salta resuelto de la cama y se encamina al cuarto de baño. Tras darse una ducha se perfuma con una colonia de su padre que no ha usado nunca. Su madre lo mira sorprendida cuando lo ve aparecer por la puerta de la cocina quince minutos antes de lo habitual, pero aún así no dice nada. Hace mucho tiempo que renunció a la posibilidad de entender a su hijo, un personaje extravagante y huraño, que desde pequeño siempre mostró más interés por los números que por las personas. A veces se pregunta qué será de él cuando ella y su marido no estén, quién será el contacto de Ernesto con el resto del mundo, pero pensar en estas cosas le resulta tan doloroso que al final siempre las deja a un lado y se pone a limpiar…y los días van pasando. Y el tiempo los va envejeciendo a todos sin que se produzca ningún cambio.

  A las 8:26 Ernesto llega a la parada de autobús más cercana a su casa. Mira nervioso a ambos lados de la calle cuando se da cuenta de que la chica rubia aún no está allí. No puede ser– piensa- tiene que estar, precisamente hoy tiene que estar. Cuando llega el autobús, la chica aún no ha aparecido y la gente comienza a entrar apresuradamente. Él se queda a medio camino y el chófer le llama la atención:
-¿Subes o no?
-Tenemos que esperar señor, tenemos que esperar-dice Ernesto con su voz robótica.
-Oye, tío, o te subes o te bajas pero yo ya no espero a nadie…
-Pero todo está mal, tenemos que esperar señor, tenemos que esperar- Ernesto ha comenzado a mover inquieto los dedos, contando en su mente los decimales del número pi. Cuando llega al octavo decimal pasa al interior del vehículo, justo un segundo antes de que el conductor cierre las puertas, aunque continúa repitiendo sin parar que todo está mal. La gente lo mira con incredulidad. Para ellos sólo es un chico raro que los está retrasando, algunos incluso se burlan de él. Pobre Ernesto, si tan sólo supiera cómo optimizar la angustia, la pena y el desasosiego que siente en ese momento, lo haría. Pero él no entiende de emociones, así que saca su rotulador indeleble y comienza a hacer cálculos en una de las ventanillas del autobús. Todo está mal, todo está mal-balbucea. Y la escena continúa hasta que alguien avisa al chófer que se apresura a echarlo a la calle. Ernesto se siente perdido, nunca ha estado en ese lugar y no comprende qué ha pasado con la chica rubia. Ella siempre se sube después de mí-piensa. Está preocupado, pero él sólo acierta a sentir un cosquilleo en el pecho.

  A las 10 de la mañana, cuando suena el teléfono, Adela está limpiando los cristales de la cocina. La voz al otro lado se identifica como la Secretaria del Departamento de Estadística de la Universidad de Sevilla; sólo quiere interesarse por Ernesto, ya que a todos les ha llamado la atención que hoy no haya ido a trabajar…Adela deja de escuchar y un sentimiento sombrío se cierne sobre ella, que sabe que su hijo no es capaz de valerse por sí mismo más allá del territorio conocido.  Avisa a su marido y en menos de quince minutos los dos salen por la puerta de casa henchidos de preocupación. Adela recuerda la última vez que Ernesto se perdió: tenía 12 años y se entretuvo con un videojuego en el Corte Inglés. Recuerda la angustia que sintió durante las horas de búsqueda. Recuerda cómo recorrió una y otra vez las calles del Supermercado hasta que dio con su hijo. Cuando lo encontró, el chico se quedó callado mirando al horizonte mientras ella le reñía y después sólo se limitó a decir que le gustaba aquel juego. Adela habría dado su vida porque hubiera tenido una rabieta como cualquier otro niño de su edad. Y hoy, cuando Ernesto tiene 32 años, ya se ha cansado de desear que sea normal, pero sigue sintiendo la misma angustia ahora que se ha perdido.
Está nerviosa, su marido no para de quejarse, él nunca ha sabido muy bien cómo tratar a Ernesto. En los hospitales no saben nada de él y en la Universidad tampoco. Es a las 7 de la tarde cuando reciben la llamada de la Policía. Ha pasado el día entrando y saliendo de autobuses de la línea 6, escribiendo complejos cálculos en las ventanillas con un rotulador indeleble. Cuando llegan a la Comisaría, Adela y su marido encuentran a su hijo sentado en una silla, balanceándose hacia adelante y repitiendo números ininteligibles en una secuencia que parece no tener fin.

A las 22:00 horas, Paloma se recoge el pelo rubio y se dispone a acostarse, ajena a la tragedia que su primer día de gripe ha provocado.

Puta y Vieja

  Alma cerró la puerta de la habitación 104. Una habitación modesta de un hotel tan barato como los servicios que ofrecía la propia Alma. 20 euros el completo. Atrás quedaron los años en que recibía a los hombres en su casa, hombres elegantes, adinerados, que durante un tiempo le proporcionaron una vida acomodada. Todo eso pasó. Y si poco quedaba ya de aquella Alma, la prostituta más famosa de toda la Alameda de Hércules, mucho menos quedaba de Juana, nombre con el que en realidad fue bautizada. Se lo cambió cuando comenzó a ejercer la prostitución, pensando que si algún día llegaba a ser una gran artista no podía llamarse Juana Sánchez. Así que, para recordarse lo único que no quería perder en su camino al estrellato, se lo tatuó en el nombre…Alma. Todo lo demás lo fue perdiendo: la virginidad, la inocencia, la dignidad, amistades y familia. Puestos a perder incluso había perdido algunos kilos y algunos dientes, pero eso se lo debía, claramente, a la heroína. De hecho, la heroína era lo único que le quedaba. Eso y el alma. Y el viejo escapulario de su madre que en paz descanse. Odiaba y amaba aquella sustancia a partes desiguales, dependiendo del mono con el que se levantara ese día. Traficaba y fumaba, esto sí a partes iguales. Algunas veces, cuando pensaba que estaba harta de todo, también se pinchaba. Y así, alrededor de la heroína se consumía, lenta y lamentablemente, la vida de Alma.
  Siempre había considerado que para ejercer bien la profesión había que cumplir a rajatabla tres reglas: Deja claro lo que no haces, no te quedes a dormir y nunca, nunca te mires al espejo después de un servicio. Pulsó el botón para llamar al ascensor, no es que una planta fuera mucho, pero el vestido rojo era tan ceñido que bajar andando era una tarea imposible. Escuchó chirriar la máquina, que sería tan vieja y cochambrosa como el resto del hotel y tentada estuvo de encenderse un cigarrillo mientras esperaba, aunque al final no lo hizo. Unos minutos después entraba en el cubículo, que era justo como ella se esperaba: gris, feo y antiguo. Para esto he quedado maricón– pensó. Y entonces se vió. Fue sólo un segundo, pero ya no pudo parar de mirar. En aquel ascensor inmundo, en un hotel barato de la Sevilla profunda, Alma acababa de saltarse, de la forma más tonta y más inesperada posible, una de sus tres reglas. Se había mirado en el espejo. Y se había visto. 
Bajo la luz lúgubre y fluorescente, se vio, puta y vieja, arrugada, barata, indigna, sola, devastada. Se acercó al cristal y se palpó la cara instintivamente, buscando comprobar que la imagen que miraba incrédula era, efectivamente, su propio rostro. Abominó de sí misma: el rimmel formando pegotes en las pestañas, el carmín desgastado, las tetas escapando por el escote. Sintió naúseas. Y lo que más le horrorizó fue constatar que, con el paso de los años, la heroína y  los hombres,  de su alma ya sólo quedaba el nombre. Y lloró, amargamente. Lloró por su inocencia, por su dignidad, por su virginidad, por su madre que en paz descanse, por los amigos perdidos. Lloró por Alma y lloró por Juana. Y siguió llorando durante todo el camino de vuelta a casa, a pesar de que en más de una ocasión sintió vergüenza cuando pensó en la imagen que daría, prostituta y toxicómana, vestida de rojo, tacones en mano, llorando mientras recorría el Puente de Triana.
  Cuando cerró la puerta de casa se moría por un pico. Dejó caer el bolso y los zapatos al suelo y se sentó en el sofá. Miró en derredor y se percató de que, por encima de todo el desorden, los trastos viejos y la suciedad, estaba sola. Nada quedaba ya de su sueño de ser artista. Y, tristemente, nada quedaba ya de su alma. Estaban solas, ella y la heroína. Cogió una cuchara y puso un poco de polvo gris. Un poco más, hoy necesito un poco más-musitó en voz baja. Lo mezcló con agua y unas gotas de limón y lo calentó con el mechero. Cargó la jeringuilla apresuradamente, sólo quería olvidar, borrar la imagen que había visto en el espejo. Colocó la cinta elástica alrededor de su brazo y la retiró tras pinchar, una vez más, sus castigadas venas. Se dejó caer en el sofá y poco a poco sus pesares se disolvieron, dejando paso a una paz tan placentera como tóxica. Y se quedó dormida. 
La encontró un vecino tres días después, puta y vieja, consumida, devastada, sola y sin alma.

Sólo Una Mirada

  Ahí está Manuel, un señor de mediana edad, paseando por las calles de Granada. Como cada día vuelve caminando del trabajo, así contenta a su médico que siempre anda preocupado por su colesterol. Son las 8 de la tarde y ya es noche cerrada, el frío le entumece la cara así que se ajusta un poco el abrigo. Lleva un tiempo pensando en que debería solicitar un cambio al turno de mañana. Su trabajo de Auxiliar Administrativo no le disgusta, pero ya está cansado de aguantar tantas tonterías. Estos últimos días está algo nervioso, de hecho, ahora mismo va pensando en la copa de vino que se tomará cuando llegue a casa. Se dispone a pasar una tranquila noche de jueves, ya ha llamado a su madre desde el teléfono del trabajo, por lo que no habrá interrupciones. Va caminando distraídamente por Calle Elvira, sin prestar apenas atención al resto de transeúntes que se cruzan con él. Hasta que, a lo lejos, ve venir a tres chicos marroquís. Se quita las gafas en un impulso y deja al descubierto sus ojos saltones, azules pero saltones. Al pasar junto a ellos Manuel los mira, en toda la extensión de la palabra, los admira, los disfruta, los convoca. Está seguro de que uno de ellos le ha devuelto la mirada. Y ahí está Manuel, un señor de mediana edad, de estatura mediana y vida mediana, que lo deja todo por una mirada furtiva. Algo ha despertado en su interior y comienza a crecer incontrolable. Se queda parado en mitad de la calle, la cabeza comienza a darle vueltas. No debería hacerlo, es lo único que atina a pensar, pero lo hace. Y se gira a mirar otra vez. El chico hace lo mismo. Y ahí está el otro Manuel, el cazador, imparable, implacable. En su cabeza se libra una lucha, piensa en su trabajo, en su madre, en su vida mediana, en qué pasaría si alguien lo viera. Y el que ya no ve es él, sólo mira, poseído por un deseo del que casi no se siente dueño, sino presa.

  Echa a andar detrás de los chicos, le parece que alguna vez ha visto a alguno de ellos aparcando coches en su calle. Sí, es posible, quizá de eso le suenen. Sólo quiere mirarlos una vez más. El que le interesa no es el más guapo, pero qué más da. El chico ha vuelto a girarse. Y cada mirada alimenta a la bestia. Esta vez incluso ha sonreído levemente. Y Manuel, el de la vida mediana, sabe que ya no podrá parar. Lleva un rato siguiendo a los chicos, en varias ocasiones piensa que sería mejor regresar a casa, que él ya no está para estas cosas, pero se dice a sí mismo que es sólo una mirada. La mirada… Manuel está enfermo de la mirada. Ya de chico todo el mundo se fijaba en sus ojos, a algunos le parecían de un azul precioso, pero otros, los más, le decían que los tenía muy saltones y que parecía un sapo. Así, desde pequeño, la mirada ya le daba placer y disgustos casi a partes iguales. Se acuerda ahora de todas las veces que contemplaba a su madre mientras se maquillaba frente al espejo y se siente igual que ese niño, fascinado y atrapado por el poder de esa imagen…

  El muchacho dice algo a sus compañeros y gira a la izquierda en una callejuela pequeña y poco transitada. Manuel entra también. Casi al final de la calle distingue la figura del chico, recortada en la sombra, alumbrada tan sólo por las ascuas del cigarrillo que fuma. Por un momento Manuel se lo piensa, durante un segundo es consciente del riesgo. ¿Qué hago yo aquí?, recapacita, pero entonces lo ve: oscuro, nocturno, peligroso, masculino. Ya no está muy seguro de quién caza a quién, pero entra en la calle y se acerca al chico. Qué pasa amigo- le dice con acento marroquí. Ahora que ha hablado Manuel lo desea aún más, aunque también se siente ridículo, no sabe qué decir y sólo sonríe. ¿Estás sólo?- pregunta el otro, mientras vuelve a dar una calada al cigarrillo. Sí, contesta tímidamente Manuel. El joven se agarra el paquete y espeta un ¿Te gustan los chicos?. El señor de mediana edad asiente pero da un paso atrás cuando escucha hablar de dinero. No,-balbucea-yo sólo quería… Pero no sabe muy bien qué quería. Lo que sabe es que en ese momento su vida mediana retorna rotunda. Y el deseo se le hace miedo y el placer angustia. Se da media vuelta para salir del callejón y entonces recibe el golpe en la cara. Percibe el sabor metálico de la sangre en la boca. Luego otro golpe y otro y otro. Y una punzada en la espalda. ¿Qué ha pasado? se pregunta. Ya desde el suelo acierta a ver los pies de tres chicos marroquís. Y ahí está Manuel, un señor de mediana edad, tirado en las calles de Granada. Él no sabe lo que es la arteria renal, pero nota la sangre. Se siente estúpido al pensar que esta vez sí que lo deja todo por sólo una mirada. Se acuerda del vino; y de su casa; y de su madre; y del trabajo. Cierra los ojos.